
Vilma Tapia Anaya
Desaparecida casa, el libro de José María Feliu, llegó a mí como un mundo: tiempo e historia(s). Me aproximé a una casa que, desbordándose, enseguida se asienta en cada uno de los poemas. Una casa no será ya la casa, sin embargo, en su lugar, se ha levantado un mundo que con sutileza se devela en la luz de esta escritura.
El primer poema del libro es una imagen, rutilante, reveladora, transcribo los primeros versos: “Paralelas esperan en el pasillo / las alpargatas blancas de esparto”… Las alpargatas blancas de esparto, imaginémoslas, colocadas con cuidado, una al lado de la otra, definen una estética que poco a poco aparecerá plena en la continuidad que los poemas tejen. Las alpargatas blancas de esparto son la primera imagen de las cosas que las páginas de este libro nos acercan, haciéndolas visibles para nosotros. Esa visibilidad y esa cercanía nos conducen a pensar las alpargatas blancas de esparto en el sentido heideggeriano: unas cosas, simples, que “descansan en sí”, acompañan, puntuales, los trabajos en el jardín, su cuidado. Cosas que, al hacerse presentes, definen en alguna medida el entorno y el modo de estar en el mundo de quien, describiéndolas, les procuró materia, color y lugar. Ese mismo primer poema de Desaparecida casa continúa: “agazapados / acechan errátiles los pasos del día”:
El primer paso se hunde en el musgo, en la verde humedad del musgo… al fondo del jardín. El jardín define y contiene, en buena medida, la casa. Desparecida casa es la casa natalicia del autor. El jardín es lugar de la experiencia, es decir, el lugar de las vivencias que se han incorporado al lenguaje propio. Es el espacio donde se instauró la dimensión dialógica y significativa de esta poética y el jardín es, a la vez, el lugar donde las palabras continúan apareciendo. El jardín de Can Bordoy suscita palabras, palabras brotan de su materia, de su limo, de sus pétalos, y hay otras palabras que precipitándose riegan el mundo que se configuró en su interior, cito: “Hay palabras / que como una gota de agua / al caer / abrazan el silencio”. Desde una concentrada soledad, meditativa, el poeta escucha las voces de las horas que transcurren en el jardín, entonces el silencio se puebla: “Murmullo del surtidor, / moscardón volando, / suave brisa… “.
Es evidente que en la Casa Feliu los sentidos se criaron agudos. Visitamos junto a José María, gracias a las señas anotadas en el mismo libro, la belleza de las líneas arquitectónicas de la casa, las habitaciones, las escaleras, las magníficas puertas altas de madera, los encantos del jardín que acunó al poeta.
Los poemas aparecidos en ese mundo y en la rememoración de ese mundo, ya intangible, quedado en la memoria, repiten la contemplación, la escucha, el asombro: un diminuto jazmín amarillo florecido fuera de estación, el silencio que envuelve el brillo de una luciérnaga, “el olor a mar, a azahar, a azaharillo”, en fin, el tiempo en toda su plenitud poética. “El mundo es un jardín”, escribe José María Feliu en una de las páginas de este libro. Verso que leo sin poder detener los ecos que resuenan en mí: las reflexiones de Heidegger y, de lecturas más recientes, las de Byung-Chul Han. José María, en una simple línea, ha reunido conceptos que dan luz a una comprensión fundamental. Desde su experiencia, se explica la condición y las posibilidades del ser humano. El mundo, sustrato, espacio que circunda, contención y tiempo, puede ser vivenciado, representado y atendido en un jardín. “El jardín es la tierra”, dice Byung-Chul Han, un jardín es la tierra toda.
En Desaparecida casa el jardín es una tierra de plumas encendidas, de cauces de río y cielo que trazan el espacio, es una tierra de memoria, de silencio y de lenguaje, de resonancias y reminiscencias, de la afirmación de una mitología íntima: “… tus alas / te devuelven del país de las anjanas, / pequeño petirrojo “ y también es sustrato de una estética: un pájaro aletea, se desplaza, pinta de azul un cuadro y suenan apenas, breves, dubitativos, los varios significantes del símbolo en el poema.
“Una de aquellas noches” rememora un instante ocurrido en el jardín de la casa. Un momento de la infancia en el que las sombras crecían, adquirían un halo especial. Se habían convertido en “río detenido donde escudriñar en el agua / detalles que se nos escapan”. Entonces, en un leve giro proustiano, el poema cambia el ritmo de su respiración, se aquieta. El temor que está sintiendo el niño es interrumpido por un olor familiar, una tortilla francesa cocinándose sobre el fuego, experiencia de los sentidos que acalla la voz de las sombras y, sin embargo, no da cuenta de nostalgia alguna. Pues un poema anterior declaraba: “Mi matria es el canto del mirlo, / territorio que abarca el olor a verde / de los estrechos vericuetos por donde salta. / Mi cuna, la arquitectura de sus alturas / entre pináculos cipreses / y secas venas de jacaranda.” Este poema que he citado en toda su extensión es un himno, aun en su brevedad podemos vislumbrar en él la manera elegida, cultivada, entonces: reelegida, ratificada, de estar en el mundo de José María Feliu.
Necesito mencionar algo más que Byung-Chul Han escribió mientras cuidaba un jardín: “No tengo hijos, pero con el jardín voy aprendiendo lentamente qué significa brindar asistencia […] El jardín se ha convertido en un lugar del amor”. Pienso en las correspondencias meridianas que se dan entre quienes han pensando mientras cuidaban un jardín. En otra de las señas marcadas por José María Feliu en el libro que nos entrega esta noche, leemos en la dedicación: “A mi esposa Dani y a mi hijo Amaru Amanqay.” La Casa Bordoy, ese espacio, sus secretos, “el silencio del zaguán” mutaron en las aguas del tiempo. Esas mismas aguas, siempre vivas, profundas, misteriosas, traían el cumplimiento de una promesa primordial, una promesa que llamaba desde más allá de los muros, desde más allá del jardín.
Tupuraya, junio, 2024
PÁGINA 4 (EN UN RECUADRO)
4 poemas de José María Feliu
Poema de otoño
Brotes de otoño nacen
de las más altas ramas del sosiego.
El jardín ya está tranquilo.
Extemporánea una flor
recita su hermosura
en la inmensa mata verde
de jazmín amarillo.
Luciérnaga
Su brillo aquieta el aire y suspende el tiempo.
¿Por qué ama tanto la luz de la luciérnaga
el silencio?
¿O es el silencio quien luce en el rincón
y suspende el tiempo?
Esperan
Paralelas esperan en el pasillo
las alpargatas blancas de esparto,
agazapados
acechan errátiles los pasos del día.
Si no hubiera un jardín
A Shoan, hijo de Sen no Rikyū
El libro del té
Si no hubiera un jardín
que alza mi voz callada,
¿compondría algún verso?
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