/ Martín Zelaya
Acaba de publicarse una selección de la columna periodística sabatina “Sin muchas letras” que Jesus Urzagasti publicó en el periódico Presencia entre 1989 y 1995, con prólogo y selección de Martín Zelaya. Este es el texto introductorio del libro.
Aunque no pocas veces injustamente olvidado, la columna periodística es un género que nunca perdió su peso e incidencia. Se distingue por recoger, generalmente pero no siempre, la opinión política y social de los autores; no necesariamente periodistas, sino más bien profesionales partícipes directa o indirectamente de la vida pública. No son –entonces– trabajos plasmados a menudo por escritores de vocación y por ello, aunque siempre hay destacables excepciones, es común que su lenguaje, correcto y pulcro como la mayoría de las publicaciones aceptadas por la dirección de cualquier periódico, carezca no obstante de valores literarios y estéticos.
Hay valiosos y bellos artículos publicados por notables autores o gente con talento para escribir, pero por lo general estos no entran en la categoría de columna a la que caracteriza su periodicidad –la más de las veces semanal o mensual– y ubicación fijas –la misma página y sección–. Lógicamente también hay ejemplos, pocos pero muy remarcables, de piezas maestras del género columna, y no podemos olvidar citar textos de Augusto Céspedes[1] y Jorge Suárez[2], en Bolivia; o Juan Gelman y Oswaldo Soriano en Argentina, para no ir más allá en tiempo y espacio.
Aun en este contexto de valiosas excepciones los textos de Jesús Urzagasti destacan, y mucho, por su singularidad y creatividad. Los 297 artículos que entre 1989 y 1995 escribió casi[3] cada sábado para su columna “Sin muchas letras” del diario Presencia son, como toda la producción del autor chaqueño, piezas cuidadosamente concebidas y labradas en torno a las emociones y sentires del cotidiano que Urzagasti percibía y abstraía como nadie. Decimos “cuidadosamente” adrede, pues es evidente que esta característica no suele destacar entre los escritos sometidos al terrible régimen de inmediatez del periodismo impreso.

296 sábados
Este libro ofrece una selección de 105 de los 296[4] artículos que el poeta escribió entre el 22 de abril de 1989 y el 30 de diciembre de 1995. Quizás más sencillo era ordenar los textos según su aparición y así reflejar sistemáticamente los acontecimientos por los que atravesaron los bolivianos en el cambio de las dos últimas décadas del siglo pasado. No obstante, nos pareció mejor reflejar este proyecto de Urzagasti según sus particulares modos de concepción, y así se optó por dividir el libro en dos secciones con dos áreas internas cada una.
Se refleja, entonces, la evolución temática y estilística de “Sin muchas letras”, pero además la pulsión del autor de acuerdo al clima externo e interno que motivaba la elección del tema, por un lado, y a las causalidades no siempre visibles superficialmente que fueron plasmadas con diferentes y específicos recursos narrativos y estilísticos, por otro. Es así que en la sección I se incluye 48 columnas bajo el título de “Filosofare” y 15 como “La jerarquía de la ficción” y en la sección II, hay 28 textos de “Habitar el mundo” y 14 de “Cultura”.
La segunda sección, como es fácil colegir, reúne textos sobre la situación general –política y social– de Bolivia, sobre todo, y de todo el planeta, en varios casos; y luego algunas reseñas, recomendaciones y apreciaciones del panorama literario y artístico. Como se adelanta líneas arriba, los criterios de clasificación no son rigurosamente temáticos ni estilísticos, sino una interpretación de estos y otros factores que confluyen en un ambiente general del texto. Es así que, por ejemplo, en “Cultura” se incluye dos crónicas literarias de una visita a Estados Unidos.
