El preludio de la muerte

Alberto A. Zalles

Inspirada en el trabajo de campo que su autor realizó en la región de Larecaja tropical, Caranavi y Alto Beni, esta nueva novela del escritor paceño acaba de publicarse en Bélgica. Aquí reproducimos el capítulo inicial, como una invitación a su lectura.

El régimen de esta amplia zona es idéntico al que impera en todas las colonizaciones agrícolas: desmonte, quema y cosecha. El ciclo se repite y se amplía sobre fundamentos muy simples: ausencia de recursos monetarios, herramientas elementales, técnicas primitivas y carencia de comunicación. En consecuencia, la economía tiende al autoconsumo y es complementada por actividades marginales como la caza, la pesca y la recolección. Los excedentes mercadeables son limitados y los beneficios ocasionales. Las rudimentarias técnicas de producción tienden al agotamiento de la tierra y a la vuelta de cinco o siete años el rendimiento suele ser negativo. El secreto de la persistencia de este régimen se encuentra en la utilización de mano de obra familiar, en el autoconsumo y en variadas modalidades de asociación colectiva entre vecinos. Naturalmente, sólo a costa de grandes privaciones y sacrificios el colono puede sobrevivir y reproducir su ciclo. Sin embargo, bien vistas las cosas, lo que el colono reproduce es un estado de zozobra e inestabilidad tan vulnerable que cualquier accidente lo puede derrotar. Con todo, le queda la tierra abierta. Es el único medio de ahorro y de acumulación posible en condiciones tan adversas. Las mejoras son el testimonio y, a la vez, el único producto estable del trabajo, y, como tal, objeto de las apetencias más inescrupulosas de los comerciantes en tierra, que suelen ser los mismos que comercian con otros productos de la colonización.

La coca abrió la posibilidad de una prosperidad ilimitada pero también introdujo las prácticas económicas de la época del caucho y del tigrillo y sobre todo su espíritu de pillaje y sus condiciones de violencia.

Alfredo Molano, Selva adentro.

I

Eusebio ya estaba sumido en el preludio de la muerte. En ese apremiado trance que, según los serranos, se creía que desencadenaba un apetito incontenible, y, también, inducía a las remembranzas de los momentos y de las personas que más marcaron el devenir de la existencia. La parca, caprichosa y arbitraria, le circundaba cual fárrago de hambre y añoranzas. Eusebio, ajeno a la cita, penetraba impasible y dócil en la posta postrera de su destino.

Salió de la tribulación. Reclamó las sobras de la víspera.

—Rebeca, ¿te queda un poco de guiso? ¿Me lo puedes calentar? —dijo azorado, mientras intentaba recordar hasta qué hora se emborrachó en la cooperativa y a qué hora lo dejó el chofer, después de la juerga.

—¡No hay nada! Voy a hacerte un asado. Eso te va a recuperar… ¡Aguanta! ¡Sírvete limonada! ¡Debes de tener sed! —contestó Rebeca y le recordó—: ¡¿cuándo vas a fumigar el cacao?!

Eusebio aparentó no escucharla, cogió un bollo de pan y un tomate, jaló una silla y se puso a la mesa. Abrió el pan con los dedos y estrujó el tomate.

Dio un mordisco.

La saciedad le recordó la trashumancia que lo trajo hasta la colonia Bellavista, a Caranavi.

—¡No me escuchas! ¡¿Hasta cuándo vas a esperar para fumigar el cacao!? —insistió Rebeca.

Eusebio, apático, agachó la cabeza.

—Vas a fumigar, ¡¿sí o no?!… ¡Sigues borracho! ¿Cuánto siempre te han hecho tomar? —Rebeca habló por tercera vez y depositó, desdeñosa, el asado sobre el hule lustroso que hacía de mantel en la mesa.

—¡Voy a ir, mujer! Todo está listo, ya hubiésemos acabado, si no hubiese sido por la fiesta de la cooperativa —Eusebio justificó, casi balbuceando.

—¡Qué cooperativa ni que ocho cuartos! Cualquier cosa es pretexto para chupar. ¡Basta de cooperativa aquí, cooperativa allá! Ahora estarán contentos: la planta está inaugurada, ¿qué más quieren?… Pero ya vamos a ver, los dirigentes ya van a encontrar otro pretexto para embaucar a sus mujeres y terminar festejando con las putas del tal Raúl. Porque aquí, ese maricón es el único que aprovecha del cacao sin ni siquiera sudar. ¡Claro, como les alcahuetea las orgías, nadie le reclama el precio de la cerveza y, peor aún, nadie dice nada acerca de las menores de edad que explota!… ¿o miento?

—No hables así. Tú no sabes nada… en vez de refunfuñar tendrías que estar feliz, como todos. Nunca vendimos el cacao al precio que pagan los chinos y cada vez quieren más…. ¡Ah! si el Pablo viviera… él sí que estaría feliz viendo el auge de la cooperativa —Eusebio replicó, evocando a su hermano.

—¡Ah! si tu hermano viviera, no dormirías cada noche donde te da la gana ni habrías faltado a tu cuñada, ni a mí.

—¡No fastidies más! Deja de echarme en cara lo mismo… ¡Ya está de buen tamaño!

Rebeca calló. Le bastó el desahogo. Sabía que los reproches no cambiarían a Eusebio.

Lo miró con desprecio.

Ya no lo soportaba.

Recogió los trastos de la mesa y se marchó a la cocina.

Eusebio llenó un vaso de limonada y lo bebió de golpe.

