Los fragmentos de la noche

Daniel Freidemberg

Cómo aislar los fragmentos de la noche/ para apretar algo con las manos,/ como la liebre penetra en su oscuridad/ separando dos estrellas/ apoyadas en el brillo de la yerba húmeda./ La noche respira en una intocable humedad,/ no en el centro de la esfera que vuela,/ y todo lo va uniendo, esquinas o fragmentos,/ hasta formar el irrompible tejido de la noche,/ sutil y completo como los dedos unidos/ que apenas dejan pasar el agua,/ como un cestillo mágico/ que nada vacío dentro del río./ Yo quería separar mis manos de la noche,/ pero se oía una gran sonoridad que no se oía,/ como si todo mi cuerpo cayera sobre una serafina/ silenciosa en la esquina del templo./ La noche era un reloj no para el tiempo/ sino para la luz,/ era un pulpo que era una piedra,/ era una tela como una pizarra llena de ojos./ Yo quería rescatar la noche/ aislando sus fragmentos,/ que nada sabían de un cuerpo,/ de una tuba de órgano/ sino la sustancia que vuela/ desconociendo los pestañeos de la luz./ Quería rescatar la respiración/ y se alzaba en su soledad y esplendor,/ hasta formar el neuma universal/ anterior a la aparición del hombre./ La suma respirante/ que forma los grandes continentes/ de la aurora que sonríe/ con zancos infantiles./ Yo quería rescatar los fragmentos de la noche/ y formaba una sustancia universal,/ comencé entonces a sumergir/ los dedos y los ojos en la noche,/ le soltaba todas las amarras a la barcaza./ Era un combate sin término,/ entre lo que yo le quería quitar a la noche/ y lo que la noche me regalaba./ El sueño, con contornos de diamante,/ detenía a la liebre/ con orejas de trébol./ Momentáneamente tuve que abandonar la casa/ para darle paso a la noche./ Qué brusquedad rompió esa continuidad,/ entre la noche trazando el techo,/ sosteniéndolo como entre dos nubes/ que flotaban en la oscuridad sumergida./ En el comienzo que no anota los nombres,/ la llegada de lo diferenciado con campanillas/ de acero, con ojos/ para la profundidad de las aguas/ donde la noche reposaba./ Como en un incendio,/ yo quería sacar los recuerdos de la noche,/ el tintineo hacia dentro del golpe mate,/ como cuando con la palma de la mano/ golpeamos la masa de pan./ El sueño volvió a detener a la liebre/ que arañaba mis brazos/ con palillos de aguarrás./ Riéndose, repartía por mi rostro grandes cicatrices. (JLL)

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A Lezama Lima hay que sentirlo. No entenderlo, no tratar de saber a qué se refiere cada frase o cada imagen. Sentirlo, lo que en su caso no tiene que ver con algún tipo de conmoción o de mover sentimientos (algo del orden de los sentimientos indefectiblemente va a moverse, pero no es a eso a lo que esta poesía apunta). Sentirlo: dejar que algo a uno le trabaje en algún lugar de la mente según sus propias y desconocidas reglas, como a uno le pasa en una entrevisión, o como esas imágenes que le vienen a uno antes del sueño, inaferrables pero ciertas (nada que ver con el surrealismo, no se trata de encuentros súbitos sino deslizamientos, no una sucesión tamborilleante de golpes de imágenes sino tejer una trama), sabiendo, porque es así, que nada en los poemas está puesto caprichosamente o para completar espacio o para impresionar a alguien, como no sea a la Eternidad. Hay razones, eso es seguro, verdaderas razones, para comparar el intento anunciado al principio con la entrada de la liebre en la noche y que la liebre lo haga para separar dos estrellas y que las estrellas estén apoyadas en el brillo de la yerba húmeda, o para que lo diferenciado llegue con campanillas de acero, o para que la noche sea un pulpo que es una piedra que es una tela como una pizarra llena de ojos. El juego y el goce de la invención como condiciones para que se conforme esa experiencia, que no es cualquier experiencia, sostenidos en un disfrute como de gourmet del sabor de la palabra. No por lo que la palabra pueda tener de trascendente o simbólico sino por su sabor, su espesor material (que nunca es sólo material), eso que las palabras son capaces de arrastrar o convocar en su infinitud, tal como están, aunque no sepamos aceptarlo, en nuestra relación con ellas.

Es como leo a Lezama, aclaro. Lo que me sirve para paladear poemas como «Los fragmentos de la noche». Los pocos textos sobre su poesía que leí, incluidos algunos del propio Lezama, no me sirvieron de mucho, hasta que me dije «hay que sentirlo».

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