Siguiendo esta misma lógica, en “Filosofare” se agrupa perfiles de personajes anónimos –en la mayoría de los casos– y reflexiones sobre la vida, la muerte, los sueños y el tiempo, temas –valga decirlo ahora– esenciales no ya en todo este libro, sino en la vasta obra en prosa y verso de Urzagasti. En “La jerarquía de la ficción” siguen presentes las semblanzas y cavilaciones varias, pero con una característica formal distintiva: universos ficcionales[5], diálogos imaginarios e incluso breves cuentos canalizados para transmitir ideas concretas.

¿Por qué 105 y no 50, 100 o 200 columnas? Sencillamente porque tras la recuperación de la totalidad de los textos[6] y una detenida lectura se decidió que no ameritaba publicarlos todos, no porque algunos no tengan la calidad y pertinencia, ni mucho menos –no es necesario a estas alturas redundar en la alta autoexigencia del autor–, sino porque muchas veces la rutina y contexto de la agitada vida política boliviana durante el neoliberalismo, instaron a Jesús a referirse a hechos y sucesos muy específicos, protagonizados por personajes concretos que no resistieron el paso del tiempo: escándalos de corrupción, inmundicias políticas, afrentas sociales, etc.
Miradas
No deja de reflexionar –y ya entrando al análisis de fondo– sobre la coyuntura, imprescindible misión periodística –y Jesús era de los periodistas de buena cepa que tanto nos faltan ahora–. Así, en el turbulento inicio y apogeo del neoliberalismo en que sacó adelante esta columna, hay muchas dedicadas a denunciar la corrupción y el abandono del pueblo, exhortar a la memoria, reivindicar los derechos y necesidades…, pero sobre todo, abundan descripciones y perfiles de situaciones y personajes “x”, impresiones al caminar por la calle, diálogos con trabajadores y parroquianos, y recuerdos, muchos recuerdos, de la sabiduría de los hombres y mujeres comunes con quienes interactuó a lo largo de su vida. La memoria, indudablemente, es un puntal esencial en la obra de Urzagasti.
Más que descripciones, sus textos son interpretaciones que van más allá de lo aparente y desentrañan idiosincrasias, realidades, sentires. Una lectura del país muy original y acaso sin parangón en dos siglos de historia de la prensa escrita.
“La luz entre las sombras”, se llama uno de los textos recogidos en estas páginas que sintetiza, de pronto, la mirada prioritaria de Jesús hacia esos asuntos trascendentales –vida, muerte, tiempo, memoria– que de tan presentes e inevitables a la mayoría casi ya ni nos convocan (¡vaya paradoja!) a considerarlos detenidamente. Copiamos los primeros tres párrafos:
Se dice que la vida de un ser humano cambia desde que lleva en la memoria a su primer muerto. Unos tienen la fortuna de alcanzar la juventud sin que una repentina ausencia turbe su transcurrir por la tierra, la morada común; y así miran el paisaje iluminado y también las noches recorridas por un inocente aire sensual.

Otros desde temprana edad deben acostumbrarse a las pérdidas de seres queridos y, por lo tanto, asimilan con ojos de otras edades la certeza de que el mundo está habitado por entidades a las que lo único que les falta es el cuerpo porque igual se hacen escuchar en los momentos de mayor recogimiento: una fruta que cae en el huerto en sombras, una finísima lluvia en la madrugada, un nombre extraviado en el bosque del diccionario.
De este modo, el memorioso, por obra de los muertos, va tejiendo su propia ausencia, con la lucidez que el propio corazón de vez en cuando se permite, a veces con la premonición de un reino perdurable, invisible en todas las cosas menos en el arbusto que resucita con su minúscula flor en el pecho (…)
En otro de los textos acá compilados, Urzagasti define así a la imaginación –cualidad con la que el universo lo dotó como a pocos–: “No es una pieza portátil sino una ingeniería del alma: precisa de instrumentos poco sofisticados para dar curso a una existencia libre”.
Esperemos que este rescate haga honor a la prodigiosa imaginación, a los sueños y la memoria de este poeta, novelista y cronista imprescindible.

