Víctor Hugo Sepúlveda, músico de profesión y pasión, además de inconfundible protagonista de la vida cultural orureña (que suele firmar como Victoruro,) nos envía esta crónica melómana de una ocasión singular.
Victoruro Sepúlveda

La ciudad de Seattle, capital del Estado de Washington a orillas del gran lago del mismo nombre, cerca de la frontera con Canadá, ha venido sorprendiendo a la humanidad desde épocas muy remotas. Conocida es la carta que le envió el Jefe Seattle al presidente de los Estados Unidos Franklin Pierce en 1854, donde le contesta de igual a igual, como jefe del hombre de piel roja al jefe del hombre de piel blanca ante el ofrecimiento de comprar sus tierras, para tratar de defender a su pueblo frente al avasallamiento de la civilización y la construcción del ferrocarril que pasaría por el medio de sus territorios. La lucidez y solidez de sus planteamientos con varias predicciones hacia el futuro han tenido repercusión en el pensamiento ecologista mundial hasta el día de hoy. La ciencia y tecnología han desarrollado de manera impactante los sistemas digitales que siguen revolucionando al mundo. Dos amigos y compañeros de estudio en la universidad se juntaban en un garaje de Seattle para hacer pruebas con la informática, Bill Gates y Paul Allen dan impulso a la era digital y la Microsoft se convierte en una gigantesca empresa que en el momento preciso respondió a una necesidad vital para las comunicaciones en todo el mundo y continúa su desarrollo. La empresa Boeing aportó y sigue aportando a la aeronáutica civil con un paso fundamental en el transporte aéreo masivo y su casa matriz se encuentra en Seattle. La empresa multinacional Starbucks dedicada a servir el mejor café con todas sus variedades comenzó como un negocio familiar en esta misma ciudad y se extiende por casi todos los países. La cultura y la música desarrollada en Seattle también han sido una gran fuente de inspiración para las nuevas generaciones de artistas. Principalmente en los géneros del Jazz, el Blues y el Rock con la aparición de grandes figuras como Jimmy Hendrix, considerado el mejor guitarrista del mundo que hasta ahora no ha podido ser superado. La agrupación musical Nirvana con su estilo innovador influyó a varias generaciones de jóvenes en todo el planeta. Los ejemplos son muchos más en todas las disciplinas y se sigue manifestando en Seattle esa misma fuerza creativa y espontánea que ha influido en toda la sociedad contemporánea hasta la actualidad.
Por motivos familiares me encontraba visitando Seattle el año 2003 y mi hermana Marión conociendo el entusiasmo que tengo por el Jazz, me cuenta de la gira que estaba realizando el maestro del saxofón Red Holloway y su paso por la ciudad con una presentación en The Jazz Alley, el Callejón del Jazz, en un evento llamado -Coast to Coast- entre los océanos Atlántico y Pacífico que abarcaba desde la Costa Este a la Costa Oeste de las ciudades más importantes en los Estados Unidos. Su invitación y la reserva con anticipación nos permitieron disfrutar del espectáculo en una mesa al borde del escenario, sin duda un lugar privilegiado. Un público entusiasta iba repletando todos los ambientes y en una mesa vecina a la nuestra, un grupo grande y bullicioso entre blancos y negros compartían brindis con nosotros y la gente alrededor en un clima de alegría y amistad esperando el inicio del concierto. La voz de un presentador y el apagado de las luces de la sala indicaban el momento esperado. Después de una amplia reseña histórica de la trayectoria musical por los caminos del Jazz de Red Holloway y presentar a los músicos que lo acompañarían, los invita a subir al escenario en el medio de una gran ovación del público asistente. Nuestra sorpresa fue grande al comprobar que los vecinos alegres de la mesa contigua era el mismísimo maestro con sus músicos que iban ocupando el lugar frente a sus instrumentos. Era un cuarteto acústico amplificado con gran fidelidad compuesto por un piano de cola, un contrabajo acústico, una batería y el maestro Holloway con dos saxofones en sus atriles, un alto y un tenor que luego de agradecer los aplausos indica que para él es un honor tocar una vez más en Seattle, cuna del arte, con la presencia de tan grandes personalidades de la música sincopada y consideraba un deber invitar a su gran amiga, la anfitriona y dueña de casa a subir al estrado.
