Ciudades que habitamos, visitamos e imaginamos

Fragmentos del nuevo libro de Patiño Sarcinelli: La roca que lame el viento, que llegará a las librerías en las próximas semanas. Un adelanto como invitación a su lectura.

Jorge Patiño Sarcinelli

La ciudad de la que trata este texto es más que un lugar en la geografía, un conjunto de casas, plazas y calles, una memoria histórica o una población y su cultura; es todo eso y la imaginación ilimitada, personal o colectiva, que surge de ahí. La ciudad es un espacio en flujo al que el hombre ha dado una estructura donde espacio y tiempo se conjugan para producir la urbe viva, espacio en constante transformación arquitectónica y humana, real e imaginada. A ese gran objeto literario queremos acercarnos a través de las reflexiones que siguen.

Cuando alguien dice que añora una ciudad, ¿a qué objeto se refiere? ¿Qué lugar ocupa ese objeto imaginario en su mente? ¿Qué imágenes y emociones asociamos a esa añoranza? ¿Qué idea de lugar tenemos cuando hacemos afirmaciones como esa? Ese objeto-lugar que añoramos no está en la geografía sino en nuestro imaginario; es decir, en ese mundo que recrea y guarda la mente en imágenes o, para ser más precisos, en los elementos que permitirán recrear esas imágenes cada vez que los evocamos. La ciudad de La Paz sobre cuyo imaginario colectivo discurren los textos que siguen, tal vez no sea la ciudad reconocible para quienes la han vivido o visitado, sino que son imaginaciones que se tejen sobre ella; las de los poetas que se han inspirado en ella y algunas mías. La ciudad es el motivo, la musa y la otra de esas imaginaciones. “Hubo un tiempo en que comparaba la ciudad con el cielo estrellado”, dice Calvino, dando un ejemplo de semejanzas que existen en el espacio imaginario y que no son ajenas a los paceños que miran su ciudad desde las alturas.

Imaginemos la ciudad como escenario, como teatro del pasado y del presente, el locus mental que permite juntar recuerdos de toda la vida y vivir y comprender el presente; ese lugar sin el cual los urbanitas no podrían construir y reconstruir sus mundos y sus memorias. La ciudad no es solo un marco en el cual se desarrollan personajes y eventos; la ciudad puede ser personaje y episodio, y puede ser el otro en una relación de búsqueda o huida, de amor o rechazo. Pero la ciudad puede también ser un constructo de la imaginación, como el que habitan las leyendas y las ciudades inventadas de la ficción, o como algunas de las ciudades de la historia antigua, de las que no quedan más que ruinas y leyendas que son espacio y pasto para la especulación y la fantasía.

Cuando uno quiere resucitar dioses muertos,
no debe frecuentar el suelo que ellos pisaron.

Emil Cioran

Nuestro concepto de ciudad es un producto de la civilización occidental y, por tanto, refleja una psicología y una concepción particular de un arquetipo. Esto no pretende descalificar los conceptos e imaginarios de ciudad de otras culturas, pero reconoce la distancia y la incomprensión. La ciudad latinoamericana, resultado de una mezcla de culturas y del caos particular que produce la modernidad subdesarrollada, pertenece a una categoría particular. Ciudad de México, San Pablo o Lima no son como Londres, Miami ni Shanghái. Nuestras ciudades pertenecen a un grupo imaginario propio y a un universo de personajes como ninguno y, entre ellas se destaca La Paz. Decía d’Orbigny: “La Paz en nada se parece a las otras ciudades americanas” (Crespo, 1975).

… en La Paz coexisten por lo menos dos referentes culturales que hablan dos idiomas diferentes: el aimara y el castellano. Estos dos referentes hacen, a mi modo de ver, de La Paz (no deja de ser herméticamente significativo que el nombre de esta ciudad esté constituido por dos palabras) una ciudad que en lo profundo se expresa de manera surrealista. Gesto que la hace distinta a otras ciudades latinoamericanas.

Blanca Wiethüchter

A las paradojas de las ciudades occidentales, caracterizadas por una nunca resuelta tensión entre aglomeración y soledad, la versión subdesarrollada suma las del caos y la miseria, llevada hasta el límite de lo inhumano, el crimen brutal, el desorden vehicular y la precariedad de los servicios (excepto para una minoría). Cuando von Rezzori (1983) dice que “lo que distingue a Chernopol de las demás ciudades de la tierra es que ahí la miseria no es culposa”, ignora que en nuestras ciudades al sur del Ecuador la que es culposa es la riqueza; la pobreza es más bien moneda corriente que se viste con dignidad.

La Paz pertenece a esa categoría del gran imaginario latinoamericano, pero como toda ciudad auténtica, expresa su personalidad a través de trazos inconfundibles que la hacen misteriosa, a veces detestable, pero siempre singularmente entrañable.

Con solo oír ese ruido, cuya cualidad especial las palabras no pueden capturar, un hombre que retorna después de años de ausencia sería capaz de decir con los ojos cerrados que estaba de vuelta en la Capital imperial y ciudad real Viena.

Robert Musil

En La Paz, antes mismo de oír sus particulares ruidos, sabemos que estamos ahí porque nos falta el aire para pronunciar nuestro asombro.

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Hay muchas maneras de describir una ciudad –topografía, clima, gentes, calles, plazas, mercados, monumentos– y es raro que en las descripciones de los viajeros no jueguen un papel la poesía y la imaginación: viajar, imaginar y escribir van siempre de la mano en esos libros, cuya tradición se remonta a La Odisea, Las mil y una noches y Los viajes de Marco Polo. ¡Cuántos niños se han iniciado en la literatura de viajes con las aventuras de Simbad el marino!

Ya en nuestra época, muchos escritores nos dejan el testimonio de sus fascinaciones urbanas: Jaime Sáenz sobre La Paz, Leonard Cohen sobre Montreal, Fernando Pessoa sobre Lisboa, Elías Canetti sobre Marrakesh, Le Corbusier sobre Bucarest y muchos otros que ofrecen la mirada del visitante o reúnen impresiones del autor sobre su ciudad. Era raro el viajero que, cuando no había la posibilidad de fijar el recuerdo en fotos, no se sintiera inspirado a hacerlo en palabras, evocando y recreando maravillado su experiencia del descubrimiento. El viajero que rememora el viaje tiene visiones caprichosas donde se juntan, en escenas imposibles, fragmentos de recuerdos en composiciones literarias más que reales, donde las emociones y la imaginación juegan un papel más importante que la objetividad.

Hay en París ciertas calles deshonradas, como puede serlo un hombre culpable de una infamia; y existen calles nobles, y calles simplemente honestas, calles jóvenes sobre cuya moral el público no se ha formado todavía una opinión.

Balzac

Existen también libros que combinan memorias personales con visiones de una ciudad íntima, como Estambul de Orhan Pamuk, crónicas críticas como Lima la horrible de Santiago Salazar Bondy, o libros que recogen más bien la mirada cínica o amorosa del hijo de la ciudad, que es pretexto para la crítica social o un escenario de evocación sentimental. Están los libros que hacen de la ciudad misma un personaje como el San Peters- burgo de Biely, el París de Balzac, Buenos Aires de Borges, Tánger de Bowles, Londres de Dickens, Dublín de Joyce, La Habana de Cabrera Infante, Viena de Musil y muchos otros.

Las calles de San Petersburgo tienen una calidad indudable: ellas transforman las figuras de los transeúntes en sombras.

Andrei Biely

En fin, están las guías e informes de viaje, los estudios, las memorias de todo tipo. En todas ellas, la ciudad es el personaje principal de una pasión o de un diálogo.

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