
En el Espacio Patiño de la ciudad de La Paz, la noche del martes 23 de abril se presentaron 2 poemarios, ambos publicados por Plural editores: Afilada luz de Edwin Guzmán Ortiz y Jadis y ahora de Norah Zapata-Prill. Los comentarios estuvieron a cargo de Benjamín Chávez y Mónica Velásquez, respectivamente. Reproducimos aquí ambos textos, pero también una semblanza de Guzmán como un preámbulo a la lectura de su libro.
La poesía lo poseía: Apuntes para antes de leer Afilada luz
Verónica López

Antes de leer esta antología, conocer “un poco mejor” a su autor mejorará, sin duda, la experiencia. Edwin Guzmán Ortiz, o Kowi como también es conocido, nació en 1953, no solo es orureño, es re orureño y es autor de innumerables artículos periodísticos y de cuatro poemarios presentados en esta antología: DeLirios (1985), La Trama del Viento (1993), Juegos Fatuos (2007) y Aura nómada (2020), inédita hasta esta edición. Sin embargo, Edwin no es de la clase de poetas que vemos vía facebook alrededor del mundo en festivales o en las portadas de los periódicos pululando por reconocimiento, Guzmán viene de otra dimensión, me gusta pensar que de la misma que Octavio Paz, de esa donde todo, pero todo en la vida es visto con ojos de poesía.
Conocí en persona a Edwin, en el invierno paceño del año 21 y quizá sea la persona que más he frecuentado en estos años y de quien he escuchado miles de anécdotas, un hombre lleno de ellas y, a pesar que nos distancian 40 años de edad, podemos pasar las horas hablando de artes, de Spinetta, del carnaval de Oruro y, por supuesto, de poesía; una amistad que parece de otras vidas, sin ponernos metafísicos. Hablo de un humano creador y forjador de estéticas que, creo, es menester conocer para gozar a plenitud de su palabra.
Tiendo siempre a comparar dos grandes momentos de la historia de Oruro. El primero, la fortuna de Patiño al descubrir la riquísima veta de estaño en La Salvadora y la construcción de su imperio desde Oruro a principios del siglo XX y, el otro, los movimientos artístico-culturales ocurridos en las décadas posteriores, hasta llegar a los 80s y 90s del siglo XX, pareciéndome así, que Edwin es uno de los herederos de esa fortuna intelectual y creativa que Oruro supo acunar, estando siempre en el lugar, el tiempo y con los amigos precisos (me tomaría toda la plana escribir todos los nombres, pero desde mi lejanía temporal, solo me imagino tener de amigos a los hermanos Raul y Gustavo Lara, a Eduardo Mitre, a Luis Ramiro Beltrán y Gonzalo Cardozo, a Alberto Guerra, a Luis Urquieta o crecer junto con los hermanos Antezana, Barrientos, Romero y Gonzales- Aramayo, y me detengo aquí pero ¡Wow! Oruro, una maravilla).
Tras concluir colegio, por un par de años Edwin vivió en Sucre como joven estudiante de medicina. Cargaba consigo toda esa vitalidad y llama poética que Oruro le había transmitido. Allí, en Sucre, incluso ahora, se habla de unos orureños algo escandalosos que iniciaron una nueva ola artística rebelde que hasta causó sorpresa entre los miembros de la Academia de la Mala Lengua, y ni qué hablar de los sucrenses conservadores del entonces. Cuando dejó la Ciudad Blanca y volvió a Oruro a estudiar comunicación, profesión que desempeñó luego durante muchos años, fueron gente como Máximo y Juan José Pacheco, Félix Arciénega, Alex Aillón y otros, quienes no detendrían este nuevo movimiento instalado en Sucre y germinarían artistas como Omar Alarcón y Fabricio Callapa, quienes, a su vez, hoy trasmiten motivación a las nuevas generaciones desde entonces. Muchos años después, la vida llevaría a Edwin de vuelta a Sucre, donde dirigió dos de los mejores Festivales Internacionales de la Cultura del país con artistas como los mismísimos Luis Alberto Spinetta, Charly Gracía, Mercedes Soza y Facundo Cabral entre otros, o creando imágenes indelebles en la memoria, como la gran Morenada Central Oruro, fundada por la Comunidad Cocani, acompañada de la banda Poopó, bailando por la plaza 25 de Mayo. Y por si fuera poco, Edwin Guzmán es una de las personas detrás de la excelente pero ya extinta Fundación y Biblioteca Pachamama. Soy sucrense y no sabía quienes había hilado todos esos espacios que nos formaron y hoy nos impulsan a producir, por eso le agradezco tanto a él, y creo que muchos otros, también deberían.
