por Virginia Ayllón
Las dos primeras páginas de Pirotecnica: ensayo miedoso de literatura ultraísta, único libro publicado en vida por la orureña Hilda Mundy en 1936, se dirigen al lector; es decir son casi un prólogo.
Recordemos que el prólogo se instala en la cultura libresca en el siglo XV, ya que si bien en la antigüedad se antecedía algunas obras de teatro con una explicación que fue denominada como prólogo ―pre-logo, que sucede antes del acontecimiento textual propiamente dicho― solo hasta la carnosidad libresca que legó la imprenta, los escritores no habrían desarrollado una conciencia del lector. Pero, de ahí para adelante, el prólogo se ha convertido en un género en sí mismo, con sus clásicos y todo. El de Shakespeare a Romeo y Julieta, el de Cervantes a Don Quijote de la Mancha, el de Santa Teresa a su Las Moradas, el del Gabo a la Obra completa de Raymond Chandler, etc., etc. En Bolivia, la colección de Prólogos y epílogos del Cachín (otro orureño, a la sazón).
Pero a diferencia del prólogo escrito por alguien ajeno al autor, que funge más bien como un estudio especializado, un verdadero pre-logo; el prólogo escrito por el propio autor es otra cosa, muy diferente; es un espacio de diálogo con el lector. Y es en este espacio que se producen hechos textuales muy disímiles, desde los más didácticos hasta los más antipáticos. Son pues didácticos esos prólogos del romanticismo del XIX que parece suponían al lector alguien a quien llevar de la mano por los vericuetos de la obra. Y son bastante antipáticos aquellos modernistas y vanguardistas que más bien parecen establecer un campo de batalla antes que una mesa de amable conversa con el lector.
Y lo que pasa es que estos textos dirigidos al lector patentan fundamentales hitos de la historia del autor, así como de la historia de la lectura y especialmente de la historia del lector. No es poca cosa pues hablar de prólogos porque los hechos textuales se entremezclan con sucesos como los cambios tecnológicos, así como las revoluciones históricas y filosóficas que entronizan, de canto, al capitalismo, al individuo y al autor como centro de la sociedad y luego lo destronan para encumbrar al lector, nuevo sujeto del hecho textual.

Véase cómo en un párrafo hemos despachado las intrincadas relaciones del autor, lectura y lector que pueden ser tres de las creaciones más complejas de la modernidad y que suceden, especialmente, en el campo literario.
Pongamos como ejemplo las vanguardias literarias del siglo pasado, las que posiblemente hayan desarrollado las más interesantes experiencias de interpelación al lector en su brega de interpelar todo. No es casual por eso que en esas experiencias se hayan asentado reflexiones tan significativas como las de Foucault o Barthes, precisamente sobre la muerte del autor.
Bien, retornando a nuestra escritora orureña, lo menos que podemos decir de las dos páginas de su Pirotecnia, es que edifican un lector más bien desdeñado que amado, o incluso anhelado.
– Alguien me dijo: su libro será un fracaso que hará reír.
Y hallé júbilo en la predestinación al imaginar tres docenas de lectores riendo _de las páginas de mi fracaso.
Esta ironía, pareciera tener como fin el ataque a la consagrada imagen del lector, que fue uno de los motivos del ultraísmo (identidad que ella misma le da a su libro Pirotecnia) y las vanguardias en particular, y del modernismo en general.
Por eso, en las disquisiciones sobre el lector de estas “risueñas vanguardias” se dan la mano la obra de Mundy con la de Arturo Borda, el otro gran vanguardista de la literatura boliviana, autor también de un único libro El Loco ―si bien publicado en 1966, fue escrito mucho antes:
Y acabando de escribir me da ganas de lanzar una estrepitosa carcajada al simple hecho de pensar que una cantidad de gente meditará con suma gravedad acerca de estas tonterías que me estaban arañando por dentro; pero también es de suponer que otros verán que todo eso no es nada más que una burla.