[1] De la ingente cantidad de crónicas, artículos y columnas que “El Chueco” Céspedes (1904-1997) escribió durante casi siete décadas en diarios nacionales y de otros países, ahora tenemos a mano una amena selección publicada por Mariano Baptista Gumucio: Céspedes, Augusto (2019). Retratos de frente y de perfil. La Paz: Plural Editores.
[2] Las columnas que entre fines de los 50 e inicios de los 60 escribió Suárez en el diario El Mundo, bajo el título de “El falso conejo” y con el pseudónimo El Paspartú, tienen la peculiaridad de haber sido redactadas en verso rimado. Tomamos el siguiente ejemplo del libro en el que él mismo compiló las mejores: Suárez, Jorge (1961). Los melodramas auténticos de políticos idénticos. Cochabamba: Editorial Canelas.
Para queps quieren luz las que van a dar a luz
(3 de diciembre de 1959)
Porque la Luz y Fuerza (oscura empresa / de la que soy contribuyente, / por lo cual compro velas de una pieza) / le cortó la corriente / a la Sección Maternológica / del Hospital Obrero, / una pluma zoológica /
de este insulso vocero / le ha lanzado un epíteto prosódico / en la primera plana del periódico. / Semejante agresión desorejada / solo pudo haber sido concebida / por alguien que en su vida / jamás tuvo la mente / iluminada. (…)
[3] Casi, porque generalmente a fin de año se tomaba algunas semanas de descanso, merecidas vacaciones que solía pasar en su Chaco natal; y, en otros casos, por viajes al exterior e incluso porque en feriados religiosos (Semana Santa, Navidad) el diario no se publicaba.
[4] En una tabla que va como anexo a este texto introductorio se puede revisar los títulos y fechas de publicación de las 296 columnas.
[5] Algún guiño a situaciones y personajes ya retratados en novelas como De la ventana al parque y En el país del silencio.
[6] La familia de Jesús nos confió inicialmente poco más de cien recortes de “Sin muchas letras” que él había guardado en una carpeta. A lo largo de varios meses –muchos más de los que hubiésemos querido– logramos, luego, una recopilación y verificación completa en la colección hemerográfica de la Biblioteca y Archivo Histórico de la Asamblea Legislativa Plurinacional. Así se pudo identificar y registrar las 297 columnas.
Sin muchas letras: Dos ejemplos
/ Jesús Urzagasti
El camino
Todos los caminos llevan a Roma, se ha dicho en un leguaje metafórico para indicar que no hay una sola ruta (por el contrario, son numerosas) para llegar al destino previsto. Pero también hay caminos que no llevan a ninguna parte y que, por lo tanto, es preferible atenerse a los sabios versos del poeta español Machado: “no hay camino, se hace camino al andar”.
Heidegger escribió un bello texto titulado “El sendero”, para iluminar por la vía del paseo cotidiano la intrincada vegetación de su filosofía. Por su parte, el gaucho matrero ha dicho que el camino es para el que viene y para el que va. Pero también habría que preguntarse por el que abre la senda, por el precursor, del que generalmente no se sabe nada y al que es dable imaginar como un ser memorioso, de largas orejas y muy dado a las canciones antiguas.
Recuerdo un camino que pasaba por Calamuchita y que de pronto era interrumpido por un río de crecidas aguas, al que había que vadear para continuar el viaje, siempre a pie por un espacio donde se amontonaron las piedras y el ruido inicial del mundo. Uno tenía la sensación de que ahí había empezado a funcionar el universo con su hermética relojería de milagros y asombros.
Las carreteras anchas, para vehículos de gran tonelaje, no han suplantado al camino de herradura por donde solía ir el jinete montado en mula, burro o caballo. Basta que la noche caiga para que los antiguos senderos recuperen su magia y de pronto sean portadores de poderes que reducen al viajero a la condición de sombra errante. ¡Y qué decir de los caminos abandonados! El hombre, con ser tan destructor, deja sin embargo su impronta, sobre todo cuando está ausente de los lugares donde trajinó con fervor, inteligencia y coraje. Un camino abandonado es eso: la huella de tiempos pasados cubierta por hojas secas, donde ni los pájaros cantan con la inocencia de antaño.
