/ Julia Peredo Guzmán /
*Una lectura del más reciente poemario de Marcia Mogro que será presentado próximamente.
Cuentan los etnomusicólogos; entre ellos, la encantadora Isabel Rodríguez, quien me lo explicó a mí; que, aunque ya casi extinta en muchos lugares, existe una muy antigua y extendida práctica andina [1]. Esta consiste en dejar los instrumentos musicales en las primeras horas de la madrugada, a oscuras o con luz de luna, junto a una ofrenda que se abandona con celeridad. Durante el tiempo de reposo, el Sereno (en algunos lugares llamado Sirino, Sirina o Sireno) le otorga vida a la música, que queda contenida en cada instrumento. A la salida del sol se recogen los instrumentos, que ya están serenados. Al tocarlos, los músicos simplemente entienden, escuchan, interpretan la música en toda la extensión de la palabra.
Aunque no es este un mito referido directamente por Marcia Mogro, bien puede ser una forma de leer este hermoso libro, cercano en su forma a un ritual, a un relato sagrado, al testimonio leve de una canción que nace de lo más profundo del tiempo y del agua para entregarse a a la permanencia del viento.
Qhwas-zn zhoñi es el nombre de la gente de agua que habitaba en las islas del lago uru chipaya desde el tiempo en que la luz provenía apenas de la luna y las estrellas. Gente que vive ahora en una nostalgia altiplánica, árida, ventosa, en el mismo lugar que fue, en su momento, su propio paraíso. Gente que resiste, que se las ingenia con recursos antiguos, personas “inescrutables/inmóviles” que han sobrevivido y sobrevivirán al huracán del tiempo, la indiferencia y el desamparo.
explica:
“los seres de agua no hablan
cantan en mi menor que suena líquido
agudo
sostenido
los seres de agua solamente cantan”

Junto a este pasado idílico, se encuentran la memoria y el presente incólumne. No es tan simple. El Sereno es un ser dual; conjuga en él la desgracia y la fiesta, pero también algo fundamental que lo liga a este poemario: es un ser de agua y de aire. Los instrumentos se dejar serenar en “escogidos lugares de la puna en que el viento, de manera constante sople con fuerza sobre los pajonales produciendo silbidos de variada intensidad y tonalidad, o a sitios donde el escurrimiento superficial de algún curso de agua, entre las peñas y saltos, produzca la sensación melódica de tonos musicales” [2] .
El de Mogro, es un libro también dual, y son estos mismos espacios sonoros los que alojan la vida y la permanencia de los qhwas-zn zhoñi de manera simultánea. Ese sonido, que nos muestra un paisaje, da lugar al canto de las voces de los propios seres de agua, de las mujeres que tejen, pero también a la de los antropólogos, la de los cronistas, la de la autora.
Qhwas-zn zhoñi, junta cada una de estas voces para conformar una sola imagen, completa, conflictiva, donde pasado y presente se funden, se explican y se retroalimentan. Como en toda la obra de la Mogro, hay frases que son un poema, otros que abarcan y dibujan la geografía de una página y otros que transitan, se entrelazan y tejen el libro entero. Para Álvaro Díez Astete “la palabra poética de Mogro (…) compone un sólo poema de largo aliento”[3]. Como los tejidos de las propias mujeres uru chipayas que lo habitan, Qhwas-zn zhoñi es a la vez universo y biografía, no se puede cortar ni deshacer
porque los tejidos
son cosas
que están vivas y que tiemblan
no se pueden mutilar los cuerpos
de los bellos
tejidos
andinos.
De esta manera, a través de diferentes tipografías, de la ubicación que les asigna la página y de una forma de hablar (¿de cantar?) particular, estas voces se van sumando desde distintos lugares.

Sin temor a resquebrajar un tejido de múltiples hilos la autora no duda en mencionar algunas fuentes de manera explícita. Por un lado, las voces disonantes, las que no han comprendido y no podrán nunca la travesía y la transformación de estos seres. Antonio de la Calancha, el cronista Ocaña, los describen a través de citas textuales como bárbaros, ignorantes, de una lengua incomprensible y que eligen vivir en pocilgas, frente al silencio indómito de las casas de barro cuya ingeniería ha resistido y resiste aún las más duras condiciones climáticas. Por el otro tenemos, entre varias, citas de testimonios concretos (como el de Miranda y Moricio) y las acotaciones de Díez Astete acerca de los estudios etnográficos alrededor de los Urus. De manera fluida, delicada, Mogro evita en todo el libro el uso de mayúsculas, los nombres no ostentan una erudición o una autoridad bajo ningún concepto: son apenas hilos de un entramado donde son tan indispensables como cualquier otra voz. A estas, se suma la de la propia poesía serena que los describe desde una mirada profunda y respetuosa.
invierno que ahora es
los inviernos vuelven
ofreciendo conjuros
para resistir la oscuridad
en la soledad y el extravío
donde el único riesgo es querer
quedarse absorto
en la
contemplación
Emile Benveniste, en su análisis de la enunciación, toma como un parámetro fundamental el tiempo. “De la enunciación procede la instauración de la categoría del presente, y de la categoría del presente nace la categoría del tiempo [4]. El presente es propiamente la fuente del tiempo” . El lenguaje entonces, se nos presenta no solo como un instrumento de reflexión ni de relato de la realidad, sino, ante todo, como un modo de acción (de creación). Mogro ha entendido esta naturaleza desde lo más íntimo de su obra. De ahí que el “entonces” y el “ahora” se confundan en un presente sumergido a la vez en el canto y la melancolía: las marejadas de viento, en un altiplano estéril y agrietado que conserva en espacios superpuestos la majestuosidad y el abandono. Imágenes que nos llenan de esa música viva que es a la vez festejo y herida,
estructuras temáticas insondables
más complejas
verdaderas causas de la desolación
una reescritura de categorías
momentos míticos de la historia
numerosas y magníficas descripciones
una pérdida
incalculable
La voz de la propia autora, su mirada a la vez migrante y arraigada junto a aquel desamparo jubiloso que nos han venido arrullando desde el primero de sus libros, se hacen carne nuevamente en un nuevo poemario que contiene a la vez el origen y el desenlace, como una esfera, una perla que nos permite, una vez más, atisbar un pedacito de la hermosa y terrible eternidad planteada por Mogro en toda su obra.

[1] Hasta el momento, hay registrados de manera oral y escrita testimonios de Perú, Bolivia, Ecuador y hasta del norte de Chile.
[2] Luis Álvarez Miranda, Sireno: Dios de la Música, Arica, 1997.
[3] Carolina Hoz de Vila, Mogro recrea culturas milenarias, la prensa 2012.
[4] Benveniste, Problemas de lingüística general, tomo I. Siglo XXI, 1997.


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