Diez miradas

(Esta página, que a modo de cajón de sastre o de costurera reúne diversos textos de distintas épocas, lugares, tonos, colores, está estructurada por la escritora Virginia Ayllón y está al cuidado de Guadalupe García).

Para ver la belleza que se presenta entre un sueño y una catástrofe.

Una mirada para abatir los albatros
Vicente Huidobro

Una mirada
para abatir al albatros

Dos miradas
para detener el paisaje
al borde del río

Tres miradas
para cambiar la niña
en volantín

Cuatro miradas
para sujetar el tren que
cae en abismo

Cinco miradas
para volver a encender las estrellas
apagadas por el huracán

Seis miradas
para impedir el nacimiento
del niño acuático

Siete miradas
para prolongar la vida de
la novia

Ocho miradas
para cambiar el mar
en cielo

Nueve miradas
para hacer bailar los
árboles del bosque

Diez miradas
para ver la belleza que se presenta
entre un sueño y una catástrofe

El objeto que mira el ojo que lo mira, la mirada laberíntica del espejo, la mirada ausente, tu mirar… tenían que ser, definitivamente, reflexiones de las vanguardias literarias: dédalos como el loco albatros de Huidobro, que da inicio ―y quién sabe marca el final― a esta página.

Los iluminados vanguardistas miraban con la percepción, eran maestros en percibir lo que se escondía; por eso se movían tan bien en las aguas de la metáfora y la metonimia. Por ejemplo, en su poema “Café concierto” ― de su libro Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, 1922―, el argentino Oliverio Girondo mira así la mirada del público:

La mirada del público tiene más densidad y más calorías que cualquier otra, es una mirada corrosiva que atraviesa las mallas y apergamina la piel de las artistas.

Mirada parecida a la de la ultraísta orureña Hilda Mundy, quien en su Pirotecnia (1936), mira así a sus lectores:

Alguien me dijo: su libro será un fracaso que hará reír.
Y hallé júbilo en la predestinación: al imaginar tres docenas
de lectores riendo de las páginas de mi fracaso.

Claro que los vanguardistas no fueron los únicos maestros de la metáfora, especialmente la de la mirada. En su temprano poema “Primavera y muchacha”, Octavio Paz hace gala de esta capacidad en tan hermoso poema que metaforiza la mirada con el amor, el deseo y la belleza de la amada, su sexo: “ojo sin fondo… donde todo se precipita”:

tu cuerpo se abre como una mirada
como una flor al sol de una mirada
te abres
belleza sin apoyo
basta un parpadeo
todo se precipita en un ojo sin fondo
basta un parpadeo
todo reaparece en el mismo ojo
brilla el mundo

Tres siglos antes y en pleno Siglo de Oro de la literatura española, Francisco de Quevedo, en sendas redondillas también asimilaba el amor y la conquista con los ojos:

Ojos,
yo no sé qué espero,
viendo cómo me tratáis,
pues si me veis, me matáis;
y si yo os miro, me muero.

Sea motivo de “gozosas vanguardias” (Mundy díxit) o de amorosos arrobamientos, la mirada es distancia o, como dice el historiador de arte Georges Didi-Huberman, es pérdida y vacío porque la mirada escinde el mundo en imágenes, a veces infinitas, o a veces muestra solo la mitad de las cosas:

Solamente la mitad de las cosas se me aparece, y la otra mitad desparece.
Un espacio se cierra, y otro se abre ―un mundo se enciende, y otro se apaga.
Recuerdo y no recuerdo; siento y no siento; miro y no miro. Pero, ello no obstante, todo se está.
Yo estoy allá, mirando una mirada,
y también estoy aquí, mirando no sé qué
―mirándome a mí en realidad
Pues tú me miras,
mas no te mueres.
y si tú mueres, no es porque alguien te muera,
sino porque tú me mueres.

(Jaime Saenz. La Piedra Imán)

Hay también miradas “imperiales”, que serían las de los cronistas del Nuevo Mundo. ¿Qué vieron?, o mejor, ¿qué dice que vieron esos ojos imperiales? Hermosos lugares, inéditos animales y plantas, representados, a veces, en hermosísimos volúmenes que causaron fascinación y estupefacción en los ojos europeos de entonces y nos siguen produciendo admiración. Mary Louise Pratt, nos alerta, sin embargo, de que no olvidemos que fueron ojos imperiales los que produjeron esa literatura de viajes.

Tal vez por eso resaltan las miradas de Felipe Guaman Poma de Ayala en su Nueva corónica y buen gobiemo i justicia (1615), o la de Melchor María Mercado en su Álbum de paisajes, tipos humanos y costumbres de Bolivia (1991), que han sido estudiados por el ojo crítico de la socióloga Silvia Rivera, quien afirma que con sus 397 láminas el de Poma es la crónica de “un mundo al revés”, como queriendo indicar que lo que miraba su autor era el envés de lo que miraban los ojos imperiales. Y, de las 116 acuarelas de Mercado, pintadas entre 1849 y 1868, le llama la atención que su disposición indica que el pintor habría querido lograr una especie de efecto en quien las viera; es decir una guía para la mirada de su obra. Pero si con la estructura de su obra, el pintor guió nuestra mirada; a la vez “la cuidadosa mirada de don Gunnar Mendoza L.”  ―quien tuvo a su cargo la edición y prólogo del álbum de acuarelas de Melchor María Mercado―, es una segunda mirada. ¿Qué vemos cuando admiramos esas magníficas acuarelas?

Porque está claro que sea con el grafito, la acuarela, el óleo o el lápiz digital, el arte pictórico nos devuelve miradas más que representaciones. John Berger decía que “los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se miran a sí mismas siendo vistas”. Con esta sentencia en mente recuerdo que reflexioné sobre la mirada de algunos pintores a las mujeres en un ensayo titulado “Una habitación pintarrajeada”. Y vi que desde Fra Angélico hasta Hopper, pasando por Vermeer, las mujeres estábamos ubicadas muy cerca de ventanas, a veces cumpliendo mandatos divinos o, como en la de Hopper convirtiéndonos en símbolo de la soledad de la sociedad de consumo. Pero siguiendo la alerta de Berger, vi también que, en la misma línea del realismo americano de Hopper, pero en un signo totalmente diferente, la norteamericana del Sur, Dale Kennington también desarrolla en su pintura la soledad de la sociedad de consumo.  En “Comenzando el día”, por ejemplo, una joven afro americana, elegantemente vestida, desayuna mientras lee el periódico junto a la ventana, tema que repite en varias de sus pinturas. Es decir, al igual que las de Hoppper, estas mujeres están junto a ventanas de departamentos u hoteles, pero, a diferencia de aquellas, éstas realizan con tranquilidad y elegancia sus actividades previas a salir al trabajo. Por lo tanto, su gesto no es de soledad, no hay el peso del encierro, como tampoco el de los mandatos divinos o masculinos.

Por eso Virginia Woolf prefiere para las mujeres, no una ventana, sino una habitación propia en la que pueda “captar estos gestos jamás plasmados, esas palabras jamás dichas o dichas a medias, que se forman, no más palpables que las sombras de las polillas en el techo, cuando las mujeres están solas y no las ilumina la luz caprichosa y colorada del otro sexo”. Es decir, de cuadros, habitaciones, sombras y luces caprichosas: de eso está hecha la mirada.

O tal vez solo de una mirada:
Ah, tan sólo una sangre
una boca, unas manos,
una mirada solo

(Josefina Pla)

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