Alvaro Díez Astete /
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La Traza es un relato poético que está compuesto por 77 textos, distribuidos en seis parágrafos, todo reunido en las tres partes del libro que tiene apenas unas 100 páginas. Pero cien páginas de una riqueza verbal que, desde su mismo comienzo hasta el final te sumerge y eleva en una materia de alta densidad de sentido, que se arriesga en lo hermético, siendo su mensaje poético directo como lo es toda verdadera poesía.
La obra puede leerse tanto tomando cualquiera de sus 77 textos en forma individual y salteada, lo cual provee una gratificación especial de casi cada uno de ellos leído por separado y al azar, porque los textos se dejan abordar así sin perjuicio alguno. Pero en mi caso, en mi afán de encontrar la estructura total de La Traza, además de tentar al azar con sus partes y subdivisiones, he preferido leerla como un continuo, como una novela, en cuyo caso desde un comienzo ya nos jugamos a la construcción de una especie de nívola, como la quería Unamuno, pero por cierto muy de Alan Castro en su gran capacidad de permanente transliteración poética. La Traza como desarrollo literario puede abordarse, si se quiere, linealmente, pero sus sentidos profundos sólo serán apreciados y vistos siguiendo en la lectura los modos en que las personas de Apolinar y Susana se asombran en la búsqueda de los secretos de la creación en el arte.
Quiero insistir en que La Traza, siendo una novela, es también en sí un solo texto poético, y como tal posee de principio a fin la del Génesis bíblico -guardando obviamente las distancias-, cuando éste nos relata sus mitologías del origen y el fin del mundo como si fuesen historias infantiles, y La Traza nos muestra su mitología interior e íntima como si fuese un conjunto de descubrimientos artísticos en el mundo, sin necesitar nada más que la verdad inmediata de la vida que transita.
El libro formalmente es una narración de cosas, de sucesos y de sus nominaciones, que son en parte comunes, en parte mágicas, y en parte trágicas, que van a configurar, poco a poco, subrepticiamente, partiendo de motivos directos y objetivos, una transmigración espiritual donde la relatividad del mundo concreto que viven sus dos personajes les otorgará el desvelamiento de trascendencias, pero (al contrario opuesto de la postiza “trascendencia new age”) aquí trascendencias del ser viviente, el que toma sin temor el pensamiento para adentrarse en los ínferos del morir, y ser capaz de volver de allí con conocimiento.
La Traza de Alan nos ha recordado a su estupenda primera novela Aurificios (2010/2020) por su concepción de una escritura que quiere culminar siendo totalizadora con una certeza, entre miles de preguntas que pueden caber entre sus letras; en La Traza la certeza es más asible: que la existencia es una perenne melancolía iluminada de alegrías florales diurnas y oscurecida por oquedades nocturnas indecibles. Y más que un equilibrio, una fatalidad inapelable.

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Apolinar es escultor y nigromante y Susana bailarina y pintora; ellos se muestran, son, profundamente humanos, pero sus haceres rozan todo el tiempo con lo mítico, sin saber pero sabiendo que de ahí sus actos, alcanzándose y uniéndose en la escultura y en la danza, se vuelven místicos.
Apolinar y Susana, dos artistas exquisitos. Los dos caminantes del espíritu: él con su misteriosa escultura de humo y sus búsquedas de la materia de su arte -el temple- en todas las cosas y en los abismos de los cerros…; ella, con su bellísimo cuaderno de poemas y su danza y sus pinturas poniendo movimiento y colores para que esas cosas existan. Apolinar y Susana tejerán a lo largo del libro una historia sin historia corriente, pero sí cada vez de más honda poesía, en una unidad amorosa, no erótica a primera vista, pero sí, llevando el hilo o los hilos de la narración por caminos y mundos insólitos y de insólita belleza.
Ambos así, en medio de los cerros y el río y los barrios de la ciudad y sus amigos y la nostalgia de Miraflores y los insectos de las mesas y la tristeza de las ventanas y el Bosco compañero y los sueños y siempre la lluvia; y al final de la aventura una fiesta nuestra con cueca y aruaru.
El autor escribe para un soliloquio de a dos -Susana y Apolinar- con significaciones peculiarmente propias e íntimas; sin embargo, escribe con un lenguaje directo, natural y objetivo que cautiva y captura, y le deja una traza al lector, transfigurando su realidad sin imponerle la realidad del otro lado, que permanece amablemente silenciosa en su propia existencia. El autor habla con precisión de hechos de la realidad plausible, no para acentuarla como en la escritura realista sino con la paradójica finalidad de difuminarla como irrealidad: pero es irrealidad del lenguaje mágico que logra de nuevo, mediante una torción sobre sí mismo, volver de nuevo a la realidad de todos, y ello preñado de la poética ya tangible.
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De ningún modo podría yo tener la intención de pretender desvelar las claves de la obra, que al fin de cuentas serían sólo mis claves; cometería el error de privar a cada uno el disfrute del descubrimiento de sus propias claves. Por lo demás, las claves propias del autor, él mismo nos las ofrece desde los meandros ocultos de su libro, sólo hay que seguirlo: a fin de cuentas, llegaremos a un mismo y feliz entendimiento de su método, que no es ninguna hermética deliberada, porque este relato singular, al irse dando, a medida que avanza su construcción de arquitectura oculta desvelándose, se va volviendo cada vez más nuestro en la medida en que nos vamos comprometiendo con sus claves aparentemente crípticas, que se revelan gozosamente.
Por la riqueza de múltiples significaciones de pensamiento y poesía que posee el libro, de verdad no es posible hablar de él como lo intento hacer en estas páginas, si queremos resaltar su belleza con breves palabras que al fin y al cabo a ustedes les resultarán como ajenas. Aproximarse a los múltiples mundos en que ingresan los personajes de esta nívola, reclama el goce del encuentro personal del lector; y, por otra parte, siendo los textos complejos en lo que contienen y sencillos en lo que muestran, están imbricados de tal manera que cada lector encontrará aquí un mundo para sí, que podrá ser transferido a otro lector pero que no igualará la alegría de la propia lectura. En otras palabras, pues, La Traza, en sus tres partes que se denominan: astra, infra y terra es una obra para ser leída, si se me permite, más bien esotéricamente, sin que ella pretenda ser esotérica, como cuando se entrega abiertamente a la múltiple ritualidad de lo sagrado de su fondo aymara.
Para concluir, quisiera decir que el autor, aun arriesgando su material por las sendas oscuras, jamás se quedaría en la oscuridad, ni en la expresión ni menos en su fondo. Quiere, y lo logra, un encuentro con la luz, con lo luminoso y sencillo de la vida, y utiliza para ello símbolos vivenciales, como pueden ser las pepitas de oro en el Jawira, o las trenzas del temple, la escultura de humo. Pero también busca, y en lo más alto de la contradicción creativa (contradicción necesaria a toda obra verdadera) símbolos y elementos de los mundos que intentarán conjugarse en vida con la muerte.
Y algo más: ese querer el encuentro con la luz no es, ni de lejos, una simpleza religiosa ni un facilismo filosófico: es arte, la posesión del arte en el sentido más clásico del término: ars, que ciertamente no ignora la oscuridad, sino que la contiene, que la aguanta, quién sabe si siempre dolorosamente hasta parirla, para acceder a la luz que también revela que ella puede hacer doler intensamente, o peor, destruirlo todo.
(26/09/ 2025)


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