Ricardo Romero o las formas de la visión

Edwin Guzmán /

Ricardo Romero Flores es un artista orureño cuya inmersión en el paisaje andino trasciende a una suerte de comunión con ese espacio solemne y gravitante. Entre mirar y habitar la serranía sagrada de los Urus ha logrado recrear sus formas y trasladar sus colores y enigmas a lienzos que erigen esa tensión poética propia del altiplano.

Sabido es que escribir o pintar el altiplano es una tarea sencilla. De manera similar a los desiertos, su presencia invita a la contemplación y un diálogo intenso con la propia subjetividad. Es más, la inmensa planicie y sus montañas no dejan de configurar una metáfora de nuestra interioridad, y más aún, al tratarse de escenarios que albergan culturas milenarias. Diríase que el espacio moldea el espíritu y le dota de una capacidad insólita de pensar e imaginar su extensión, despertando imaginarios, recreando mitos.

En realidad, es el paisaje andino que nos mira y subyuga, su insólita presencia teje un universo de signos e imágenes, de colores y presencias tocadas por una luz, tan intensa como elusiva. Poblado de tierra y piedra ancestral, colmado por deslumbramientos y celajes, o por súbitas apariciones, el altiplano habla desde las pinturas y dibujos de Ricardo Romero.

Haciendo abstracción de lo urbano, el fondo que sustenta su obra es centralmente el altiplano, para atreverse a “desocultar” –como diría Heidegger–, un cúmulo de presencias recuperadas a fuer de pasión a través del ojo detrás del ojo que escruta vorazmente el ajayu del artista.

Forjada de dualidades, las pinturas se mueven básicamente en la coordenada altiplano / personajes. La monumental gravedad de la altipampa, su horizonte inviolado alberga seres que emergen gracias al pincel devoto del pintor. Desde su aparente quietud exhala símbolos y personajes que a través de su fuerza milenaria pregnan el espacio y lo subvierten. Es más, tanto el altiplano como la atmósfera que lo habita constituyen personajes vivos dentro la tesitura de los lienzos.

Los seres recreados por su imaginario: jula-julas, músicos andinos, diablos, morenos, la propia Mama Pacha, asemejan exhalaciones de la tierra, apariciones súbitas que contrastan con la fijeza de la pampa. Si el altiplano se manifiesta desde su extensión, los personajes pueblan la atmósfera habitando las comarcas del aire, insinuándose entre el viento; así constituyen aspersiones monumentales que pregnan el espacio de signos, perennidad y trascendencia.

Torbellinos de coca, tejidos atomizados, fragmentos de arcilla, burbujas solares danzan en torno a los cuerpos, montando un ritual subversivo. En efecto, los óleos de Ricardo Romero, no invitan al recogimiento, sino a mirar lo andino desde la memoria, y desde una conciencia que –metonímicamente– se infiere por la implosión y fuerza de sus imágenes. Trátese del poder transgresivo de la fiesta, de los jula-julas que se alzan imponentes en la pampa, de los diablos del carnaval que a su paso queman el velo de los vientos, o la bicicleta rural y el colectivo que atraviesan el espacio en pos de innominados destinos, algo se insinúa, algo que nos invita a resignificar la cultura y sus máscaras, desde una historia fementida y sus indeclinables mitos, más allá de ese romanticismo folklórico e ingenuo que pulula en no pocos imaginarios plásticos.

Hecha de contrastes, su pintura transfigura los ocres del altiplano, con crepúsculos de intensidad solar junto a los colores vivos de la fiesta y el tejido. La fijeza del paisaje vibra con seres que liberan esa energía recóndita de los Andes, la fragmentación coexiste con la concreción de la pampa y las montañas preñadas de lo sagrado.

Si bien las pinturas son la expresión más frecuente en su obra, el artista no deja de manifestarse además a través de dibujos y de la fotografía formal y numérica. Romero es un artista plástico con una extensa obra forjada en casi medio siglo. Durante una estancia de casi dos décadas en Suiza, donde estableció contactos con artistas afines como con espacios de difusión cultural propias del viejo continente, no cambió su temática y su interés por escenarios y manifestaciones de la cultura andina, sobre todo enclavados en Oruro, capital del altiplano boliviano.

Su formación autodidacta le ha permitido forjar una voz e identidad propias. Más allá del canon estereotipado de escuelas y academias, ha desarrollado una obra permanente y de sostenida exigencia formal. Parte de su fotografía y obra pictórica ha sido recogida en el libro El Carnaval de Oruro. Imágenes y Narrativas publicado junto a sus hermanos Marco Antonio y Javier. Sus pinturas, además de haberse expuesto en todo el país, han visitado galerías de Ecuador, Perú, Colombia, Alemania, Suiza, Francia e Italia, tanto en exposiciones individuales como colectivas. Ha merecido reconocimientos por su obra de parte del Gobierno Departamental de Oruro y de la institución Arte y Cultura.

Ricardo Romero Flores (Lugui 94) es probablemente uno de los pintores bolivianos que representa con mayor pasión e imaginación al altiplano y sus criaturas, su pintura nos convoca a mirar con otros ojos aquello que nos rodea y habita, aquello que todavía nos permite reconocer nuestro rostro en medio de los vientos y las tramoyas de la historia. Su pintura comulga con una identidad que nos toca y nos convoca, y nada mejor que sus cuadros para mostrarnos esa vocación de incesante develamiento que conlleva el arte.

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