Texto leído por su autor en el homenaje póstumo a Jaime Nistthauz realizado en la Feria Internacional del Libro de La Paz, el día 11 del presente mes.

¡Qué mayor papel que la tierra! — qué caracteres que el día — qué tinta que la noche — Todos imprimen, todos leen; nadie comprende.
Xavier Forneret (1810-1885)
Manuel Vargas Severiche
Alrededores del Cuartel, en el barrio de San Jorge. Caminaba con mi cuate Nisttahuz, él con su botellita y yo comiendo algo parecido a una naranja, pero sin jugo, y cuyas cáscaras dejé sobre una pared. Nisttahuz arrancaba de raíz unos claveles parecidos a geranios.
—¿Qué haces?
—Quiero plantarlos en un mejor lugar.
A mí no me pareció bien y me dije: qué sabe este hombre de plantas. Pero al ver los gajos, bien echaditos sobre el suelo, me pareció todo bien. Él bebía y yo comía. Me sentía temeroso debido a las basuras que iba dejando, un poco disimuladas, ya que los milicos del Cuartel podrían notar mis rastros inconfundibles.
Oscar “Cacho” Soria, quien en su tiempo fue guionista de cine y cuentista, ahora era un militar con grado, que hacía ejercicios y mandaba a muchos soldados. Lo vimos ahí en la calle, cerca del Cuartel. Terminó su trabajo, yo me acerqué a abrazarlo con mucho cariño, igual Nisttahuz. Nos apartamos por un recodo para conversar.
¡Claro que los tiempos habían cambiado!, para que un amigo escritor tenga tanto poder. Estaba además en el gobierno, como uno de los capos. Para completar la figura, de la nada aparecieron Juan del Granado y Georgette Camacho —con cierta mala fama de intelectuales o políticos, pero igualmente amigos.
—Estimado Cacho —le saludaron, y de entrada le dijeron—: ¿vas a castigar a esos milicos fachos y alevestrados?
Se trataba de “una cuenta pendiente con la historia”, como nos dijo Del Granado. Era que, en el anterior gobierno, atenidos a su impunidad, los “milicos fachos” habían hecho una fechoría. Cacho Soria no les respondió rápido, como todo político que se respeta. Luego habló claro y sin miedo, una frase impropia de un cuentista. Era algo así como “justos pagan por pecadores”, o “el que la hace la paga” o todavía más obvio.
Y lo más pelotudo del caso era que a mí me parecieron unas frases brillantes, pues la pareja de preguntones quedó en las mismas, y ya no quisieron insistir con su pedido. Muy diplomáticamente se despidieron, volviéndose por donde habían llegado.
Nisttahuz abrió un libro negro que extrajo de sus sobacos: la Biblia, de Reyna Valera:
—Pero entonces —leyó—, ¿lo que es bueno se convirtió en muerte para mí? ¡De ninguna manera! Más bien fue el pecado lo que, valiéndose de lo bueno, me produjo la muerte.
Cerró el libro con un golpe tal que me dolió el pecho, e ignorándome, se fue por la calle en busca de otra botella para seguir bebiendo.
Cacho Soria también había desaparecido, quedando yo solo en la puerta del Cuartel. Los guardias del recinto eran de piedra. Me asusté: yo ya no estaba en San Jorge, sino en la Plaza de los Monolitos del estadio. Me quedé un rato, como acostumbrándome al cambio. Pero… seguí viendo mis basuritas entre las fallebas de las ventanas, secas como cacas de perro.
Nota: Entresaqué, de un texto bastante largo, estas referencias a Jaime Nisttahuz, para recordarlo en un homenaje que se le hizo en la última Feria del Libro de La Paz. No esperemos sentido ni lógica a lo que se dice. Quedémonos con el ambiente ilógico y absurdo. Si quien lo leyera busca verdades y razones, no las encontrará. Es nada más que un sueño.
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