En casa, como “todo orureño que está condicionado, desde el vientre materno, por el carnaval de Oruro” (cosa que la aprendí de Javier Romero, reconocido antropólogo y, casualmente, amigo de Edwin), se volvió moreno. En su regreso a Oruro no solo lo esperaría la universidad, también lo esperaría la música, los amigos y la morenada Cocani. En esa morenada, hasta no hace mucho aún existía una fila de achachis llamada “fila Edwin Guzmán”. Hoy en día, aunque ya no baila, es miembro del Comité de Etnografía y Folklore de Oruro. Lo último que supe de esas actividades suyas fue que, hace pocas semanas, comentó un libro de conmemoración a los 100 años de la Morenada Central (su discurso fue publicado el el número pasado de este suplemento y puede leerse en http://www.elduendeoruro.com). Sin ir más lejos, la simple existencia de El duende que tienen en las manos es otra de las iniciativas de Guzmán, quien, junto a Alberto Guerra, iniciarían su circulación de forma independiente hasta llegar a ser, como lo conocemos hoy, con más de 730 ediciones, con Edwin como miembro de equipo editor. También dirigió por unos años el el Centro de Multiservicios Educativos e Interculturales (CEMEI) y fue docente universitario y de maestrías. Es miembro del grupo literario “15 poetas de Bolivia” y junto a Benjamín Chávez, desde 2010 co-dirige el Festival Internacional de Poesía de Bolivia, el primero del país. Como crítico, siempre está invitado a escribir prólogos y presentar libros (deberían compilar esos textos para un siguiente libro, o también sus columnas que durante algunos años publicó en periódicos nacionales), pero, sobre todas las cosas, Edwin Guzmán es un lector voraz, es de la clase de personas que llaman temprano para decirte “No me ha dejado dormir este libro”, y así como sabe de literatura sabe de música, casi como una rocola andante.
Cuánta humildad poética se encuentra en sus ojos, su sensibilidad y su manera de hacer este mundo mejor, entrelazan sus versos con sus acciones, que sin esperar nada a cambio, han abierto caminos por los que seguramente transitarán las demás generaciones venideras. Es por eso que leer esta antología, no es solo leer un libro de poesía, es como apagar el mundo plagado de ruido, fakenews y cosas peores y encender la vida verdadera y verla a través del prisma de su poesía, escuchar la voz de un hombre poseído por la poesía, poeta a carta cabal, agradecido, que habita y vive en y desde la poesía todos los aspectos de la vida.
Afilada Luz
Benjamín Chávez
Afilada Luz es una antología de poemas. Una antología personal, es decir, elaborada por su propio autor. Fue él quien, con generosidad que agradecemos como lectores, eligió poemas de todos sus libros para armar este volumen.
Edwin publicó 3 poemarios. El primero, publicado en Oruro, llamado De/lirios es de 1985. Es un libro pequeño, breve, por eso los poemas que aparecen en esta antología también son pocos.
