
Edwin Guzmán Ortiz
“Sus nombres son tan hermosos como su aspecto”, escribe el poeta Diego Valverde Villena, al citar el nombre de la granada en diversas lenguas, en el epilogo de su reciente poemario Una granada entreabierta (Plural Editores, 2023). Y es, precisamente, este fruto del paraíso que destella –cual alegoría– esa maravillosa población de granos bermejos que aluden a un mundo numeroso, tocado por el aura prodigiosa del asombro y la poesía.
La poesía reunida por el autor, corresponde a una selección de sus poemarios: El difícil ejercicio del olvido (1997), Chicago, West Barry 628 (2000), No olvides mi rostro (2001), Infierno del enamorado (2002), Shir Hashirim (2006), El espejo que lleva mi nombre escrito (2006), Un segundo de vacilación (2011), Panteras (2015), además, algunos poemas inéditos.
La obra cruza, en su magnitud, coordenadas de tiempo y espacio erigiendo un orbe pleno de referencias literarias, mitológicas, religiosas, históricas y culturales cuya resonancia configuran una visión de mundo plena de sentidos.
Una granada entreabierta se halla dividida por secciones, que llevan citas epigráficas de poetas, blasonadores y trovadores, medievales y modernos. Éstas, prefiguran el pórtico desde el cual se despliegan poemas cuyos tiempos y temáticas “se entremezclan, entreveran y entrelazan”, no sin cierta afinidad, y no precisamente bajo un orden cronológico.
Si hay un rasgo particular en el poemario, es la pluralidad lingüística de su contenido. Epígrafes, títulos de los poemas, referencias temáticas, se hallan expresadas en lenguas diversas, de múltiple procedencia epocal. Desde la multiglosia nominal del fruto “granada” en la presentación de Valverde Villena, hasta el alemán medieval del poeta Henrich von Morungen; desde el latín que inscribe Isabel I de Castilla en un blasón devocional, al inglés shakesperiano de “O mistres mine”; desde el francés cortesano de los poetas blasonadores de los cuerpos femeninos del s. XVI al discurso de la poesía amorosa caballeresca, del trovador valenciano, Jordi de Sant Jordi.
Por su parte, no pocos poemas aluden a personajes históricos, literarios o sitios culturales reflejando atmósferas, experiencias, tiempos y obras, caros a la dilección del autor. La Madonna della Melegrana de Boticelli, el Golem, Isabel Arundell, Naglfar, Verónica, Emile Flöge, Sundowner o Malgalsutra: corazones pletóricos de una granada que brota desde sus granos siderales. Tópicos incorporados para plasmar la visión y sentidos del poema, tópicos que no dejan de abrir una reflexión sobre el mundo y la propia experiencia del poeta. Es más, poemas que cristalizan en metáforas o alegorías, revelando una dimensión épica, amorosa, existencial o religiosa.
Esta múltiple referencialidad configura un haz de sentidos, mediante diferentes modos de entender y expresar el lenguaje. Como en la poesía de Eliot o incluso, Pound, las lenguas no solo dan pábulo a un mundo abierto y diverso sino traducen una “weltanschauung” capaz de integrar sensibilidades y estéticas en la perspectiva de trascender las formas liminales de lo cerrado. En el poema “Golem”, inscribe: “Intento salir de una torre/que no tiene puertas…Escribe el nombre en mi frente/ con tu dedo / Sé mi puerta/ mi palabra”.
Valverde Villena, concibe la obra a través de una sutil trama de tiempos y espacios, con notoria influencia cultural del medioevo. Es más, despliega un viaje poético por una realidad inefable y sus estribaciones: el cuerpo, el deseo y las encarnaciones de esa otredad concebida por las culturas, las encarnaciones de la memoria, lo sagrado, dentro ese orbe fugitivo de la historia.
Una vena intensa como extensa de su poesía, constituye la presencia de la mujer y su correlato sustancial, lo amoroso. Poemas que llevan acaso el hálito de la lírica provenzal del amor cortés –fin’amors–, traducidos en una ascética y una estética propias.
De una parte, el eterno femenino, dueño de una totalidad reverente, al modo de Gonzalo Rojas que escribe: “Me muero en esto oh Dios, en esta guerra/ de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar/ trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,/ a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso”. Y precisamente, el autor en el poema “Qué se fizieron” abre ese deseo inmemorial por ella que no deja de ser ellas, y al evocarlas en diferentes lugares de la vieja Europa, dice de todas ellas: “Ahí están, en mi corazón/ quemándome desde dentro con un fulgor desconocido/ –derritiéndome sin derretirse/ abrazándome con el hielo/ de lo sido/ las nieves de antaño”. No menos explícito es el poema “A House of Pomegranates” que expresa: “El templo una granada que se abre/ y en cada grano tu rostro”.
