Oscar Córdova Sánchez /
Es la función autodidacta de los intelectuales que cuando sucumben ante el horror de la guerra, este estruendo social los motiva a redireccionar sus ideas y posturas actuales sobre un determinado asunto nacional; difundiendo un análisis más crítico sobre proyectar una misión cultural regeneradora, cuyo desenlace es el de crear un pensamiento a mejorar el destino de su patria. El particular caso de Ismael Sotomayor (1904-1961) es algo más que curioso, ya que su producción intelectual, envuelta en un episodio como fue la Guerra del Chaco (1932-1935), se verá inmersa entre danzas autóctonas, cuentos y reseñas. Una característica singular de su anacrónica vida.
Sotomayor, paceño, coleccionista de tradiciones, saberes y dichos sobre los quehaceres de su ciudad, adoró la fragancia del pergamino, el libro enmohecido y las figuras antiguas que solo él veneraba con un culto fascinante y llevado por su devoción de vivir el presente respirando el pasado. Su famosa obra Añejerías Paceñas (1930) fue de esa mirada retrospectiva de la cotidianidad paceña de antaño, recuperando nombres, fechas, acontecimientos, aniversarios y lugares que nuestro entorno social ha querido olvidar (de alguna manera lo seguimos haciendo).
Para inicios de la década del 30, su vida trajinaba entre la máquina de escribir y la divulgación de costumbres paceñas en periódicos y revistas. No fue sino hasta que ocurrió la campaña bélica contra el Paraguay que su cotidiano trayecto de tradicionalista se vería interrumpido abruptamente. Él, ni corto ni perezoso, se enlistó voluntariamente en el comando del Estado Mayor y, al cabo de unos días, ya vestía el uniforme militar boliviano.
Designado en el destacamento Viacha No. 100, lleva a cabo su entrenamiento militar alejado de su ciudad, pero La Paz no quería perder al custodio de sus tradiciones y leyendas, negándole su partida al sudeste del país. Su sobrina, Ana Rivera Sotomayor, realizando un esbozo biográfico, comenta el singular accidente de su tío mientras hacía un entrenamiento básico, recibiendo un golpe que “le produjo un nudo en la columna vertebral”; posiblemente con los años se acentuó el dolor y la inmovilidad en un fragmento de su cuerpo, formando una pequeña joroba,de ahí, que don Antonio Paredes Candia comparaba a Sotomayor con “un fauno en desgracia”. Sin dejar de escribir en revistas inquietas por difundir sus textos, la pluma de Sotomayor había descubierto otros géneros literarios que el público lector desconocía.

La Semana Gráfica, semanario ilustrado, fundado, dirigido y editado por el periodista Francisco Villarejos (Pancho Villa), lanzado al público nacional en octubre de 1932, fue creado con la firme intención de aunar esfuerzos para difundir toda la información recopilada de nuestros soldados en combate y retaguardia. Fue el centro de operaciones intelectuales para redirigir los horizontes nacionales y enfrentar las dificultades que se avecinaban en el desarrollo de la guerra con el Paraguay. Es en este reducto donde Ismael Lillo expondrá una serie de ensayos, cuentos y reseñas; rompiendo por un momento con su obra acerca de la biografía de esa antigua La Paz, urbana, criolla y mestiza.
Existe una diferencia abismal con otros colaboradores de la revista y la de Sotomayor, con referencia a los textos publicados: la primera, el contenido; la segunda, los temas tratados y la tercera, la narrativa. Entrando en contexto, la primera publicación salió en el Nro. 9, comentando sobre la inauguración de la Catedral de La Paz, haciendo un resumen biográfico, destacando el “talento indígena” por su labor en el tallado de la mencionada Catedral. Aquí, entra el nuevo tema de sus estudios: el indígena (indio) como sujeto popular y central, incorporado al discurso narrativo. Sotomayor empieza a dar cuenta del valor nacional del indígena, tema no muy abordado en sus escritos. De modo que su interés se vuelca a las costumbres indígenas, sin perder de vista a las anécdotas paceñas de la élite social.
En el Nro. 24 inicia una serie de ensayos sobre las danzas aimaras y la función que cumplen en cada reducto donde se realizan estas ceremonias. Bajo el rotulado Etnología Boliviana empieza estos escritos sobre este colectivo. Para Sotomayor son siete las danzas que “denotan particular interés para el observador”. Estos bailes, analizados en los siguientes números son: Colla-Whippala (Nro. 25); Danzanti (No. 26); Sicuri Laquita y Chchisca Sicuri (Nro. 27); Khusillu (Nro. 28); Palla-Palla y Tratripuli (Nro. 29). Sotomayor no será benevolente ni pesimista con sus apreciaciones preliminares, solamente dará su punto de vista, desde un enfoque sociológico sin ribetes falsos ni fantásticos. Por ejemplo, en esta observación sobre la desvalorización de las danzas anota que “al indio actual, trasfusión enfermiza del terruño madre a las ciudades […] le han hecho cometer errores quizá imperdonables en su folklore”. Un singular trazo de su crítica se desliza sobre la comunidad aimara actual, por no haber conservado a flote las raíces primigenias de las danzas y que las hayan distorsionado de manera abrupta, mezclando o, mejor dicho, importando elementos de otras danzas, perdiendo esa esencia pura autóctona.
Sin ahondar el tema etnográfico, tomamos como ejemplo el segundo artículo sobre el Danzanti, baile “paupérrimo en su componente y nada rico en tonalidades musicales”, anotando el lugar de origen (Hisquillani) en Peñas y la singular vestimenta del Danzanti (Sol) y de sus acompañantes; describiendo el ritual precedente al baile que el bailarín principal deberá recibir: un gran banquete días antes y una mujer virgen como trofeo para saciar el hambre y las energías sexuales. Discurso muy diferente a la versión audiovisual que la mayoría conoce.

