Texto socializado en una lectura performática en la presentación de la Antología del cuento boliviano.

Escenas de las performance.
César Antezana /Flavia Lima – Edgar Soliz Guzmán
Queremos dejar de reforzar el gueto al que nos ha acostumbrado este gran mercado cultural capitalista, que compartimenta, segrega y vende todo lo que puede y tiene a mano en aparatosas bolsitas individuales. Es el tiempo de la fragmentación, ya lo han anunciado antes los profetas de la posmodernidad y lo peor del caso es que no pretendemos reconstruirnos como comunidad. Esta antología tiene muy presente este debate.
Así mismo, pretendemos interpelar de alguna manera a la academia de nuestro país, a la de nuestra región y obligarlas a mirar un poco más allá de sí mismas y de sus lugares comunes.
Por supuesto, es nuestra intención visibilizar la presencia de estas subjetividades en la literatura, un espacio altamente conflictivo en nuestro territorio, en el que la oralidad se superpone en un complejo palimpsesto metafísico, sobre/debajo/en la escritura.
En esta linea, una marxista feminista (no hay mejor combinación que esta) aseveraba a fines de los ochenta que todas las “miradas” sobre la “realidad” son subjetivas, incluso las que se pretenden objetivas (porque detrás de cada mirada siempre habría “alguien” que mira). La objetividad es una gran aspiración, pero cuando esta se mezcla con la hegemonía del hombre blanco heterosexual, capitalista chusu, como el gringo bandolero, definitivamente puede ser un serio/gran problema, porque es esa mirada particular la que se asocia a la objetividad y se constituye en el “universal” desde donde todas y todos miramos la “realidad”.
Para superar esa primera imposibilidad, la objetividad (esa apuesta por el equilibrio, la imparcialidad, etc.) podría alcanzarse de alguna manera a partir de la conjunción de las subjetividades. Y aún más allá: las miradas de las clases subalternas, explotadas, marginalizadas, etc. serían las más enriquecedoras, pues le prestarían una perspectiva diferente a cualquier asunto.
La mirada desde varios lugares; la explosión de las subjetividades en un oncierto de construcción colectiva de la objetividad.
Me parece que el asunto tiene mucho que ver con lo que la otra Teología de la liberación pretende desde fines de los sesenta: ver el mundo desde la perspectiva de las y los pobres, desde sus cuerpos y desde sus necesidades materiales. Desde allí nombramos el mundo entero.
“El deseo emerge bajo una forma múltiple, cuyos componentes solo son separables a posteriori, en función de las manipulaciones a las que le sometemos. El deseo homosexual, al igual que el deseo heterosexual, es un recorte arbitrario en un flujo ininterrumpido y polívoco”.
Atendiendo a esa multiplicidad de formas del deseo, nos situamos en las ciudades plagadas de homoerotismo, esas que Juan Pablo Sutherland llama cuartos oscuros, darkrooms de la cultura homosexual, donde circula el deseo determinando una cartografía erótica que transforma permanentemente el territorio.
Como el tabú por la muerte, el deseo homosexual despliega una serie de preguntas para entender su naturaleza, desde el disciplinamiento sobre uno mismo, consecuencia de la colonialidad del deseo, la reterritorialización del espacio público como consecuencia de esos cuerpos deseantes que callejean la ciudad, el exceso de esos cuerpos que desplazan el deseo a los objetos y viceversa, hasta los deseos que perviven en la muerte, como gesto de resignificación de esos hilos entre la vida y la muerte. El deseo se muestra como una fantástica máquina de producción que se burla de los nombres y de los sexos, quizá también se burla de la muerte.
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