Mientras presentaba de manera muy familiar a su antigua amiga la cantante Ernestine Anderson apodada la Esmeralda del Sur de Seattle, se abrían paso entre las mesas una dama afroamericana que parecía anciana vestida con un elegante traje verde ayudada a caminar tomada del brazo por una pareja de jóvenes negros muy hermosos los dos que podrían haber sido sus nietos.
La dejaron de pie frente a un micrófono y se retiraron. Quien parecía ser una viejecita con dificultad de desplazamiento se transformó en una preciosa joven luminosa al tomar el micrófono entre sus manos y sacarlo del pedestal. El cambio fue impresionante y su voz algo sensual sonó con tono grave y seguro mientras caminaba y bailaba graciosamente por todo el escenario demostrando experiencia y un gran dominio escénico. El maestro del saxofón tuvo la deferencia de dejarla escoger los temas que ella quisiera cantar para acompañarla con sus músicos pues demostraban estar muy complacidos de hacerlo. El respetuoso silencio de la sala y los aplausos eufóricos después de cada canción interpretada sugerían un ritual sagrado y emotivo que envolvía a todos los presentes. Era un homenaje en vida a Ernestine Anderson que con una amplia trayectoria artística se había convertido en un ícono del Jazz. Cantó tres temas de su repertorio tradicional con maestría. En medio de una ovación generalizada se retiró apoyada por la misma pareja de jóvenes negros elegantes del principio. Al pasar rumbo a su mesa, vecina a la nuestra, no pude resistir el impulso de abrazarla y darle un beso en la mejilla para felicitarla, emocionado por su brillante presentación a lo cual ella agradeció con una cálida sonrisa. La atención se centró luego en el escenario iluminado con colores tenues y un sonido casi perfecto, donde la música comenzó a sonar muy suavemente con un solo de piano y se fue incorporando después el contrabajo y la batería, creando una atmósfera apropiada para la aparición de Red Holloway quien fue recibido con un caluroso aplauso del público entusiasta. Sacó el saxo tenor del atril y, desde las primeras notas que se fusionaron con los demás instrumentos, fue demostrando su calidad creativa e interpretativa alternando de manera genial con la ejecución del saxo alto algunos temas de su autoría y otros del repertorio tradicional que, en creciente intensidad, provocaban el delirio de quienes asistimos a ese magistral concierto. El repertorio, muy bien elegido, fue un paseo por todas las tendencias del Jazz y el Blues que por momentos parecía una música muy loca con ritmos agitados, improvisaciones y solos instrumentales de gran virtuosismo, para luego caer en armonías suaves y cadenciosas que invitaban a la reflexión. Uno tras otro fueron apareciendo temas como: Still Groovin, Million Dollar Secret, Indian Summer y otros desconocidos que parecían ser inventados en ese mismo momento. En la parte final, en medio de una improvisación con el saxo alto, el maestro Holloway sacó del bolsillo interior de su chaqueta un pequeño instrumento de caña que, al acercarlo al micrófono, sonaba en la misma tonalidad del tema que se estaba interpretando y continuó con la improvisación. Las notas agudas de la madera y un reef repetitivo de la armonía y el ritmo a manera de despedida, indicaban que el concierto estaba llegando a su fin. El público de pie no dejaba de aplaudir. La contagiosa alegría general de haber compartido semejante acontecimiento era evidente. En mi caso particular, provocó tal vez la osadía de tratar de felicitar al maestro en su camarín detrás del escenario. Al golpear la puerta semi abierta me invitó a pasar mientras secaba el sudor de su cara con una toalla blanca. Estaba solo y aceptó alegremente mis saludos con un abrazo de agradecimiento y admiración. Pudimos hablar brevemente algunas cosas. Le conté que yo también tocaba saxo alto y tenor en diferentes géneros musicales y a la vez me sentía fascinado por el Jazz. Me recomendó dedicación y perseverancia entre otros consejos musicales muy valiosos. Me contó que había tocado una vez en Santiago de Chile con su grupo The Capp-Pierce Juggernaut, en un encuentro internacional de Jazz. Finalmente me regaló una grabación en CD de su reciente producción que promocionaba la gira Coast to Coast para que recordara su presentación en Seattle.