Otra de sus inclinaciones fue el cultivo del cuento. En el Nro. 46 publica El extraño relato de Martín Bermúdez, historia que divaga entre el amor perdido, la promesa inquebrantable y el arrepentimiento moral del personaje con su amada, ya encontrada como cadáver presto a servir de tesoro de redención del personaje. Otro es Amor Imposible, que discute el intenso amor fugaz y eterno, al mismo tiempo, de Bernales y Rebequita, cómplices fugaces de una disección espiritual permanente.
En cuanto a su pasión de rendir homenajes, hará honor al Gral. Oscar de Santa Cruz (1849-1933), reluciendo sus dotes de culto historiador, papelista y ser hijo del Mariscal de Zepita, Andrés de Santa Cruz. Ismael Lillo bebe de su espíritu inquieto el pasado glorioso del gobierno crucista donde consulta material que le servirá para futuros estudios sobre los primeros años de la República. También hace referencia al abogado y “amigo de Bolivia” Domingo Villar Grangel (1882-1933), destacado intelectual español con quien tuvo un acercamiento fraternal e intelectual sobre cuestiones historiográficas de Bolivia. De ahí, su impulso para la publicación de la revista Bolivia y España (1932) como muestra de fino afecto para estrechar lazos mutuos entre ambos países y que Ismael Lillo aportó con el texto Cervantes en La Paz.
Su labor como reseñador también se ve marcada en la revista, aunque en menor medida. Su crítica al folleto Páginas de Crítica Social de José R. Terrazas, destaca en la pulcritud de su acertada mirada sobre el problema intelectual o “intelectualoide”, donde cualquiera ya adquiere el calificativo, sin profundizar en las cuestiones contemporáneas que rigen el discurso nacional y sus simpatías ideologizadas, impregnadas a la sociedad desde el gobierno de turno. Agradece Sotomayor a su amigo, advirtiendo una nueva era de pensadores nacionales que incrementan la pluma sincera de las taras nacionales. Más aún en plena guerra.
Entre otras contribuciones a la revista se pudo detectar la divulgación de fotografías y manuscritos; en la narrativa visual expone la serie de intelectuales paceños de la década de 1880, donde figuran los retratos de Nicolás Acosta, Eloy Salmón, Isaac Escobari, Carlos Bravo, Agustín Aspiazu y Juan de Dios Bosque. En el aspecto documental, exhibe los manuscritos del inventario de joyas de la Virgen del Pilar, donada por Carlos V; por la vertiente epistolar, exhibe la carta que el Mcal. Antonio José de Sucre escribe al Gral. Carlos Medinaceli, héroe de la batalla de Tumusla (18/04/1825) y el manuscrito de Simón Bolívar a su llegada a la ciudad de La Paz (20/08/1825).
Así, construyendo una nueva armonía a su ya conocido estilo literario, Sotomayor, desde Viacha, disfruta y enfoca sus textos entre antaño y hogaño, en un nuevo terreno tan caldeado e hirviente como lo es la guerra, sin dejar herencia de esa literatura nacionalista que se promovía en la revista. La palpación de su talento literario en otras ramas es de escaso estudio, salvo los textos recuperados por la Carrera de Literatura. Por ahora tratamos de llenar un poco más ese vacío de apreciaciones literarias y miradas sotomayorescas.



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