Luego, en 1993, publicó La trama del viento, libro que, además de medular en el conjunto de su obra, considero que es uno de los mejores libros escritos en Oruro en los años 90 y, por ende, también uno de los mejores más allá de esas artificiales fronteras regionales. De él hay en este libro una sustanciosa muestra que actualiza la lectura de esos poemas memorables que, por las consabidas razones del poco alcance de los libros de poesía, más aún en la época anterior al internet, hacía tiempo que ya venían reclamando nuevas lecturas. Esta es la ocasión y nuestra oportunidad de hacerlo.
La antología continúa con Juegos fatuos, un libro publicado en el año 2007, aquí en La Paz, en la colección “Papeles de ogaño” de La Mariposa Mundial, en alianza con Plural editores. De él también se nos ofrece una amplia muestra que permite leerlo sin desperdicio y alta fruición. Se trata de un libro que, quiero creer, amplió el merecidísimo universo de lectores de Edwin tras casi 15 años de no haber publicado poesía.
Finalmente, Afilada Luz, la excelente antología que hoy nos ocupa, en cuya portada apreciamos un óleo del artista Jaime Calizaya, se cierra con los poemas del cuarto poemario de Edwin y que, hasta el día de hoy permanecía inédito. Me refiero a Aura nómada. Aquí figura fechado en 2020, pero ello se refiere al momento en que Edwin terminó de escribirlo. De hecho, hubo una presentación o lectura pública de los poemas de ese libro en la Casa del Poeta en Miraflores, por esa fecha, antes de la pandemia. Ahora aparece por fin publicado y atinadamente integrado a Afilada Luz. Ese libro, creo yo, está completo, lo cual, obviamente es un regalo para nosotros los lectores.
Así, tenemos un volumen con más de 90 poemas que trazan el recorrido poético y existencial que, me atrevo a decir, en el caso de Edwin son prácticamente lo mismo, de modo que leyendo Afilada luz somos partícipes plenos del universo poético urdido por Edwin a lo largo de casi toda su vida.
Desde aquel lejano momento en que practicando redobles y paradiddles de tambor en su casa siendo aún un adolescente, estropeara un libro de Borges de la biblioteca de don Dulcardo, su padre, con las rockeras baquetas que empuñaba, hasta hoy en que nos reunimos a escucharlo leer sus poemas, ha pasado toda una vida, donde la poesía estuvo siempre presente. Tanto que yo diría que la labor intelectual y profesional de Edwin estuvo y está permeada por la mirada poética del mundo, por ese modo de entender la realidad y encarar la existencia que hace que podamos reconocer en él un modo poético de razonar y habitar entre libros, música y conversaciones. O como él mismo, al referirse a la época en que se desempeño como docente universitario, dice en su poema El maestro: “Proclamar en voz alta libros leídos, voces escuchadas, universos husmeados tiene con frecuencia destinos imprevisibles.”
Edwin nació en Oruro y allí nos conocimos y trabamos una amistad que lleva ya más de 30 años. Puesto a recordar, me salen al paso muchas, muchísimas cosas vividas y momentos compartidos, y al leerlo nuevamente en esta antología, más aún.
Cierro el libro y veo en la contratapa otro gesto de amistad de Edwin. Dos textos, uno de Rubén Vargas y otro mío y no puedo dejar de recordar aquel sábado en Oruro, hace como 12 o más años, cuando en medio del babélico Festival de Bandas se nos ocurrió fundar una comparsa carnavalera entre los cuatro amigos melómanos presentes. Edwin Guzmán, Rubén Vargas, su hijo Julián y yo. Una comparsa que fue inmediata y festivamente bautizada por Rubén como: “Alegres Tom Waits” (en alusión al músico californiano). Inmediatamente nos pusimos a buscar una banda que sea la que acompañe a la flamante comparsa en un ulterior, improbable pero muy deseable baile y, en medio de ese Valhalla, de ese nirvana musical, junto a la Pagador, la madre de las bandas, la Intercontinental Poopó, la real Imperial y otras señeras majestades, nos decantamos por una modesta bandita (dicho con todo cariño), que en ese preciso instante iniciaba su demostración. Así, los Alegres Tom Waits, nos instalamos en primera fila y disfrutamos de todo el concierto de la banda Expansión picaflor. Bandita que, debo confesar nunca más pude ver ni escuchar en ninguna parte, y eso que no me pierdo ni un solo festival de bandas, ni un convite, ni menos el Carnaval. Estoy por llegar a creer que se trató de una bendecida aparición que descendió del cielo aquella tarde frente al santuario del Socavón, o emergió del mancapacha para fiestear junto al supay y los Alegres Tom Waits.
