Dos textos sobre el duende

Compartimos con ustedes dos textos leídos en las presentaciones de la edición digital de El Duende en Oruro y La Paz

Síntesis del duende

Marlene Durán Zuleta /

Han transcurrido 35 años de lectura asequible, inagotable de tener papel entre los dedos y mucha tinta para los ojos, confieso, fue una síntesis que filtró lumbre del conocimiento.
El Duende discreto pero persistente, dejó trazo con publicaciones cuando aparecía cada catorce días, y, en su última etapa, el último domingo de mes. Estamos en los primeros días de septiembre y abre las puertas inmensas de otro tiempo, reaparece revitalizado en otra dimensión. Una caminata de dos meses le ha permitido descender hasta el abecedario y ha enlazado un sinnúmero de nombres, que ejercen la escritura. Sutilmente escondido en su sombrero, ha difuminado el lenguaje, y ese contacto de encontrarlo en una esquina, motivó en él, proseguir el tránsito, no desfalleció, si nunca vaciló, menos podría ser ahora.

Es trascendental rememorar que El Duende, era el único suplemento cultural que persistía en Oruro, enaltecía este suelo apacible de alboradas. Todos los planos llegaron a multiplicarse con el tiempo, era invariable la gratitud cuando El Duende se extendía a través del correo a otras tierras, a otras manos.

Casi todos los diarios del país anularon sus páginas culturales, finalmente se concentraron en volverse virtuales, el papel era una carga por su constante ausencia, la solución salomónica salir del contexto físico, posesionarse definitivamente en una pequeña pantalla.

El Duende, seguía pregonando no languidecía, erguido con sus paradigmas, difundía más regocijo de vida. El Duende íntegro, se constituyó como suplemento de presentación en los folios del diario La Patria.

Hoy será otra experiencia encontrar al Duende digital, se multiplicarán nuevos lectores, habrá más diálogos de signaturas, música reunida desde la memoria, historia que desatará nuevas investigaciones, se recordará el silencio de escritores ausentes, resaltará la crítica y elogio de nuevos libros, donde los autores egregios, sientan que son acogidos por el manto de este pequeño hombre.

Tengo la certeza que esta transformación, concentrará la excelsitud de los propósitos de la dirección y el cuerpo editor. Su expansión será ilimitada en el mapamundi y la tecnología hace magia aunque no tenga traducción, el lector se dará modos por comprender nuevas narrativas, él, intangible, motivará descifrar en toda su integridad las páginas gráficas, y proseguir el camino de la filosofía, los rótulos, el caudal de verso y prosa sin impedimento.

Volveré a recorrer como testigo invariable, de este nuevo comienzo, una carrera indiscutible de comunicación estructurada y responsable de El Duende misterioso. Siempre estarán los precursores que con solvencia moral, dejaron lealtad a sus propósitos, difundir con claridad la voz, destilaron tanta letra que es innegable perderse sin seña.

El poeta Alberto Guerra y el Ing. Luis Urquieta Molleda, denominado el mecenas, por su fecunda consideración hacia el arte y por haber llevado esta entrega más allá de toda concentración, prosigue su difusión, se plasma, acierta a plenitud y cabalidad, que los siguientes números de El Duende, seguirán descargando elogios. Auguro mucha fuerza y júbilo venidero. Sea bienvenida la presentación de El Duende digital, que marcará historia.

El duende crece y vuela

Lupe Cajías /

Buenas noches, siento el aliento de don Luis Urquieta detrás de mi nuca. Así que también a él lo saludo, a su hija Patricia, a su familia, a Benjamín y a los amigos que quincenalmente me dieron un regalo de domingo.

Es primer viernes de mes, el día en el cual la gente de El Duende, don Alberto Guerra, koaban. Buen augurio.

No es posible hablar de El Duende sin hablar de Oruro.

Mucha gente no entiende mi amor por Oruro. Tampoco yo lo entiendo completamente ni puedo precisar cuándo, cómo ni por qué. Tengo la vaga idea que es una adoración desde la infancia, quizá porque mi padre gustaba de llevarnos de paseo para simplemente disfrutar un corderito en el bar Oruro o en el Naijama.

Con mi novio, viajábamos horas en destartalados buses solo para llegar al mercado, tomar api con pasteles, pasear de la mano por la plaza 10 de febrero, subir a la Ranchería, tomar un helado de la Polar, comer un brazuelo en restaurante o un charkekan en la calle y volver a La Paz al atardecer.

Después fueron las muchas visitas al carnaval y sus innumerables episodios, incluyendo el surrealista Festival de Poesía en medio de cohetes y bandas que organizó Benjamín Chávez.

También me enamoré de Oruro mientras la recorría con los testigos de los momentos más gloriosos de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia, la biografía de Juan Lechín, los salones del Hotel Edén, el hotel Repostero, la confitería. Oruro tan democrático y hospitalario, tan lleno de recovecos únicos en el mundo.

Amor heredado por mis hijos, amor entrañable.

A fines de los ochenta pensé que debía suscribirme a La Patria, el subdecano nacional, y a otros periódicos regionales para entender mejor al país. Poco tiempo después comencé a escribir artículos y mi columna En Rojo y Negro en todos ellos.

Así conocí a Luis Urquieta, escuché embelesada sus cultas charlas, recibí libros que él auspiciaba con sus propios fondos. Asistí a una velada poética de un casi adolescente Benjamín Chávez. Poco a poco me convertí en coleccionista de El Duende y festejé sus diversos aniversarios.

El mejor suplemento cultural del país era un espejo de ese hermoso Oruro difundiendo a sus escritores y artistas desde la portada a la última página con la sección especial, a la vez que era universal.

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