Esta página cuenta con una editora invitada. En esta oportunidad, es la poeta cruceña Vero Delgadillo quien comparte con los lectores una propuesta textual-curatorial.

Vero Delgadillo
Cuando estaba estudiando en la universidad caí en una biblioteca buscando imágenes sobre vitrales para hacer un videoarte sobre la sinceridad. Así fue como conocí a Marc Chagall, pintor y vitralista ruso que vivió hacia fines del Siglo XIX y principios del Siglo XX; Chagall era todo eso, pero ante todo era un gran poeta. A partir de ese primer encuentro, quise investigar ver todos sus cuadros, aprender más de él, comprender su arte.
Las citas con este artista ruso, digo citas porque volví una y otra vez a la biblioteca y al libro, me emocionaban. Iba siempre con el alma dispuesta al aprendizaje, y es que desde el principio yo sentía con él una emoción que hasta antes sólo me permitía la poesía. Era como una explosión de identificación que reforzaba algunas otras cosas en mi -suelo identificarme con los personajes de los libros, de las películas…- pero nunca la luz me había deslumbrado más que las palabras.
Hay un tema recurrente en la obra de Chagall, la relación del amor con el acto de volar. Gran parte de su obra está plagada de seres que vuelan, flotan, levitan. Oliverio Girondo, lo tenía también:
/…/ ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible
– no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres…
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
«¡María Luisa! ¡María Luisa!» /…/
Eliseo Subiela también muestra esta cualidad del humano enamorado en esa oda poética en celuloide llamada “El lado oscuro del corazón”. Esas fueron las experiencias anteriores con “volar y amar” que se vieron reforzadas al ver los cuadros de Chagall.
Andando, leyendo y comiendo manzanas, descubrí que hay algo que los une; y ahora ya entiendo y comprendo más, aunque aún no me he saciado. Aparte de haber sido relativamente contemporáneos, Girondo escribió un ensayo sobre “Pintura moderna”, en el que hace referencia a Chagall, creo yo que ahí es donde nace esa imagen poética de “los amantes que vuelan”. Y en los cuadros de Chagall que versan en la misma temática, está la fuente inspiradora de Subiela para escenificar, en la película, el acto de “amar volando”.
Reservado está el acto -escribió Miguel Hernández- para aquellos que saben amar
Sólo quien ama vuela. Pero, ¿quién ama tanto
que sea como el pájaro más leve y fugitivo?
Hundiendo va este odio reinante todo cuanto
quisiera remontarse directamente vivo.
Amar … Pero, ¿quién ama? Volar … Pero, ¿quién vuela?
Conquistaré el azul ávido de plumaje,
pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
de no encontrar las alas que da cierto coraje.
/…/
Hacia adentro iría Neruda cuando habiéndose sentido retenido, paralizado y superado por la vida, se ve pájaro aprendiz, para hacia adentro encontrarse, en el vuelo, solo.
/…/
Yo que aprendí a volar, con cada vuelo
de profesores puros
en el bosque, en el mar, en las
quebradas,
de espaldas en la arena
o en los sueños.
me quedé aquí, amarrado
a las raíces,
a la madre magnética, a la tierra,
mintiéndome a mí mismo
y volando
solo dentro de mí,
solo y a oscuras.
/…/
De alguna manera el vuelo es casi como la esperanza de no quedarse quieto, de no anquilosarse, de vivir, describió Emily Dickinson, tan críptica como ella era:
«La esperanza» es esa cosa con plumas –
que se posa en el alma –
y entona un canto sin palabras –
y nunca se detiene – nunca –
y más dulce – en el vendaval – se escucha –
y cruel ha de ser la tormenta –
que pudiera arrasar al pajarito
que mantiene a tantos vivos –
/…/
Ninguna historia contada con esta metáfora acaba feliz, tampoco nos permiten saberlo las escenas congeladas en los cuadros de Chagall, el vuelo es como el del colibrí tan rápido que parece quieto, tan quieto que te moviliza el alma. Octavio Paz dix it,
Quieto
no en la rama
en el aire
No en el aire
en el instante
el colibrí.
Exclamación (Variación de «En Uxmal»)
Vuelvo a Chagall, ¿era más poeta que pintor? ¿o acaso en esencia no existe diferencia entre poesía y pintura.? Dicen los teóricos que la fuerza del lenguaje poético está en crear una mirada, una visión, sobre el mundo que traspasa sus límites sensibles. Entonces, el pintor es el poeta que logra ver, a través de las imágenes que crea, el sentido ideal invisible que guardan las cosas de la realidad; y por su parte, el poeta es el pintor que describe con palabras el sentido trascendente que se instaura.
Partiendo de eso, se podría pensar que si se quiere cumplir en verdad esta fusión entre el poeta y el pintor es necesario que el pintor levite a las alturas donde se encuentra por naturaleza el poeta. Sólo situándose en esas estancias casi inmateriales del mundo, en el punto imperceptible de su cima, el pintor puede hacer transparente a su visión la totalidad esencial del mundo, exteriorizando la unidad principal que está detrás de la figura dispersa y fragmentada de las cosas.
Llego a esta afirmación con una imagen de Marc Chagall pintando esa serie de cuadros de bodas y bueyes, novia en la esquina, buey en la base, buey en la esquina, novia en el centro y así, como un poema de García Lorca en Nueva York,
Si no son los pájaros
cubiertos de ceniza,
si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda,
serán las delicadas criaturas del aire
que manan la sangre nueva por la oscuridad inextinguible.
Pero no, no son los pájaros,
porque los pájaros están a punto de ser bueyes;
pueden ser rocas blancas con la ayuda de la luna
y son siempre muchachos heridos
antes de que los jueces levanten la tela.
/…/
Así, en ese lugar imaginario logran descubrirnos a nosotros, a los que queremos escuchar o leer sus palabras y contemplar sus imágenes, ese otro lado que siempre nos falta para ser Uno. Chagall era un gran poeta.
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