Esther Ramón (Madrid, 1970). Poeta y doctora en literatura comparada. Ha publicado los poemarios: Tundra (2002), Reses (2008), Grisú (2009), Sales (en colaboración con el fotógrafo Mark Bentley, 2011), Caza con hurones (2013), desfrío (2014), Morada (2015), en flecha (2017), Sellada (2019), Semilla (2022) y El cuerpo de los colores (2023).
Blanco origen
Había una llanura y nos subimos a la grupa horizontal, todos
a un tiempo. Así fue la ausencia de color en el inicio: lisa y
dividida, ese es el río de lana que por las noches te acaricia (te
hablo y arranco espinas de un pañuelo, de un pedazo de pan
que se desangra). Asumo el espacio y lo espolvoreo con harina,
para dar relieve a las piedras. Cuanto más las vemos, más nos
crecen, son ahora enormes montañas cubiertas de nieve,
continentes, todos los espectros de luz de lo visible. El mapa se
hace veloz, tiras de mar atadas a un caballo, prenden el agua y la
sal entre los riscos, se mexclan y separan, en meandros
superpuestos de dolor y claridad. No alcanza la voz completa,
los labios están cubiertos por una tela animal, recién cortada.
No he salido nunca de la luz primera, esa que en el umbral de
la materia nos deslumbra.
Blanco retracción
No juzgo tu peso ni lo que mueve el escalón, aunque esta
costra cubre las huellas de lo remoto en ti que me hace lábil, y
enreda los hilos de asentar en ambos lo que escampa. Secaderos
del mirar, nada retienen, excusado transcurrir de quien navega,
corteza desprendida y en el río, que se niega a ser barca e
insiste en mantenerse inmóvil, sosteniendo qué columna, qué
viga maestra de lo real domesticado. En el plato compartido se
posó la escarcha, porque amanecía detrás del bosque, la madera
se abría en gajos, y no nos decidimos a recuperar las semillas, a
injertar el dedo, ya casi congelado, en las raíces. Y por qué era
verde, dime, el invierno en ese atolón, por qué además de todo
supiste que la madeja estaba tan abierta en sus nudos y no cabía
en la cesta del desdén quedarse quieto ni tampoco mojarse los
pies en otro estanque. Migraba la rabia y no podía leerla, ni
derramar las bases de las construcciones posiblrs, y por eso
miraba tan fijamente, para darme cuenta de que allí no se podía
vivir, ni siquiera en las noches en que el ruido aminora y los
botones se sujetan con un hilo incandescente.
Blanco frío
El habla se congela en el río blanco, las sílabas soportan allí un
volumen de experiencia terminal, definitiva. Quizá esto sea
internarse, comer las bases: si no hay narración, tampoco hay
tiempo, y sin embargo la piel de las manos no es tan tersa y las
cuerdas que sostengo aparecen desnudas a la luz. Lavar las
posibilidades del color supone tal vez ampliarlas, aunque el
borrado y la apertura están muy cerca. Sólo se vuelve peligroso
el resquicio, el hueco azul o sumidero por el que trajimos
nuestras mantas a la orilla y unos cuantos palos y huevos de
oca, para calentarnos. Acarreamos un lenguaje con peso, nudos
potenciales, piedras de expresión que no se arrojan. Tampoco
existe fluidez en el silencio: nada se diluye en este líquido de
enjambre, las paredes se apuntalan, todo se eriza. Con la
urgencia de atravesar la nieve, los brazos se hunden una y otra
vez en la garganta. Entrego los panes, a medio hacer, pero no
los peces.
Blanco revelado
Sé que este papel hay que sumergirlo y que si no lo hago nada
manará de lo visible. Que no se puede demorar más ese gesto,
ni esconder el impulso en el cajón, como un cuchillo sin
dientes, y salir sin más de casa. Me he vuelto a enredar en la
seda voraz de los contrarios. No quiero en realidad abrir la
tapa, ni revelar la imagen única que es todavía el interior de un
ojo saturado. Prefiero concentrarme en la tensión superficial de
los líquidos, en la temperatura exacta de esta sala. Un tiempo
contengo la espera entre las manos. Imagino un bosque boreal,
sus cedros como pensamientos erguidos, demasiado quietos, y
una llama débil que poco a poco despierta.
Blanco dual
Anverso. Un bosque de redes, o la visión fugaz de unas pocas
espigas combadas por el viento: nos encogemos otra vez en lo
que observa.
Reverso. El encuentro fue tan nítido que tardé en comprobar su
inexistencia. Sólo queda comunicarse como lo hacen dos
vasijas vacías. Sin ojos, frente a frente y de costado, para que el
aire entre y salga como un insecto que pasa de una a otra,
buscando.
Blanco variación
Es un inicio impreciso. El vuelo de una mariposa que aún no
ha decidido su color. Hay que mirar a través de ventanas
intermedias. Existen ya, pero no se abren ni se cierran y aún
corre la sangre por las venas del cristal. Gota a gota se va
posando, como un río que guardó sus peces en los arcones y
sólo ahora los recuerda. Hay que acostumbrarse a lo que falta y
permanecer dentro del cuerpo con todos los hilos enredados,
confrontar las olas y venenos del pigmento, sin fijarlo. Ya no
sirve el blanco venenoso, de explosiones programadas,
rectilíneas. Duelen las regiones ausentes, contornos muy
precisos y vacíos que no puedo repoblar. El tacto de momento
en la madera que imaginas, aunque lo que amamos se revela,
incluso en este lugar de la carencia, en lo que aprende a
arrancarse las plumas y se prepara. Creer es entrar en la torsión
de algo que está girando.
La primera parte de El cuerpo de los colores son “30 tonos de blanco” un compacto y poderoso grupo de poemas que abren un vasto campo a la lectura del libro y lo hacen desde la incisión (treinta veces ejecutada) para que nos asomemos a un mundo intenso de perplejidades en vaivén de filones de afilado perfil.
Pensar el blanco profundamente. Un llevarnos a medida (o en la medida de) con el gesto del escanciar sutil, mostrando matices por regiones viejas y nuevas. En las primeras suscita recuerdos y olvidos, en las segundas, nos hace partícipes de hallazgos, del atisbar vislumbres, y también, cada tanto, hace que nos detengamos ante la rotundidad de una imagen, de una afirmación, para meditar, para comprender, comulgar o disentir en un recorrido plagado de recodos de revelación. El cuerpo de los colores, es uno de los conjuntos de poemas más sugestivos que he leído en largo tiempo.
Un guiño anecdótico: Esther Ramón paseó por las calles de Oruro en 2011, como una de las poetas invitadas al Festival Internacional de Poesía, junto a Vilma Tapia y Marcia Mogro ¡Qué trío!
B. Ch.
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