Leyendo Pirotecnia, sabemos que Mundy fue una escritora de cepa, si por ello entendemos que la escritura y especialmente el lenguaje fueron motivo de sus reflexiones. Pero también el lector habría sido fuente de sus cavilaciones ya que en su columna Brandy Cocktail, publicada entre 1934 y 1935 en el diario orureño La Mañana aparecen al menos tres textos dedicados específicamente al lector. Evidentemente las del 4, 8 y 18 de noviembre de 1934 se dirigen a los lectores de sus columnas. De acuerdo a la identidad de sus columnas en este diario, las tres son tremendamente lúdicas y juguetonas. En la primera ensaya una clasificación de los lectores de diarios, sea por su actitud lectora, sea por su acceso al diario: los hay que compran su ejemplar muy temprano y a precio establecido, los hay que esperan al final de la tarde para comprarlos a mitad de precio o los que leen aquellos ejemplares desechados en los basureros. Llama “lectores de grandes ocasiones” a quienes se destinen en la crónica social; “lectores bárbaros” a quienes prefieren la crónica roja, “lectores comerciales” a quienes interesa solo los horarios de salida de los vapores y los anuncios de ocasión. Notablemente, llama “lectores de sentido agudizo” a quienes por el epígrafe ya saben de qué va el artículo. Y en esta difusa población de lectores ella prefiere a uno: “un lector modelo, un lector fiel y amable que eres TÚ…”.
La segunda columna es un delicioso texto en que se apresta a conversar con un “monino lector” a quien inquiere si está de humor, de qué tema le gustaría hablar, etc., para afincar la charla en el papel del cigarrillo en la vida de tal lector. En un hermoso y lánguido texto, tal cual una casual charla con un amigo… lector.
En el tercer texto, parecido al anterior, la autora le pregunta a otro lector si alguna vez ha entrenado su mente en hechos históricos para luego darle su versión sobre la Creación como un partido de futbol. Y al final del texto pregunta al lector si le gustó tal relato: “¿Me agradeces hermano lector? He diseñado para ti un gráfico singular del Génesis”.
Pero hay una yapa más, en este caso sobre la lectora, para quien escribe una columna el 11 de diciembre de 1934. Comienza así. “Lectora: entendimiento corto y cabello largo son las dos particularidades que en cheque especial nos endosaron los hombres antiguos. Quizá tuvieron razón”. Y, a continuación, se dedica a detallar los cambios que han sucedido en la situación de la mujer en clave de moda, para concluir con una certera sentencia: “Lectora: ¿No es cierto que este tipo de standard es muy falto de gusto?”. Es decir, en una muy mona forma acomete contra los modelos y esquemas que intentando “adornar” a las mujeres, las nivelan cual si de un ejército se tratara.
Así pues, los lectores y la lectora de la Mundy, o ríen o no han entendido nada, tal como lo estableció en la primera página de su libro.
Pero no hemos hablado de la segunda página que también es parte de las páginas prologales porque se dirigen al lector:
PARTICULAR ADVERTENCIA AL LECTOR:
Moje Ud. el dedo en el esponjero
y
cuidadosamente siga adelante.
En esta página pre-logo, Hilda Mundy es totalmente contemporánea porque está haciendo referencia al lector del libro en soporte papel, al libro folio. Mojar el dedo con saliva se castigaba en la escuela, se decía que no era propio de una señorita, y a pesar de ello todos mojábamos el dedo para pasar la página. Se trata de una bio tecnología ya antigua, ya caduca, ya ancestral y en proceso de franca desaparición. Ya ha nacido una generación que no mojará los dedos para pasar la página y tendrá que acudir al hipertexto para saber de qué iba esa práctica lectora, que tanto placer nos brindaba los domingos por la mañana cuando junto a una taza de humeante café, y aún en pijamas o camisones, pero seguro en pantuflas abríamos el diario y nos convertíamos en los lectores de la Mundy: ya lectores comerciales, ya de grandes ocasiones, ya lectores bárbaros o lectores de sentido agudizo, y, en todos los casos debíamos mojar el dedo y cuidadosamente seguir adelante.


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