Luego, para no quedar ultrajado, fue tras Rebeca.

Eusebio quería hacerse escuchar. Angustiado, no deseaba navegar solo por la turbación que le causaba la añoranza.

Vaciló. Percibió a su mujer lejana, hermética, ensimismada en sus menesteres.

Desistió.

Rebeca, esquiva, jugaba a la indiferente. Quería herirlo.

Eusebio caminó hasta el umbral de la puerta.

Afuera, el sol caía oblicuo. El cielo estaba azul, fresco, todavía manchado de nubecillas tempraneras.

Fijó la mirada sobre el horizonte: frente a él desfilaron las escenas de su llegada a Caranavi. Entonces la selva le parecía indómita e inescrutable. La aldea era un minúsculo descampado en medio de una sierra boscosa cercenada por el ímpetu del río Yara que, en aquel rincón, confluye con el Coroico.

Caranavi, a mediados de los años sesenta, era apenas una pascana que, por las noches, después de las diez, se extraviaba en la negrura. La única fuente de energía eléctrica era el motor del Regimiento de ingenieros General Román y sólo daba para alumbrar cuatrocientos focos, opacos, de cuarenta voltios, distribuidos entre las cuadras del cuartel, las viviendas de los oficiales, la garita de control militar y ciertas esquinas de la denominada, con alharaca, avenida Mariscal Santa Cruz, la sola arteria empedrada de la aldea.

El Regimiento de Ingenieros había construido el camino serpenteante que descendía desde el páramo y que fue labrado en la pared rocosa de la cabecera de la selva amazónica, a punta de picota, por los prisioneros paraguayos que fueron confinados allí, durante la guerra del Chaco.

El regimiento también puso en pie, en Caranavi y en las colonias, escuelas, postas sanitarias, oficinas estatales, telégrafos y el tendido de tuberías de agua potable y letrinas.

Los primeros años de la colonización, los soldados que prestaban servicio militar en él regimiento eran animados a establecerse en la zona como trabajadores agrícolas independientes, como colonizadores. La mayoría aceptaba con mucha ilusión las veinte hectáreas de tierra que recibía en propiedad; aunque pronto desertaban, por falta de mujer, porque eran incapaces de hacer fructificar el arroz o porque extrañaban el páramo y se sentían huérfanos, desarraigados de sus ayllus.

Sin embargo, el rol primordial del Regimiento de Ingenieros era mantener a la raya la rebeldía campesina. Pues, para el gobierno el territorio selvático, la pobreza y la conciencia sindical, fraguada por la Reforma Agraria, constituían un detonante para que, en cualquier momento, pudiese estallar allí una montonera insurrecta, una guerrilla. Eusebio se enfrascó en las imágenes de la antigua oscuridad nocturna de la floresta, en el temor que le infundía entonces el monte. No fue fácil haber sido pionero.

De pronto, la estampa de la Misión de los padres franciscanos vino a su mente. Los religiosos tenían su propio grupo electrógeno, así como el pastor Ketelssön. Los gringos, para disimular aquel privilegio, apagaban los equipos a la misma hora que los militares. Mas, antes de que todo quedase en oscuridad, las viviendas de los misioneros norteamericanos se veían como sitios encantados, y, desde la altura, como chalés trasplantados de la Iowa, con el césped bien tallado, con terrazas de madera y aleros tejados. Además, con marcos de alambre milimétrico sellando las ventanas.

Por ese entonces, el coronel Rivas, el comandante de regimiento no se cansaba de observar: “estos gringos saben vivir bien así sea en el culo del diablo”.

En claro, la corriente eléctrica era extraña a los colonizadores y si alguna tiendecilla tenía el lujo de contar con refrigerador, éste funcionaba a kerosén, como el frigorífico del alemán Muller, donde se carneaban las reses que los vaqueros benianos traían arreando desde Rurrenabaque. Luego, la carne faenada, Muller la sacaba de la selva en un Curtiss C46 hasta las minas de cobre de Chuquicamata, en pleno desierto de Atacama.

La Pista estaba lejos del pueblo, camino a Teoponte, al inicio del descenso a la Amazonía. Se rumoreaba que el alemán Muller fue piloto en la Luftwaffe y que bombardeó Londres durante la segunda Guerra mundial; que se escondía en Caranavi y que Muller no era su verdadero apellido. Lo cierto era que los que lo trajeron a Caranavi fueron los empleados de los Gunther, que tenían una hacienda en San Carlos, en el Mapiri, río arriba, donde quedaban todavía los vestigios de los cañaverales, de la destilería de alcohol y de la fábrica de azúcar que se mantuvo hasta antes de la reforma agraria. Sin duda que los Gunther, antiguos inmigrantes renanos, instalados en la región, primero como rescatadores de caucho, a fines del siglo XIX, sabían muchos secretos de Muller y le ayudaron a ocultarse en Caranavi, lejos de ellos, para evitarse problemas

Muller murió en 1965, su Curtiss bimotor se estrelló en la quebrada de la desembocadura del río Zongo en el Coroico. Luego, ningún piloto más quiso aterrizar en Caranavi y como consecuencia se mitigó la afluencia de arrieros de ganado. Los pocos vaqueros que siguieron arreando ganado, para enviarlo a las minas, pasaban directo 12 con sus hatos de cebúes hasta Yolosa, abajo de Coroico. Allí el beniano Alcides Carvallo improvisó un matadero donde faenaba carne y la embarcaba en camiones con destino a las minas de Llallagua y Atacama.

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