La cultura nuestra de cada día

/ Edwin Guzmán Ortiz

No es un tema nuevo, no. No es una problemática que aparece súbitamente ahora. No es una realidad invisible, un mundo ignoto. La cultura y el arte son, alternativamente, una bendición mayúscula y una nave bogando al borde del abismo. Siempre terminan constituyendo una realidad omnipresente en el país.

Décadas y años precedentes, movimientos, artistas, organizaciones han venido movilizándose y demandando un trato justo para la cultura, el respeto y la promoción de nuestros valores culturales. El Movimiento “Para Seguir Sembrando, para Seguir Soñando”, “Telartes”, la experiencia del “Festival Internacional de la Cultura en Sucre”, son una muestra relativamente reciente de iniciativas de transformación y cambio cultural, por supuesto entre muchísimas más, que fueron y se traducen en frentes de lucha.
Mas, cabe recordar un tema de fondo en calidad de premisa: Bolivia es un país con un capital extraordinario en materia de arte y cultura. Desde una tradición cultural precolombina, nuestra pluralidad lingüística, pasando por un abigarrado identitario étnico/urbano/rural, patrimonios tan diversos como sobresalientes, las culturas populares, expresiones artísticas plurales, nuestras industrias culturales y ese panorama complejo que desde lo transnacional y digital desafía al boliviano actual, prefiguran un cuerpo que además de su presencia y vitalidad, merecen una atención especial. Campos que a partir de su realidad objetiva -implícita o explícitamente- gritan “aquí estamos, somos el país, somos el alma de esta Bolivia, diversa y particular”.

En la base de este cuerpo arborescente se halla una memoria sociocultural viva, la lucha cotidiana por la reafirmación identitaria, una creatividad insaciable. El artista individual y colectivo que desde su crónica desprotección, y desde el taller, el escenario, la plaza, brega obsesivamente por mantener el genio creativo del país. Bien vista, parte esencial de una economía de subsistencia es -además del pan y la gasolina- la cultura, alimento espiritual, capital que trasciende y proyecta nuestro rostro ante nosotros y el mundo. Junto a la crisis actual, hay voces y testimonios que hablan de la incertidumbre, el sufrimiento, la angustia del pueblo, pero también nos recuerdan que a pesar de todo hay razones hondas que nos unen, algo que resplandece y que nos mueve a seguir adelante. Sin duda, la cultura es una de las formas de la fe colectiva.

Hay diferentes maneras de vivir la cultura. Unos lo hacen pasiva y casi inconscientemente, otros espasmódicamente, otros -como los artistas y ramas afines- cotidiana y, acaso, pasionalmente. Además de una herencia y formas básicas de socialización, es un cultivo y una forma de crecimiento individual y colectivo. Hoy, el desarrollo de una conciencia estética y un consumo cultural crítico y cualificado y sobre todo, el respeto al otro, son promotores de mayor educación y desarrollo social. El libro en las manos de un niño, mayor estudio y debate, la educación de la inteligencia sensible, el análisis e interpretación críticos de la realidad, el sentido democrático de vivir la cultura ya, de por sí, son vectores de cambio.

Una manera particular de conocer el país viene a través de nuestras novelas (gracias Medinaceli, Céspedes, Urzagasti), mediante las festividades folklórico religiosas, nuestros tejidos, la gastronomía, un grupo de rock o un festival de arte y artesanía. ¿Qué espacio privilegiado como la música para palpar la sensibilidad y tesitura de nuestro ajayu? ¿Qué voces e instrumentos se agitan en nuestra vida interior, qué sikus y bandas nos llaman a la danza y la vida en plenitud? ¿No están en las pinturas de Lara los rostros de un país maravillosamente cholo, en nuestra diversidad identitaria el verdadero semblante del país? ¿No está en la música chiquitana también el talento y riqueza de un pueblo? ¿O en las culturas de los jóvenes nuevos imaginarios y otros valores?

