
El surrealismo cumple 100 años y no dejemos pasar este año sin recordarlo, siquiera sea someramente
Juan Cristóbal Mac Lean E.
La principal razón por la que el surrealismo haya logrado cambiar verdaderamente y para siempre lo que llamamos arte, pintura o poesía, estuvo en la forma radical con que introdujo la poesía en la vida o la vida en el arte. De pronto comenzó a ocurrir que, bien afinados los ojos y los oídos, el “arte” y el encuentro, lo maravilloso y los rudimentos de una manifestación indeterminada, estaban en todas partes. Era cosa de sintonizar, imbuído el poeta en unos ‘campos magnéticos’ que atraían fuerzas inverosímiles o coincidencias azuzadas en la selva urbana y sus claros, bajo el imperio del ‘azar objetivo’.
No por nada los principales libros de André Breton, el fundador y mayor oficiante del surrealismo, tienen mucho de diarios en los que registra los encuentros y afloraciones de realidades alucinadas, inconscientes, que porfían por reventar las costuras de lo real, dejando que se cuelen mundos de una desatendida profundidad onírica y en los cuales se afirmaba, con Lautremont, que “La poesía debe ser hecha por todos”.
Y eran muchos los que habían ese momento en Paris, la década del veinte y después, pues no sólo poetas tan grandes y reconocidos como Paul Eluard o Louise Aragon flanqueban a Breton, sino que habrán sido dos o tres generaciones de escritores, poetas y pintores quienes fueron parte o fueron significativamente tocados por lo que entonces despertaba, se agitaba y desplegaba hasta cambiar profundamente el siglo, el arte, la poesía, la pintura…
Tzara, Desnos, Peret, Artaud, Queneau, Char, Picasso… ¿Quién no se sabía esos nombres, por todo lado, países latinoamericanos incluidos y hasta hará un par de décadas?
Cien años después del Primer Manifiesto y como un antiguo amor que se despierta, el surrealismo original poco necesita que se lo recuerde con modales de anticuario, pues lo cierto es que, si bien ya no se leen sus mayores libros, como tan apasionadamente se lo hizo en su momento, ahora no queda sino reconocer el hecho: el surrealismo se quedó, todo lo que querían y parecía tan extremo en su origen, hoy es moneda corriente. Desde el urinario de Duchamp a los lenguajes desatados o la proliferación de talleres de poesía, lo cierto es que los postulados del surrealismo se incorporaron plenamente a todas las artes. Fue profético Breton al decir: ‘La belleza será convulsa o no será.’ Basta darse una vuelta por las galerías de arte moderno/contemporáneo para saber cuán confirmado está ese aserto.
Lo que inicialmente fue una gran rebelión, que trazó su arco desde la pintura hasta los mercados de pulgas, desde los sueños a las calles, hoy es otra capa más, siempre activa pero acostumbrada, en el cargado palimpsesto de la modernidad.
La apertura al otro y a lo otro: por un lado se aprendió a mirar con nuevos ojos las ‘artes primitivas’, africanas o de Oceanía, preparando el camino para que se enfoque la atención en lo que hoy se llama art brut, raw art, arte informal, producido en asilos, mientras simultáneamente se aprendió a aceptar y oír lejanas voces pero también a lo otro dentro de uno mismo: la atención al inconsciente, a los azares, las coincidencias, sincronizaciones como vestigios de un lenguaje mayor en ejercicio y al que había que saber captar de la mano del sueño, la fantasía, el delirio en acción. Se sabía de Freud, de Fourier, de Hegel.
Una muy famosa frase de Lautréamont servía casi de pórtico:
“El encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser y de un paraguas.” La poesía del azar era invocada y erigida, adorada bajo el nombre del Encuentro.
En Los vasos comunicantes el autor, André Breton, se fija al caminar por la ciudad en una joven que encuentra en una calle y la visión de sus ojos “me hizo pensar inmediatamente en la caída, sobre un agua tranquila, de una gota de agua imperceptiblemente teñida de cielo, pero de un cielo de tempestad”, dice citando secretamente a Baudelaire, otro de los maestros mayores del surrealismo.
En Nadja, el gran libro de Breton del 64, es a otra joven, cercana a la locura a la que había encontrado y a la que atribuyó las siguientes palabras:
“Nunca podrá usted ver esa estrella como la veo yo. Usted no comprende: es como el corazón de una estrella sin corazón”.
Del ‘encuentro’ dice Octavio Paz, hablando de Breton, que se trata de una “fatalidad elegida”. Y hablando de lo mismo, Blanchot precisa que “el encuentro nos encuentra” y es aquello “que viene sin venida, lo que llega de cara, pero siempre de sorpresa, lo que exige la espera y que la espera espere, pero no espera. Siempre, aunque sea en lo más íntimo de la interioridad, es la irrupción del afuera, la exterioridad que trastorna todo”.
En solo esa palabra, encuentro, ya se cifra y se respira todo el aire que respiró el surrealismo, tras la estela del gran romanticismo alemán, con Novalis a la cabeza, pero esta vez con un sello más duro y propio de la época, invocando los extremos cuando aún latían las heridas de la Primera guerra mundial. De ahí, también, el apotegma: “La belleza será convulsa o no será”.
Hay otro nombre al que el surrealismo le debe muchísimo y que Julien Gracq, en el hermoso libro que le dedicó a Breton en 1948, no deja de subrayar: el de Rimbaud. Su importancia se debió, apunta Gracq, a que con Rimbaud y como nunca antes “se operó, en relación con la ‘significación’ de la poesía una inversión completa de perspectiva”. Con Rimbaud llegó, en efecto, “la anunciación de la buena nueva que el reino de la poesía está ante nosotros, delante nuestro, si sabemos conquistarlo”.
Y, más aún, también la apuesta de vida del surrealismo descendería de Rimbaud, “el primero en concebir la poesía como un llamado a una manera de vivir –una introducción a un vivir-mejor”.
Vale la pena mencionar, finalmente, las magníficas páginas que Gracq le dedica al estilo de Breton, a cómo, en su caso, la “curva de una frase” es sometida a diversos planos e impulsos. Alguna vez, hace mil años, me metí a traducir algunas páginas de Breton y hasta ahora recuerdo cuánto padecí para hacerlo.
En todo caso, vaya esta hermosa descripción de Gracq sobre la frase de Breton:
“Esta frase, amplia, larga, sinuosa, fértil en incidentes, en rebotes y en ecos interiores, hecha para sostener, a través de sus meandros, la atención en suspenso e incertidumbre hasta su resolución final, de la que casi nunca está ausente un elemento de sorpresa”.
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El surrealismo tuvo muy importantes puntas de lanzas con Octavio Paz en México, con Aldo Pellegrini en la Argentina, con César Moro en Perú y su desembarco en las letras hispanoamericanas fue profundo.
La “Antología de la poesía surrealista” de Pelligrini, en una memorable edición de 1962 de la Editorial Fabril, fue un libro de amplia circulación y sumamente venerado.
En el caso de Bolivia, ahí tenemos a Edmundo Camargo, uno sus poetas más grandes y que sería inimaginable de no haberse dado y conocido esa gran explosión cultural y poética que fue el surrealismo.
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