/ Alberto Guerra Gutiérrez
Con la celebración de Todos Santos, se inicia en Oruro el año calendario desde el punto de vista folklórico.
Días antes de la fecha indicada, familias que tienen un muerto que recordar, preparan en sus casas “la tumba”, arreglada sobre mesas y paños negros sobre los que se disponen, desde guirnaldas hechas caseramente de papel de colores fúnebres, un gran retrato del difunto, un crucifijo, una infinidad de masas entre las que se destacan las “t’hanta wawas”, los “urpus”, los “turcos”, bizcochuelos, escaleras, cruces, además de refrescos, bebidas alcohólicas y platos que en vida constituyeron la preferencia del recordado miembro de la familia.

La noche del treinta y uno de octubre se vela al alma del difunto, en la creencia de que ha descendido del cielo para visitar a los suyos y gustar del sabor de las ofrendas que se encuentran en la “tumba” preparada para su llegada. Durante el velorio generalmente se juega a las cartas mientras circulan entre los asistentes, humeantes tazas de ponche, cigarrillos y coca. Al día siguiente y hasta las doce del dos de noviembre, amistades, parientes y grupos de niños “coreadores” visitan las tumbas repitiendo oraciones y coplas religiosas “por la salvación de las almas” y son retribuidos con la “ofrenda” consistente en masitas, chicha, refrescos y otras bebidas. Los niños “coreadores” organizados anteladamente, se hacen presentes en las “tumbas” para rezar y entonar coplas como estas:
En la punta de aquel cerro
Jesucristo está clavado
clavado de pies y manos
coronado de espinas.
Alabado sea el Señor
Sacramento del altar
y la Virgen concebida
sin pecado original.
Al medio día del dos de noviembre se procede a “alzar la tumba” como símbolo del acto de despedida del alma que debe retornar al cielo. Cuando no son personas adultas las que se hacen cargo de esta ceremonia en la que, además, debe rezarse tres Padrenuestros y tres Avemarías para cada una de las almas recordadas por la familia, se compromete la ayuda de un grupo de “coreadores”, quienes repiten fuera de las oraciones señaladas, veinticuatro coplas con su respectivo coro si el alma es mayor, y doce si es niño o “angelito”, luego el director del grupo toma para sí, los bocados y bebidas más apetecibles para, después, distribuir entre los miembros de su “coro” y demás concurrentes, todo cuanto queda en la “tumba”, recoger los palos y, finalmente, volcar la mesa y rezar como conclusión tres Padrenuestros y repetir el clásico final: “Que se reciba esa oración”.
Tomado de: Estampas de la tradición de una ciudad (1974)


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