El sendero es muy distinto para el que va a pie: la tierra demora en pasar, de modo que la vista registra con rara minuciosidad el tránsito de las hormigas, el vuelo del moscardón, el silencio de la paloma en el más tupido ramaje de un árbol, el sonido de algo que parece provenir de la paja brava y que en verdad surge del organismo del caminante.
Un camino es para partir y para llegar. Aparentemente es el mismo, pero no lo es. Lo sabe el que parte y lo descubre el que llega: en ambos hay alegría, pero en el segundo se acumuló el cansancio y solo quiere dormir bajo un techo sobre el que cae la infinita lluvia de la infancia. Un camino no es camino si no lo recorrieron los hombres. Y un ser humano no es tal si no lleva el vestigio mayor en la mirada, el reposo imaginario del movimiento perpetuo de las cosas. Será por eso que siempre recuerdo a aquel caminante que parecía ir, pero que en realidad venia: con el que nunca me crucé y al que jamás pude alcanzar…

Regular para no recular
No sé por qué en estos días han retornado del pasado figuras muy caras para este cronista.
Don Hipólito Mamani, por ejemplo, de unos cuarenta y ocho años (si se puede saber la edad de una persona sin someterla a un interrogatorio imprudente), y con ánimos de aprender a leer como un niño inocente y aplicado. No reía al divino botón, pero lucía un semblante muy dado al prójimo, sin los entresijos que a veces deja la vida por obra del sufrimiento mal asimilado. Vivía por aquellos tiempos en una comunidad muy alejada de la carretera La Paz-Oruro, de modo que del camino real debía continuar en bicicleta por lo menos unas cinco horas. Había venido a la ciudad exclusivamente a llevarse unas flores que no tenía en su jardín. Lo vi feliz con sus macetas, ajeno a las vicisitudes del mundo, convertido en guardián de una belleza terrestre a la que nunca le había sido infiel.
Don Calixto Montaño, carpintero y excombatiente de la Guerra del Chaco. La edad no le había enturbiado las ideas que surgen de la experiencia, y tampoco la jovialidad que en él no era producto de un optimismo tramposo. Una sola vez se le resbalaron dos lágrimas: fue cuando se preguntó qué suerte habrían corrido dos de sus hijos que vivían en Argentina cuando allí mandaban los militares. En el fondo sabía que no los volvería a ver. Luego, don Calixto se acomodó la boina y volvió a sonreír mostrando una notable colección de periódicos, obra de su espíritu lector.
Don Joaquín Nogales, minero, portero y excombatiente de la Guerra del Chaco. Había compuesto un caluyo con una letra contraria a los chilenos y como un homenaje al litoral boliviano. En cambio, no compuso nada para los paraguayos, a los que respetaba por haberse introducido en su vida como personajes de una pesadilla que agobió a dos pueblos hermanos. Don Joaquín estaba convencido de que había salido vivo del Chaco por haberse soñado con un caballo blanco que trotaba a la vera de una laguna donde él recogía agua. Años después, mitigaba el dolor de perder a su hijo Indalecio, entre otros dolores, con sus bromas y con el secreto de su charango que correspondía a su alma de minero.
Don Tomás Mandicuyo, guaraní que vivía como si tuviera todo, siendo que no tenía nada. Dejó dos o tres composiciones, que eran un adiós de su raza, las únicas que cantaba con el alma en vilo, porque las otras las desgranaba a punta de carcajadas.
Don Toribio Cuñanchiro, guarayo, compositor y poeta. “Voy a cantar mi ignorancia”, decía para abrirse paso entre quienes, sin conocerlo, habían nacido para admirarlo. Su pieza Soy gomerito fue grabada por el artista cruceño Lorgio Vaca junto con otras que lo revelan de cuerpo entero: lleno de amor por la vida. De sus pérdidas, ni hablar.
El personaje que se repite en los sueños con una sonrisa o con una frase: “regular para no recular”.


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