/ Oscar Córdova Sánchez /
La revista, ese vasto mundo letrado donde debutan las grandes promesas de una generación o de un grupo juvenil, mediante las más entusiastas reivindicaciones que se realizan en pro del arte, literatura y ciencia. Momento en que aparecen los noveles prosistas demostrando sus dotes en las letras y, marcando diferencias, unos logran partir a niveles más ponderados, mientras que los otros se dedican a ser la falange informativa cultural de un cierto momento. Esta élite cultural, siempre persistiendo a pesar de la falta de ayuda y escaso círculo de lectores del medio, consigue crear en una revista la amalgama de ideas particulares. En este caso La Revista de Bolivia quiso seguir la labor de sus antecesores, adaptando el mismo nombre y congregando diversas voces del ámbito intelectual. Este nuevo intento, realizado en 1918, trató de recuperar lo más selecto de la vieja aristocracia intelectual y reunir el nuevo talento emergente de ese tercer lustro. Pero, antes de dar una descripción interna de esta segunda revista y su renacimiento, volvamos en el tiempo, específicamente a 1898.
Durante finales del siglo XIX, la mayoría de las revistas literarias, de una duración, en su mayoría, efímera, trataban de reunir a varios hombres y mujeres de letras cuyos textos inéditos sean apreciados –al menos– por la poca cantidad de lectores. La sede principal de estos proyectos se concentraba en Sucre, el estado mayor de las impresiones literarias. Bajo este panorama, donde los estilos, gustos e ideas se entremezclaban, un pequeño –pero sólido– cenáculo literario se decidió fundar una de más respetadas revistas de ese tiempo: La Revista de Bolivia, publicación donde escritores, periodistas y amantes del arte trataban de salir al paso, por encima de la violencia y caos político de ese entonces, para ensayar y publicar temas relacionados a la historia, literatura y ciencia. Aunque, para ese entonces, hubo otras revistas que competían en el rubro comercial junto al periódico, folleto y hojas sueltas, aumentando el bagaje misceláneo de los tópicos a entender y leer.
Con la finalidad de desligarse del entorno político y dar prioridad al cultivo de las letras, esta revista era la primera en dar nombre al territorio donde se enunciaba y difundía. Dar voz a los nuevos talentos; florecer el ambiente con la creación poética; adherir a varios letrados del país para congregarse, en un solo sitio de publicación, por el bien cultural, no de una ciudad, sino de un país, fomentando el nacionalismo cultural incipiente en esos caldeados años. Esta genial iniciativa vendría de un joven inquieto que ya había tenido experiencia en congraciarse con científicos, catedráticos y periodistas a sus 19 años cuando fue parte de la fundación de la Sociedad Geográfica de La Paz en 1889. Su nombre era Daniel Sánchez Bustamante, personaje altamente catalogado como un altar de las nuevas importaciones sociológicas de ese tiempo y por sus eruditas reflexiones sobre el pensamiento boliviano. Él mismo representaba el renacimiento intelectual con su vigorosa pluma y, de manera sorpresiva, fundó en 1898 La Revista de Bolivia junto con otros distinguidos hombres de letras. Su sede fue la ciudad de Sucre y el bagaje intelectual fue lo más nutrido del momento. Francisco Iraizós, Ricardo Mujía, Julio Zamora, Julio Cesar Valdez, Samuel Oropeza entre otros fueron la cumbre de esta magnífica iniciativa del joven paceño. Todo parecía ir en una sola ruta de interés colectivo, uniendo, a través de las columnas periodísticas, sitios alejados del país y conocer una visión cultural más amplia. Sin embargo, debido a las disconformidades gubernamentales sobre donde debía ser la sede de gobierno (La Paz o Sucre) se desató la inevitable Revolución Federal (1898-1899). La revista duraría poco menos que un año, teniendo publicados 44 números desde enero a diciembre y, como era de esperarse, el cuerpo editorial, en su mayoría paceños, dieron fin a un ciclo incompleto de dar a conocer nuestra Bolivia cultural a través de las letras. Nuevamente el país caía en el absurdo caudillista de sus gobernantes. Una oportunidad quedó perdida.