Bueno, no digo más, simplemente invito a todos a sumergirse en la lectura de este libro de uno de los poetas más interesantes y sugestivos de la poesía contemporánea escrita en Bolivia.
Entre la pasión que fuimos y la defunción que seremos
Mónica Velásquez Guzmán

Norah Zapata-Prill es, sin duda, una importante voz en la poesía boliviana. En esta su nueva entrega, Jadis y ahora, vuelve a confirmar su presencia y contundencia verbal. Estas son apenas una serie de impresiones lectoras que la acompañan.
Instante y palabra son dos formas concretas de lo inasible, lo que siempre se fuga por más esfuerzo del transcurso y del lenguaje para retenerlos. La palabra puede ser una red que caza lo efímero hasta entenderlo o elaborarlo. El tiempo mira de reojo su forma más evanescente y nuestros humanos relojes intentan cronometrar eso fugaz e inasible. Sea provocando nostalgia o con resignación, el pez del instante pasa, la justeza de una nominación duda, se tiñe de una mala o parcial interpretación.
Norah Zapata-Prill intenta bordear ese tiempo y ese nominar deteniéndose y convocando el cuerpo (de quien ama y de quien es amado/a). Por ello, la memoria se alía con la imagen mientras intentan nominar la sutil piel que, distante y perdida, se las arregla para volver a deslizarse rebasando cualquier sentido. Se lee con fuerza un cuerpo deseante/deseado que en el mismo momento de la experiencia parece estar parcialmente presente, como sin acabar de entregarse o de expresarse o de retenerlo o de despedir. Por tanto, en el momento posterior, el de la evocación escribiente, ese pendiente se acrecienta.
El momento escribiente es el de la ceniza y no el del fuego; el de la vejez y no el de la evocada plenitud; el del silencio y no el del diálogo. La voz poética intenta aprender/aprehender algo en este inédito tiempo-espacio vitales. Quizás por ello, se detiene en sitios (paisajes que atestiguan acontecimientos y transcurso sin que los alteren), en animales (cuya inconciencia de finitud les hace solo existir en el presente y en estado de apertura, diría Rilke) y en la música (ese lenguaje más dirigido a la evocación sensitiva que al sentido angustiado).
Pero los poemas también se suceden, verbales y temporales. La tregua generada por un pacto de poesía se acaba. La voz decide entonces rendirse al misterio, a lo fugitivo que somos en tanto mortales. Sin embargo, ni lo mortífero ni lo mortificante ganan, pues esta escritura sabe que el lenguaje excede sus verbos y el tiempo sus caras visibles. Por ello nada culmina. Todo se inscribe modestamente en un movimiento de agradecimiento y de reconocimiento. Luego la vida insiste en otra parte. La palabra muta de signo, el instante ya cabalga en otro minuto.
Si la escritura fuese una ventana, ésta da al campo abierto, a la piel que aguarda un encuentro o a la página que recibe la tinta y por ello tiemblan. Queda pues en manos de quien lee estos poemas el temblor y el anhelo, la evocación, la nostalgia, el placer ya ido, la conciencia de finitud, de despedida. Quede también la magia de la escritura: un instante que vuelve, un cuerpo que se recuerda y un papel que prolonga una vida dándole nuevas mieles, aun si nada le evitará la mortandad, ese otro instante que alargaremos recordando, leyendo, contestando mentalmente a la autora con nuestros propios fantasmas efímeros y constantes, de cuando amamos, de cuando morimos.
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