Cénit de fuego, de Ariel Pérez

Una lectura de su más reciente libro publicado por la editorial 3600

Christian J. Kanahuaty

Todo libro de poesía es un desdoblamiento del Ser para abordar o los límites de la razón o las limitaciones del tiempo. Se indaga en la memoria, en el recuerdo, el sinsentido y el horror para dar cuenta de la experiencia humana. Y entre ellas, el amor, el más allá y la relación con nuestro propio cuerpo tienen un lugar trascendental. 

El poema Cénit de fuego bien podría leerse como un tránsito con tres estaciones. La primera de ellas, es un acercamiento a la persona amada a través de la visión del velo de la muerte. No es necesariamente una ausencia. Al contrario, la presencia se subraya con la existencia de una vida que indaga el tiempo del que dispone el Ser para estar en la tierra. Así, tras este reconocimiento, el poeta, avanza y establece un diálogo con su propio cuerpo, con el cuerpo que alguna vez tuvo y que, en un momento dado, sufrirá su última transformación.

El poema que aparece como bisagra -segunda estación poética- de toda transformación es este: “He vuelto a nacer una y mil veces/ pues la muerte última no me acompaña/ He copulado bajo el sol y bajo la luna/ sobre la nieve/ y la ceniza ardiente/ He visto la luz/ la sangre y los cuchillos/ el cuerpo sin nombre/ el colmillo de nácar/ Tengo las manos sucias y la conciencia limpia/ la boca amarga/ el pecho henchido/ Soy el reflejo de tus manos/ el sueño de otro sueño/ aquí/ en este no lugar/ en el que el tiempo/ comienza a pesar sobre mis hombros”. Quiere el poeta en este poema hacer resumen de su existencia: el pasado, presente y futuro expresan la exposición de una vida a la intemperie. De ese modo, aparece el fuego como símbolo de una sabiduría inmortal, como reflejo de la pasión y finalmente como ansia por existir. Pero el fuego también consume los elementos y purifica el cuerpo, los recuerdos, alimentos y pasiones. Esta es su razón de ser. La purificación.

Y es por ello que la tercera parte de este gran canto establece una última relación. Habla directamente a la muerte como si ella ya viviera en el interior del ser humano que escribe los poemas que leemos. Al mismo tiempo, en un afán final por desdoblar la experiencia, crea el eco de una voz que se interroga por la serenidad del final. Invoca a su manera la certeza de la iluminación con la que puede acercarse al umbral del adiós terrenal. Es un tránsito tanto sagrado como mundano, pero cubierto con las palabras de la poesía, que invocan silencio y profecía.

Cénit de fuego es la reconciliación pacífica para reconocer que morir no es sólo otro estado de la naturaleza, una nueva vida. La vida nueva. Y por ello, la muerte es mensajera y guía. Porque sí, aquí la muerte no se presenta como fenómeno, sino, como aquella figura que desde los místicos fue creada para representar una sabiduría que de tan oscura termina por ser luminosa. Es una representante del más allá que sabe de su origen y del fin de todas las cosas. Hablar con ella es conversar con un tiempo condensado por el propio despojo y disolución de la carne. 

Entonces, el lector encontrará en este libro una posibilidad para estar en paz frente a lo inevitable reconociendo certezas incluso en los momentos más sombríos. Conocerse es, entonces, un darse a la muerte.

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