Con la venida del Partido Liberal, las nuevas formas gubernamentales de educar, formar e informar al nuevo ciudadano boliviano del siglo XX, se amplió las lecturas importadas de la vieja Europa para, al menos, acomodar concepciones sociológicas y filosóficas sobre nuestra participación en el espectáculo del avance global. Para este momento y, durante este nuevo contexto social del país, se renovaron los intereses científico-literarios en los primeros veinte años. Fue un auge donde ciencias como la sociología, antropología, medicina, ingeniería o historia tuvieron sus destacados representantes. Esta particularidad también recayó en la irrupción de las revistas especializadas en ciertas áreas del conocimiento. Sin lugar a duda, el boom de las revistas literarias tuvo su origen en este periodo donde la crítica, parodia y pensamiento caminaban paralelamente en cada número.
Bajo un nuevo y mejor enfoque nacionalista, fue necesario redireccionar una ruta que se había quedado inconclusa en 1898. Era menester organizar la propuesta y adecuarla al nuevo siglo. Aglomerar periodistas para divulgar nuestras riquezas y exhibir nuestro talento artesanal; pronunciar nuestras más hondas convicciones cívicas recordando a nuestros personajes del pasado y fijar la unión bajo un solo nombre: Bolivia. Se tuvo que esperar dos décadas para que esta revista vuelva a resurgir entre los escombros del olvido.
“Que Bolivia se conozca a sí misma”, frase potente y vibratoria. Faltaba leer este fragmento que escribió Daniel Sánchez Bustamante hace dos décadas para dar el impacto letal sobre el letargo de los colegas de distintas ciudades para reunir en sus editoriales el nacionalismo ausente. Pero esta nueva segunda oportunidad se daría y la revista volvería a salir en circulación, ahora con más promoción y en una época de estabilidad social y política.
Así en octubre de 1918, sale a luz La Revista de Bolivia, una nueva etapa para volver a encaminar los valores patrióticos en medio de la encrucijada posbélica europea. “Sí, hay que ser Nación […] quizás para conocerlo, es conocerse a sí mismo”, con estas palabras Sánchez Bustamante, en su texto inaugural de la revista, justifica el por qué nuevamente debemos volver a nosotros e irradiar nuestras raíces culturales que se encuentran en el territorio. La columna escrita por el intelectual paceño justifica la refundación del proyecto que inició hace dos décadas; cultivando nuestro espíritu para “poder para acertar sus vuelos y aún para superarse a sí mismo” se lograría entender el ideal de nación que buscamos. Terminado el texto, con el objetivo puesto en marcha, la revista adelanta su propuesta patriótica con la pluma de su fundador.
En la tapa se observa una silueta femenina oriental desnuda que se sostiene sobre un monolito, característico de la cultura tihuanacota, fijando su mirada sobre el suelo fecundo que emerge con sus características geográficas. Este diseño, realizado por Raúl Jaimes Freyre, hermano del poeta por excelencia Ricardo, fue un encargo que la casa editorial “Los Andes” de Gonzalez y Medina impulsó para el fomento de la compra de la revista. Para ese momento el mercado editorial de libros bolivianos tenía grandes firmas (Chirveches, Arguedas, Gutiérrez, Paz, Urquidi, Mendoza), pero adolecía de la abstinencia de la frecuencia lectora en revistas literarias ¿Cómo aglomerar a estos destacados caballeros y colocar sus ideas y pensamientos en una sola línea discursiva? La respuesta fue La Revista de Bolivia, bajo la ruta de “conocerse a sí misma”.

El cuerpo de la directiva estaba formado de la siguiente manera: Daniel Sánchez Bustamante, director; Manuel Vicente Ballivián, director de la Sección Histórico-Geográfica; Raúl Jaimes Freyre, director artístico; Federico More y José Eduardo Guerra, secretario y González y Medina administradores. El grupo estaba ordenado de acuerdo con sus aptitudes y la intención iba en buena forma a buscar más adherentes.
En el primer número se lee textos sobre historia, industria, comercio internacional, cuestiones diplomáticas, homenajes, poesías, reseñas, comentarios y publicidad laboral. Los colaboradores para este primer número fueron dos personajes que habían contribuido en la revista en el 98, Francisco Iraizós y Ricardo Mujia; el primero comentaría un soneto y el segundo escribiría una poesía denominada “Bolivia”, recordando el motivo de la publicación. También se lee el polémico texto de crítica histórica (Ídolo Roto) que realiza Alcides Arguedas a Agustín Iturricha sobre una supuesta traición que hubiera realizado Pedro Domingo Murillo a las fuerzas revolucionarias al entregarlas a Goyeneche. Un análisis certero para ver la figura elevada del héroe de julio atrapado en el laberinto de la veracidad historiográfica paceña. Pasando al recuerdo de los personajes de antaño se hace un esbozo biográfico de Adolfo Ballivian, hijo del Mcal. de Ingavi, destacando su lado más artístico y sensible por la música y la poesía. También se puede leer las notas periodísticas sobre emprendimientos nacionales como la Botica Los Incas o la Cervecería Inca, explicando sus sistemas operativos, fabricación y exportación. Sin olvidar la galería social, donde familias, militares y cuerpo diplomático posan para la cámara y son expuestos en las páginas centrales de la revista.
Se tenía talento emergente (Juan Capriles), experiencia intelectual (Rosendo Villalobos) y colaboraciones de distintos departamentos, pero algo más común entre estas iniciativas es la quiebra instantánea y fractura definitiva que se provoca. Las experiencias previas se vieron frustradas al publicarse un solo número tan promocionado y esperado. Las razones no se vieron expuestas al público. La prensa guardó silencio discreto por el respeto a sus colegas. Se olvidó el proyecto de la Bolivia literaria, nuevamente. Bastó un solo número para perder la segunda oportunidad.

*Médico y docente

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