Franklin Bustos /
Después de comprobar que todo se hallaba en orden, aseguré las aldabas de la puerta de ingreso a la fábrica y me fui caminando a tomar el último bus de la noche. En la parada del Prado esquina Colombia descendí del micro, subí caminando esa arteria de acentuada pendiente hasta llegar a la plaza San Pedro. Al frente de este paseo público, donde los ancianos, niños y transeúntes retozan engarruñados de los tibios rayos del sol altiplánico, está el recinto penitenciario paceño, conocido como el “panóptico nacional”. Visto desde afuera, no es más que el remedo de un viejo castillo medieval en ruinas.
El salario no daba para mucho, pero el cuerpo frío me pedía un cafecito caliente con sándwich de huevo frito. Para colmo, comenzó a desprenderse de la oscuridad del cielo una lluvia impredecible. En un pequeño restaurante muy cerca al inquilinato satisfice mi deseo.
El portón del conventillo donde vivo, es de hojas macizas, la madera tiene huellas del paso del tiempo. Trazas con impactos de armas de fuego, nos hablan de algunos hechos violentos de nuestra historia. Decían algunos inquilinos que eran producto de la revolución del año 1946 cuando colgaron al entonces presidente Gualberto Villarroel. La turba enardecida tomó por asalto el “panóptico” a escasos metros del conventillo, y se llevaron por la fuerza a los partidarios del régimen que se hallaban detenidos en aquel siniestro recinto. Los arrastraron hasta la plaza Murillo donde fueron cruelmente ejecutados.
Con una llave plana abro lentamente el portal, el rumor del silencio sobrecoge el entorno y el siseo de la llovizna se escucha como un murmullo de grillos. A pesar de su gran tamaño y fortaleza la puerta cede silenciosa. Esto me permitía en contadas ocasiones ingresar a hurtadillas de la mano de una amiga, encargada de la limpieza en la fábrica de sombreros. Al transponer el umbral la oscuridad envolvía la atmósfera, el administrador apagaba las luces del patio a las diez, y entonces el cielo se apoderaba de la noche. Algunas veces sentía la presencia de alguien muy cerca mío. Con cautela cruzaba la platea de adoquines hasta llegar a la escalera que conducía al segundo piso.
Se contaban historias extrañas que hacían parte de la vida en el tugurio, construido en los albores de la república. Tenía tres patios, yo vivía en el primero, lo cruzaba en la más absoluta oscuridad, solo el relumbre en noches de luna llena evitaba el impacto con otro inquilino que salía o, que ingresaba en iguales condiciones. En más de una oportunidad casi me llevo alguien por delante. Perdón, me disculpé, recibí como respuesta un gélido silencio y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Nunca me detuve a comprobar si eran vecinos o simplemente imágenes que brotaban de las rajaduras de las paredes o de los oscuros rincones del inquilinato. Ya eran habituales, poco a poco me fui acostumbrado a la compañía de estos bultos que, unas veces me respondían el saludo, y otras veces no me respondían el saludo. No había luz, la noche era fría y llena de sutiles emociones exóticas.
Nueve gradas hasta llegar al rellano de la escalera, respiraba profundo e iniciaba el conteo del segundo tramo, nueve gradas también, al lado derecho estaba la puerta de mi habitación. Con cierta inquietud transponía el umbral y estiraba el brazo para conectar el interruptor. Temía que alguien, sorpresivamente, me tome de la mano. Cuando el ambiente se colmaba de luz mortecina respiraba más tranquilo. El machimbre crujía al sentir el peso de mis pisadas. Aseguraba la puerta por dentro y me recostaba en la cama con la luz encendida. En ocasiones me despertaban unos ruidos extraños que parecían salir de un vetusto ropero de madera donde guardaba mis enseres personales, carraspeaba con fuerza y los ruidos desaparecían, pero, me costaba conciliar el sueño. Como salía muy temprano al trabajo, casi no compartía con las personas que habitaban en los otros aposentos.

En el pequeño restaurante y, por eso de las casualidades, sostuve una conversación con un inquilino que, junto a su esposa, compartían una pieza en el segundo piso. Durante el asalto al panóptico, me dijo, algunos detenidos lograron escabullirse de la turba enardecida y buscaron refugio en el conventillo. Cuando fueron descubiertos por sus verdugos los asesinaron cruelmente dentro de las habitaciones, ahí los dejaron botados durante tres días y tres noches, hasta que vino una volqueta del municipio y cargó con los cuerpos de las víctimas río abajo para que, la corriente arrastre los cuerpos maltrechos por la iracundia del populacho.
Me preguntó si escuchaba ruidos por las noches, como el eco de pasos apresurados, insultos, chirriar el piso de madera, incluso algunas carcajadas. Él y su compañera de angustia habían oído voces desgastadas por el uso, pero ya estaban acostumbrados. En noches de luna llena se repiten muy seguidos y al igual que usted, dijo, tenemos que dormir con la luz encendida. Habíamos decidido cambiarnos de barrio, pero a la edad que tenemos ¿adónde vamos a ir a parar? se preguntó.
A veces me despertaban los murmullos que parecían venir del interior del ropero, otras veces parecía que el guardarropa se deslizaba crujiendo sobre el reseco machimbre que chirriaba hasta con un suspiro. Me armaba de valor y les gritaba. ¡Déjenme dormir carajo! ¡Quiero descansar, mañana tengo que madrugar a mi trabajo! Santo remedio.
Mi ocasional compañera en “noches de Boccaccio” me abandonó, no vuelvo nunca más a tu cuarto “aquí aparecen los fantasmas”, me dijo, traté de calmarla. Seguro se quedó dormida a causa de las audaces arremetidas bajo las frazadas y lo que vino después solo fue una pesadilla. Me gustaban sus grandes ojos verdes, sus carnosos labios, jugaba con sus ensortijados bucles color marrón y, sus pechos enhiestos eran dos exuberantes racimos de uva charagüeña.
Solitos bajo las sábanas y las cobijas compartiendo nuestro calor y nuestro miedo. Para soportar el frío glacial nos cubríamos cabeza y todo. A cinco cuadras de aquel escenario etéreo, mezcla de realidad y ficción, de fantasías eróticas y de fantasmas erráticos, nos sorprendía la mañana del domingo desayunando api caliente, rodeados de pueblo, en el mercadito de San Pedro.