El espectro tonal de lo amoroso acusa diferentes registros, ya sagrados ya épicos, en “Iconos I” dice: “Escribo mi plegaria en el espejo/ Tu mirada me responde/ Pedid y se os dará / Tus ojos son la escritura de Dios”. Por su parte, desde el reino de Eros, en “Aggiornamentos”, escribe: “Con mecánica saña/ sigue disparando, insensible/ a mi enmudecido grito,/ a mi cuerpo alfileteado de venablos,/ a que ya ni puedo moverme, clavado en el suelo”. Cabe recordar que en la tradición poética como filosófica, el amor es un retorno a la muerte, y Eros una divinidad que comunica la oscuridad con la luz, el cuerpo con el espíritu, el sexo con el imaginario, el aquí con el allá.
Búsquedas, desencuentros, extravíos; el misterio y la consumación deseante en el cuerpo amado habitan los poemas. Entre la excursión y la incursión, el testimonio y la comunión, discurre la tensión del deseo. Los sentidos son y no son de este mundo, su poesía traza un puente entre el ver, sentir y creer, en un tiempo que es todos los tiempos.
En “Liturgia” escribe: “¿A quién miraré si no?/ Mi altar tu cuerpo, tú mi sacerdote/ A quién miraré si no?/ No hay palabra de Dios que no venga de tus labios/ ¿A quién miraré si no?”. En Diego Valverde Villena, el ver, el mirar –como en el amor cortés– es una forma de posesión, el poeta cita a Celan que dice “Ich bin du, wennich ich bin” (Soy tú cuando yo soy yo) y reitera en otros poemas, como “Espadas”: “Cruzamos miradas y yo fui el herido”. Una vez más, en el poeta la mirada es puente, encuentro; dice en la última línea del poemario “Pero/ si los enamorados se encuentran/ ganan”, de este modo resuena la cita que cita Valverde Villena del poeta español, Juan de Encina: “Miréla y miróme”.
Por lo visto, lo amoroso no deja de comulgar en el altar de lo sagrado; un discurso bíblico o peribíblico discurre y ronda los poemas, cuerpo y alma se funden en la pasión amorosa. Sus desencuentros y deliquios tienen un carácter místico y ritual: En “Iconos II” escribe: “Pie desnudo para el santa sanctorum/ Mirada desnuda para el corazón desnudo/ Entro desnudo en tu altar desnudo”; en el poema “Polacas rezando”: …”en genuflexión doble/ el cuerpo y la sangre/ arrodillados/ Sus ojos lenguas de fuego/ Entregadas el misterio su cuerpo se vuelve hostia”; en “Paul Claudel en la rue Saint- Maur” expresa: “Metro Goncourt/ Una princesa negra/ Dios existe”.
Viaje y búsqueda incesantes forman parte, a su vez, de la materia poética – diríase, la errancia. Su palabra atraviesa geografías disímiles, espacios en que el mito coexiste con la historia, el imaginario con ciudades, catedrales, propileos, barrios, en fin: Wroclaw, Dinamarca, las torres de Lübeck, el Báltico, el golfo de Botnia. Periplos que se multiplican a través de mitologías nórdicas, griegas y orientales. El ojo de certeros poemas, aluden las uñas de Naldjar, el deicida muérdago de Balder, la faz de Basileus.
Viaje además por lienzos, páginas y literaturas donde lo real se confunde con la ficción, y así adviene la escritura de Isabel Arundell, los avatares de “Tess de los D’urberville” de Hardy, El Cantar de los Cantares. Es el poeta que habita lo imaginario como real, y que desdobla lo real en espejos con apetencia de trascender nuestra finitud.
La poesía de Valverde Villena cala además en su propia condición de creador en permanente búsqueda, frente a sí mismo y frente al mundo. Es paradigmático el poema “Como un libro” al inicio de la obra, donde comparándose con un libro abandonado y soslayado de una biblioteca, busca su lugar en medio de los otros, señalando: “hasta que alguien me encuentre”. En “Cambio de piel”, revela esa pulsión de no mudar de piel como las serpientes hacia afuera sino, despellejándose, para terminar hundiendo sus pìeles: “Adentro/ Muy adentro”.
En sus páginas germinan poemas tocados por la potencia de su palabra creativa. En “Canción de un maestro de Origami – recordándonos el huidobriano “No cantéis a la rosa oh poetas, hacedla florecer en el poema”- logra construir papelográficamente una bella flor encendida por la sangre del poeta, quien exclama mágicamente en el verso final: “Ecce Rosa”. No es menos sugerente “Yolanda Carmen” en que, desgajando un verso de Lope de Vega, trama la elaboración de un poema, por encargo también de Violante, y, después de cavilar su enamorada factura, consuma su escritura diciendo: “Solo mira si estoy dentro, y está hecho”.
Una granada entreabierta es un fruto que es un poemario que es un fruto. Las reiteradas revelaciones de Diego Valverde Villena proceden de un mundo poblado de granos exuberantes, de símbolos, palabras y nombres que revelan la maravilla de ser en lo impredecible, de acordes que se entrevén y fluyen. En fin, una poesía culta que exige una lectura vehemente y trascendente: la lectura de una granada entreabierta.
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