En la carátula escribió una dedicatoria con su firma y la fecha. Era el 28 de diciembre del año 2003, día de los Santos Inocentes. Nos despedimos como grandes amigos. Ese encuentro tan cercano y profundo, sin duda incrementó en mí, el amor por el Jazz y el Blues que he seguido cultivando hasta hoy.
Ni Marión ni yo conocíamos a Ernestine Anderson y menos de su importancia como cantante en el desarrollo y la evolución del Jazz, pero quedamos gratamente impresionados de haberla visto y escuchado en vivo. Fue una linda sorpresa.
De Red Holloway sabíamos algo de su trayectoria, principalmente como uno de los máximos exponentes del saxo tenor en este género musical. Había liderado una agrupación que hizo historia por los años 1950 y 1960. The Statesmen of Jazz.

Ernestine Anderson nació un 11 de noviembre de 1928 en Houston, Texas, pero desde muy temprana edad fijó su residencia en Seattle donde inició su carrera como cantante de Jazz y Blues. Grabó más de 30 álbumes en su carrera de más de 6 décadas. Nominada cuatro veces al premio Grammy Awards. Cantó en el Carnegie Hall, The Kennedy Center, The Monterrey Jazz Festival, entre otros importantes festivales de Jazz alrededor del mundo. Poseedora de una voz privilegiada y original que cultivó desde niña, cantando en las ceremonias fúnebres y rituales sagrados de las comunidades afroamericanas que comenzaron a conocerse como los Góspel y Negro-Spirituals.
Falleció el 10 de marzo del 2016 en Shoreline, condado de Washington cercano a Seattle.
Red Holloway nació el 31 de mayo de 1927 en Helena, Arkansas. Al final de la década de 1940 conoce a Frank Wess y, tocando a dúo, integran las Big Bands, las grandes orquestas del Jazz de Gene Wright y Nat Towels, y su fama va en ascenso. Recupera y promueve la popularidad del saxofón que había decaído después del fallecimiento de Charlie Parker en marzo de 1955. Toca con grandes figuras como: James Cotton, Willie Dixon y B.B. King. Entre los años 1973 y 1974 se va de gira por el mundo con el cantante británico de Blues, John Mayal. En 1968 se establece en Los Ángeles, California donde trabaja hasta 1982 como Manager, coordinador de talentos y líder de la banda estable en el popular club Parisian Room, por donde pasaban todas las grandes personalidades del mundo de la música, no solo del Jazz y el Blues sino también del Rock and Roll y otros diversos estilos. Durante la década de 1990, la comunidad jazzística lo apoda The Turbanator por la excelencia y el dramatismo que demostraba al tocar el saxo tenor. Creador de un sonido propio, con su instrumento integró varios grupos importantes como: Les McCann, Harry James, Quincy Jones, Sammy Davies Jr., Joe Cocker, The Four Tops y Charles Brown, a quienes también acompañó en algunas de sus giras nacionales e internacionales. Con su grupo Cool-Aid Chemist promovió nuevos estilos populares como el Jazz-Funk y el Hip Hop. Falleció el 25 de febrero del 2012 en Morro Bay, California.
Hay grandes ciudades que tienen su emblema característico y son reconocidas en todo el mundo. La estatua de la libertad en Nueva York, la torre Eiffel en París y la aguja espacial en Seattle, que es una estructura muy alta y delgada y tiene en la cúspide una construcción redonda semejante a un platillo volador, que a la vez es un mirador con un restaurante desde donde se puede apreciar una hermosa vista de toda la ciudad y sus alrededores. A los pies de esta monumental obra se encuentra un museo interactivo en honor a Jimmy Hendrix y la música rock, donado a la ciudad por Paul Allen, el socio de Bill Gates, que se ha dedicado a gastar su fortuna en obras sociales, viajes y en sus locuras personales. El edificio desde el suelo parece una construcción post modernista con muchos colores en acrílico y metales brillantes, semejantes a una ruina, pero desde el aire se ve claramente una enorme guitarra eléctrica destrozada, que recuerda el final de algunos conciertos de Hendrix con su instrumento hecho añicos. El nombre del museo en aquel entonces era EMP (Experience Music Proyect) por su obra cumbre: The Jimmy Hendrix Experience. Ahora recientemente cambiaron su nombre a Museum of Pop Culture.
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