Impresiones “iniciales” de un viaje a China

Benjamín Chávez /

Leeré un breve discurso entallado en traje tradicional -me refiero al discurso- pues aborda tópicos y viejos imaginarios sobre este país deslumbrante.

Hemos dado media vuelta al mundo para estar presentes en este encuentro y nuestra gratitud es sincera. Estamos pasando unos días en la China “El reino del medio”, algo que para mí, y creo que lo mismo para muchos de los invitados al festival, hasta la semana pasada no fue más que un sueño de los buenos.

Porque pregunto, ¿quién, incluso desde niño, puede no fascinarse con la extraordinaria riqueza de esta civilización cinco veces milenaria? Por ejemplo, ver pinturas o fotografías de sus paisajes, donde verdes montañas se perfilan misteriosas detrás de la niebla, maravillarse con películas de tramas sugerentes, un poco alocadas, y locaciones oníricas; experimentar el deleite en la yema de los dedos al palpar la seda, admirar los fuegos artificiales en una noche festiva, o intentar imposibles caligrafías sobre delicados papeles. Esto último sí que pudimos hacerlo en la Universidad de estudios internacionales de Xi’an hace un par de días bajo la guía de venerables maestros. Y es que para nosotros, que dedicamos la vida a la escritura, estar en el país del papel y la tinta es altamente significativo.

Como seguramente se ha notado, lo que acabo de mencionar está inserto en el ámbito de la cultura, lo cual no es gratuito pues no hice otra cosa que atravesar el puente dialogante de civilizaciones ya tendido por el esfuerzo mancomunado de pueblos a lo largo de generaciones. Un puente que cumple a cabalidad su propósito de unión y conexión comunicativa entre las dos orillas del río de la vida. De hecho, en una reunión en este festival, nos refirieron que, en la época moderna, fue Neruda, un poeta, quien abrió caminos y tendió algunos de esos puentes.

Dicen que desde el espacio exterior puede verse la Gran Muralla China y, exactamente en la cara opuesta del globo, también es visible un punto blanquísimo que atrae las miradas siderales como hacia una página en blanco. Ahora estoy muy cerca de la Muralla y vivo a 400 kilómetros de esa mancha blanca en medio de los Andes: el Salar de Uyuni que, como hoja de papel, acaso aguarda la escritura enigmática o reveladora de un signo que sepa descifrarnos.

Cuando me disponía a iniciar este viaje, pensé que sería un viaje no solo en el espacio, sino también, y sobre todo, en el tiempo. Inmediatamente pensé en el futuro y, extrañamente no en el pasado. Pero heme aquí visitando capitales impregnadas de siglos -o de milenios- en sus muros y templos, y oyendo las voces de poetas como Li Bai, Du Fu o Wang Wei, voces que desde hace más de mil años nos llegan frescas y rotundas, como verdaderos “ecos de las civilizaciones”, en concordancia con el lema de este festival.

En cuanto al futuro (sin mencionar los vehículos sin conductor que vi recorrer las calles de Beijing), me lo topé apenas arribé a Xi’an, capital de la provincia de Shaanxi, en la forma de un pequeño robot blanco de limpieza que vino a mi encuentro en uno de los largos pasillos del hotel. Era la primera vez que veía uno en persona, si se me permite tal calificativo, y me detuve a mirarlo un momento. Él también se detuvo y, aunque no tenía ojos (o los tenía solo pintados), sentí que me observaba con mirada escrutadora, evaluando si yo era algo que debía ser barrido, aspirado o lo que fuera que él sepa hacer. Tras una breve dubitación de su parte, se corrió levemente hacia la derecha y pasó por mi lado, sigiloso y eficiente, mientras yo sentía, aliviado y feliz, haber traspasado airoso el umbral de un nuevo mundo tecnológico. Pero, a pesar de haber consumado mi esperado viaje al futuro, incorregible -como suelo ser a pesar mío- me fui a mi habitación a seguir intentando, como siempre, una arcaica escritura a mano. La escritura de ese libro que desde la profundidad del tiempo se escribe solo, sin nosotros.

Futuro y pasado: Un robot posa al lado de una escultura tradicional

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