Maneras certeras de escudriñar en las problemáticas del país, como el mestizaje, lo étnico, los devaneos políticos, nuestras angustias y pasiones interiores, nuestros formas de plenitud, nuestra procelosa historia, las hallamos tanto en nuestra literatura como en nuestras fiestas populares, en la polivalencia del arte, en el cine (gracias Jorge Sanjinés), también en nuestros grandes escritores (gracias Franz Tamayo, Sergio Almaraz, René Zabaleta Mercado, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Silvia Rivera). Y agradecidos –¡cuándo no!- a la memoria viva de nuestra culturas ancestrales, referentes importantes de nuestra identidad, incluso al futuro. A propósito, el filósofo Javier Medina, manifestaba: “nuestras tecnologías simbólicas ancestrales -a contrapelo de parecer oscurantistas, obsoletas o primitivas- sorprendentemente se asemejan a las nuevas hipótesis, paradigmas y teorías de la ciencia de punta contemporánea”.

Sin embargo, el arte y la cultura en nuestro país, configuran a su vez campos de confrontación, disputa por espacios de legitimidad y reconocimiento, lo que supone un doble escenario. Internamente, la pugna hegemónica por el predominio de una cultura dominante de élite (oligárquica o no) frente a las culturas subalternas del país; y por otra parte, el peso del colonialismo externo, primero europeo, y actualmente, del neocolonialismo norteamericano, fenómenos que exigen frentes de descolonización permanentes. Lo que no excluye el diálogo intercultural democrático y necesario con nuestra América Latica inmediata, y con todas las culturas del mundo. Somos ciudadanos del mundo y por supuesto nos alimentamos, y compartimos, el arte y la cultura universales.

De ahí es que -a grosso modo- políticamente se perfilan dos frentes de trabajo cultural, uno interno que permita la preservación, el fomento y el fortalecimiento de las artes y culturas nacionales a través de leyes específicas, un rol protagónico y comprometido del Estado, además de formas de organización proactivas de los actores culturales del país. Y un frente externo, que favorezca la educación y una actitud crítica frente a la invasión mercantil del aparato cultural trasnacional, y de las redes sociales, con fines de control y homogeneización cultural.

El Estado y la política, en general, no han sido eficientes aparatos de intervención y cambio cultural. Es más, su desempeño ha sido insuficiente, acaso errático. Es necesario decirlo de una vez: la política en el país acusa un preocupante desconocimiento de la cultura y los procesos creativos como factores de desarrollo y mejora de la calidad de vida de la población. A pesar de una Constitución Política del Estado con razonable incidencia en la esfera cultural (Sección III Culturas), el Gobierno saliente, por ejemplo, ha convertido el Ministerio de Culturas, en botín político; en éste, autoridades y buena parte del personal técnico mostraron notorio desconocimiento de la problemática del sector, y lo que es más grave, en materias Gestión y Administración Cultural. Por supuesto, no se trata de una crítica discriminatoria de sus autoridades femeninas y originarias sino de la consideración responsable de un capital humano competente y experimentado en el área, a propósito, pienso a manera de ejemplo, en respetabilísimas artistas como Elvira Espejo Ayca o Luzmila Carpio. Paralelamente, además del escaso presupuesto para culturas, lo más grave: una absoluta ausencia de Políticas Públicas de Cultura, instrumentos estratégicos e ineludibles para el desarrollo cultural del país. En general, la clase política, salvo raras excepciones, acusa un déficit cultural lamentable lo que, en parte, explica sus visiones sesgadas, miopes y motosas del desarrollo nacional. Ergo: ¿Quo vadis cultura?

Vivimos un intrincado y problemático campo cultural. El arte y la cultura al ser fenómenos harto dinámicos demandan tanto una reflexión, contextualización, así como estrategias de acción permanentes. Es fundamental un aparato crítico focalizado en estos temas. Nos sobran periodistas de la política y el deporte, mas no de la cultura. Al ser la cultura un factor fundamental de desarrollo, un cualificador y articulador de los procesos de transformación social, su inserción orgánica dentro sociovisiones integrales de cambio son más que urgentes. Tanto la educación, la comunicación, el turismo cultural, la ecología, la acción intercultural como la Economía Naranja, junto al despliegue de las industrias culturales y las nuevas tecnologías son campos que se alimentan orgánicamente de la cultura y la creatividad, demandando miradas renovadas y desafíos de intervención oportuna.