Estoy molesto con mis visitas del más allá, ellos me privaron de mis placenteros fines de semana, mi amiga cumplió su palabra y ya no volvió a soñar. Ahora cada salida me cuesta la mitad del salario, vayan sumando, los gastos en “dulces sueños”, la cena en una pensión de medio pelo, y el ingreso al cine Monje Campero a mirar películas de Cantinflas y, por si fuera poco, el taxi hasta la puerta de su casa. El padre del portero de la fábrica fungía como Yatiri en su comunidad donde era muy respetado. “Él, te puede ayudar” me dijo este compañero y, como había decidido hacerle la guerra a mis “invitados” sempiternos, le pedí al amigo que me contacte con el sacerdote aimara.
Esto te va a costar muchacho, me dijo el Amauta.
Estoy dispuesto a pagar lo que sea para deshacerme de los “bultos”.
Yo no cobro nada hijo.
¿Entonces?
Los que cobran son las “visitas”. Esa es una de las condiciones para que se marchen, “ellos siempre se llevan algo”, siguió diciendo.
¿Y… qué es lo que se llevan?
“Eso no te puedo decir hijo, solo ellos lo saben”.
En tanto no se lleven a mi amor, me la juego, dije para mis adentros.
Cerramos la habitación para evitar a los curiosos, como el cuarto no tenía ventanas, la oscuridad nos envolvió con su manto frío. En un recipiente metálico mezcló unas hierbas secas y un pequeño feto de camélido impregnado en alcohol. Cuando el preparado comenzó a echar humo, muy similar al incienso, el aimara empezó a rezar y mientras el humo inundaba la habitación, repetía con firmeza: “váyanse a descansar almas en pena, este mundo ya no les corresponde, ustedes ya fueron, ahora ya no. Por los sufrimientos que pasaron fruto de la incomprensión humana, les pedimos que regresen al limbo donde pertenecen”.
Era una mezcla de ceremonia religiosa ancestral y católica. El yatiri hizo un buche con alcohol rebajado y roció con su boca todo el ambiente. Me pareció escuchar ruidos muy similares a un tropel de gente saliendo de manera apresurada. Después de la media hora que duraron los rituales, y luego de armar su acullico de coca el yatiri dijo: “ahora ya puedes estar tranquilo muchacho, ojalá que el precio de nuestros actos no sea demasiado alto”, sentenció.
Aquella noche dormí confiado en los rituales del amauta, debo admitir que tenía mis pequeñas dudas en cuanto a su eficacia, pero, el exorcismo funcionó. Esperé un tiempo prudencial para compartir el lecho con mi amada. Aceptó acompañarme a mi dormitorio del conventillo aquel domingo de agosto con la condición de que, al filo de la media noche la devuelva a su casa. Tenía sus dudas y no quería amanecer asustada. Así lo hicimos, ella comprobó que los ruidos desaparecieron, pero, tratos son tratos. La dejé en la puerta de su casa y cuando nos despedíamos me dijo: “el próximo domingo te acompañaré toda la noche”.Toda la noche, la frase se repitió como un eco en mis fantasías delirantes, como las que solo aman los locos.
De regreso a mi alojamiento ingresé al restaurante de siempre y pedí café caliente con sándwich de huevo; barriga llena corazón contento, decía mi padre, a dormir muchacho. El temor que tenía al estirar el brazo para conectar la llave de la luz y que alguien me tomara de la mano, desapareció. El yatiri no había mentido.
El primer escalón me daba la pauta, nueve gradas, las contaba mentalmente hasta llegar al rellano, apoyando mi mano en la pared iniciaba el conteo del segundo tramo, nueve gradas también, al lado derecho estaba la puerta de mi cuarto. Cuando extendí el brazo hacia el interruptor para encender la lumbre mortecina de la habitación, una mano fría con una fuerza sobrenatural me tomó de la muñeca y me arrastró en silencio hacia la inmensidad de la nada. “Ellos siempre se llevan algo”, había sentenciado el amauta.
Franklin Bustos es escritor. Ha publicado el libro de cuentos: La infanta Teresa y el príncipe encantado.


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