/ Thaís Espaillat Ureña
He desertado mi puesto, no pude mantenerlo
retaguardia/ para proteger el lenguaje/lucidez:
deja que el lenguaje se las arregle solo.
Diane di Prima
Un cuerpo que escribe poesía es un cuerpo en movimiento. Un cuerpo moviéndose a través de la memoria y la historia usando un lenguaje heredado, deformado. Mientras se mueve, el lenguaje recolecta escombros; se texturiza. Esos movimientos inevitablemente causan fricciones. Si vemos la fricción como un encuentro, un poner-en-relación, entonces es aquí donde posiblemente encontremos el poema. La fricción, en este sentido, no es lo opuesto a la comunicación. Es su condición. La fricción no es mera resistencia o derrumbe, es un espacio dinámico donde la diferencia impulsa movimientos, transformaciones y conexiones inesperadas. El poema se vuelve un sensor, una superficie que registra movimiento: de personas, de imágenes, de sonidos. Escribir poesía, entonces, no se trata sobre representar la realidad. Se trata de una forma de tocarla, de estar en ella.
En el Caribe, la fricción está especialmente presente. Los lenguajes del Caribe nacieron de colisiones. Esta región ofrece un terreno fértil para el contacto lingüístico y cultural, donde la poesía se vuelve un espacio de negociación y transformación. En vez de apuntar hacia la coherencia, las poéticas caribeñas tienden a insistir en el residuo, en la interferencia. A través de esta insistencia emerge un modelo de conexión con la diferencia: uno que resiste el impulso de asimilarse. Esta localidad, más que una condición geográfica, puede volverse una manera de relacionarse con el lenguaje y la escritura.
El español caribeño muestra sus heridas. Cuenta historias de encuentros violentos, de movimientos forzados y borrados deliberados. Sin embargo, también contiene estrategias de supervivencia. El uso del humor, de sintaxis rota intencionada y de jerga cotidiana reflejan el deseo de mantenerse con vida. Escribir desde esta condición lingüística implica abrazar la fricción como un espacio de creación de sentido. El poema no pasa por alto las diferencias, sino que se inclina hacia ellas, escuchándolas. El lenguaje transmite más que sentido. Carga afectaciones, ritmos, ecos. Recuerda. Esta insistencia en el residuo no es simplemente estética, es política, un acto de resistencia contra el borrado y el olvido.

El lenguaje colonial ha sido una herramienta de dominación: usado para nombrar al Otro, para fijar las fronteras de lo humano. Sin embargo, la poesía, precisamente porque se resiste a los significados fijos, puede ayudar a desaparecer estas fronteras. El lenguaje poético es un lenguaje de sugerencias, de tacto y evocación. Un lugar para contener lo que no es fácil de decir, para quedarse con lo intraducible. De esta forma, la poesía se enfrenta a las lógicas de separación que dividen lo humano de lo animal, la razón de la emoción, el centro del margen. Cuando un cuerpo poético se mueve, se reconoce a sí mismo como poroso, mezclado, impuro. No hay un afuera. No hay un terreno puro al que regresar. Esta condición no es un déficit, es un lugar para expandirse. Contra las narrativas políticas y culturales que insisten en la separación, la poesía puede ser un espacio para recordar que existimos en relación con los demás y con el mundo. Como insistía Édouard Glissant: “Lo opaco no es lo oscuro, pero puede serlo y puede ser aceptado como tal. Es lo no-reductible, la más vital de las garantías de participación y de confluencia.”
Si hablamos de conexiones en el mundo contemporáneo, la imagen del internet es ineludible. El internet ha alterado profundamente nuestras relaciones: la manera en la que escribimos, cómo tenemos acceso a otros mundos, cómo pensamos. Ha expandido las posibilidades de nuestra existencia, aunque también, más recientemente, las ha limitado. Los espacios digitales permiten formas de comunicación y traducción que serían inaccesibles de otra manera. No obstante, el internet también ha acelerado uno de los peligros de la globalización: el aplanamiento de nuestros lenguajes para complacer a los mercados hegemónicos. En el nombre de este proyecto, las particularidades se borran, las sensibilidades desaparecen y las diferencias son reguladas. Este ideal liso, sin fricciones, la voz mercadeable, tiene el potencial de esterilizar la potencia disruptiva del lenguaje.
Aunque existir en el internet se vuelve cada vez menos y menos libre a causa de la hipervigilancia, la mercantilización y el control algorítmico, todavía queda espacio para el juego y la resistencia. Los memes (o lo que queda de ellos), el lenguaje codificado y el glitch como proyecto estético-político proliferan como estrategias que camuflajean y amplifican la diferencia, creando bolsillos de sentido que se burlan de estas lógicas guiadas por los datos. En estos intersticios, la poesía y otras formas de experimentación lingüística pueden disrumpir las superficies lisas del control digital. El juego también se vuelve una forma de fricción, un espacio donde el sentido resiste la optimización y el control. Aquí es donde el lenguaje puede mutar, remixearse y proliferar de formas inesperadas, produciendo trazos afectivos y conexiones que eluden la captura. El internet, a pesar de sus restricciones, puede funcionar como un parque de diversiones para la fricción, donde gestos creativos y políticos dejan un rastro, dando cuenta de que existen otras posibilidades para las existencias. Remixeando el “Manifiesto Glitch” de Legacy Russell, la fricción es rehusarse.

Si pensamos la localidad como una práctica vivida y situada más que una categoría geopolítica, rechazar los ideales globalizantes no significa retraerse hacia el nacionalismo. El proyecto del Estado-Nación también es lingüístico. Es por esto que es un proyecto para domesticar el lenguaje, disciplinar los cuerpos y definir lo local como un territorio cerrado. Lo que lo “local” quiere decir aquí se expande más allá de la categoría de “nacional”, habla de una escritura acuerpada. Una escritura en relación con el territorio. La localidad en la poesía no se trata de fronteras sino de contacto. Como propone Sylvia Winter, se escribe “no para cumplir con una categoría, completar una orden, suplir a un consumidor, sino para intentar definir esta cosa que es ser”. Una escritura acuerpada, localizada digamos, surge de la relación con un lugar, con sus imágenes y sonidos, con ritmos del pasado no como legado sino como movimientos en flujos continuos. Lo “local” emerge aquí de las formas en las que un cuerpo toca y es tocado por su contexto.
La poesía puede ser un lugar para encontrarse con les demás sin consumirles. Un lugar donde la diferencia no necesita resolverse, sólo atenderse. Donde el lenguaje puede temblar, vacilar, multiplicarse. La presencia, más que la maestría, se vuelve el punto de esto. Aun cuando no se comparte el idioma, algo igual pasa, algo como tocarse. La fricción, entonces, no es una falla. Es el terreno donde la relación se vuelve posible. En contra de la aceleración y la extracción del tecnocapitalismo, la fricción poética nos obliga a ir más lento. Nos invita a otros modos de encuentro, unos que no están basado en la claridad, pero sí en el contacto. Sentir las texturas del mundo frotarse es reconocer que nada está separado. No hay un afuera. Sólo hay movimiento. Sólo hay relación. Abrazando la fricción, la poesía se vuelve un acto radical de persistencia: una forma de sobrevivir, conectar y transformarse en un mundo que demanda uniformidad.
*Escrito originalmente para el II Festival Internacional de Poesía Joven: Sesión especial para países de Latinoamérica y el Caribe, celebrado en septiembre del 2025 en Xi’an y Pekín, China.


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