Desplegándose con fuerza ubicua, se halla la cultura del internet, las redes y ahora la inteligencia artificial. La última década, en la esfera del hipermedia y las ciberculturas, ha sido vertiginosa la transformación del mundo y por supuesto en nuestro país. La emergencia de la realidad virtual, el libro electrónico, y las metamorfosis tecnocognitivas se hallan generando cambios sustantivos en la mente y el cuerpo social. Hace pocos años en la publicación de una importante investigación, “Bolivia Digital” aparecen como temas relevantes: “Los efectos sociales, culturales y políticos del informacionalismo y la globalización”, o la “Gestión de saberes y derechos culturales en internet” además de otros que van mostrando el impacto de estos medios en el conocimiento, las identidades culturales, bajo nuevos esquemas de neocolonialismo. En este ámbito, no menos importante hoy es debatir acerca de los derechos de autor, las nuevas formas de creatividad desde la IA, sobre los desafíos que plantea al arte boliviano, acerca la autodeterminación y los derechos culturales que afectan al conjunto de la sociedad boliviana. Todas y todos los bolivianos sufrimos una metamorfosis dentro este universo marcado cotidianamente por los algoritmos, el fetichismo y mistificación de una megatecnología que ha invadido todo el cuerpo social. La sociedad del conocimiento debe ser enfrentada desde uno de sus brazos más sólidos: la cultura.

Frente a la actual coyuntura de cambio político, cunde cierta incertidumbre sobre cuál será el papel presente y futuro de la cultura como factor de desarrollo en el país. Esperemos, al menos, ubicación y visión integral de mejora y cambio. Tanto el Estado, la Universidad y el campo cultural tienen alta responsabilidad al respecto. Es imprescindible la construcción de Politicas Públicas Culturales, normativa pertinente, estrategias de educación e investigación para el desarrollo cultural, como la organización y participación activa de los actores y sujetos culturales estratégicos del país.

Por supuesto que formamos parte de una comunidad cultural mayor. Recién se llevó a cabo en Barcelona, organizada por la UNESCO, una Conferencia Mundial sobre Políticas Culturales “Mondiacult 2025” con la participación de los Ministros de Cultura de cerca a 200 países, en la que estuvo presente además nuestra Ministra de Culturas. Temas relevantes de este evento fueron: Derechos Culturales, Tecnología digitales en el sector cultural, Cultura y Educación, Economía de la Cultura, Cultura y Acción por el Clima, Cultura Patrimonio y Crisis. Desde la Primera Conferencia en México en 1982, se han sucedido varios eventos en los que se han trazado directrices globales de cambio cultural. Lamentablemente, a pesar de haber participado en más de una oportunidad autoridades bolivianas, el impacto nacional de estas directrices ha sido muy pobre. Es un escenario que debe activarse a partir de un debate interno, junto a los artistas, instituciones, y sujetos culturales del país. Se requiere un cambio concertado, además dentro una estrategia global.

La cultura y el arte del país han demostrado con creces, en toda la historia, su valor y lucidez incontrovertibles. La cultura no pretende un sitial privilegiado, se alimenta de luces y sombras como todos los bolivianos, vive con ellos, es, sobre todo, ellos. Los artistas a pesar de la crisis actual continúan retratando / rescatando el alma del país: “Tal vez/ enigma de fulgor” (Gracias Oscar Cerruto). La cultura es un tejido en el que se trama con mayor nitidez el tránsito de la mujer y el hombre bolivianos, el tamaño de su alma, la geografía de sus sentimientos, su indócil cicatriz. Crítico y elucidatorio, bello y trágico, hondo y perenne, el imaginario creativo del país -patrimonio privilegiado de nuestra condición diversa- merece mejores días.

Edwin Guzmán, Zigrid Álvarez y Nica López en conversatorios de miércoles sobre gestión cultural

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