Este es el fin

Esta página, que a modo de cajón de sastre o de costurera reúne diversos textos de distintas épocas, lugares, tonos, colores, está estructurada por la escritora Virginia Ayllón y está al cuidado de Guadalupe García.

El fin ha llegado
Comienza el tiempo de otras promesas
Que jamás se cumplirán
(Javier Aruquipa)

Entre los lectores, biógrafos e historiadores de la literatura hay cierta manía obsesa por el verso, el poema o la obra que marcó la cisura entre la vida y la muerte de un autor o autora. Le dotamos de un valor especial a ese gesto textual porque marca un final y, sobre todo, porque deja una herencia; algo así como un testamento. Pero sabemos que hablamos de vida y muerte, nada más y nada menos.

Hay peores enfermedades que las enfermedades,
hay dolores que no duelen, ni en el alma,
pero que son más dolorosos que los otros.
Hay soñadas angustias más reales
Que las que la vida nos trae, hay sensaciones
Sentidas sólo con imaginarlas
Que son más nuestras que la propia vida.
Hay tanta cosa que sin existir,

Existe, existe, demoradamente
Y demoradamente es nuestra y nosotros…
Por sobre el verde turbio del amplio río
Los circunflejos blancos de las gaviotas…
Por sobre el alma el bosquejar inútil
De lo que no fue, ni puede ser, y es todo.

Dame más vino, porque la vida es nada.

Este hermoso poema es considerado el último que Fernando Pessoa habría escrito once días antes de morir el 30 de noviembre de 1935.

*

Y este, del que su viuda aseguraba fue el último que escribió Pablo Neruda, aunque hay quien desdice tal información. Es una cosa de leyenda “el último poema que escribió…”. Con todo, es un hermoso poema, muy diferente a la poética general del chileno premio Nobel de Literatura, tanto, que puede dudarse de su autoría.

Hastaciel

Hastaciel dijo labla en la tille palille
cuandokán cacareó de repente
en la turriamapola
y de plano se viste la luna del piano
cuando sale a barrer con su pérfido párpado
la plateada planicie del pálido plinto.

Pero hay que remontarse a “El sur del océano” y “Solo la muerte” para evocar que la luna, las amapolas y la muerte son cifras caras en el Neruda del monumental Residencia en la Tierra: “Cuando la luna entrega sus naufragios,/ sus cajones, sus muertos/ cubiertos de amapolas masculinas”, en el primero, y “Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,/ lame el suelo buscando difuntos”, en el segundo.

*

La española Carolina Coronado, romántica por excelencia, asimila la muerte a la última página de su álbum:

Estrenando un álbum por la última página

Yo elijo la postrera de tus hojas,
yo voy a anticipar tu despedida;
ya blanco libro, que mi nombre alojas:
sabes cuál es tu término en la vida.

¡Ay! si también pudiera el alma herida
anticipar el fin de sus congojas…
yo de mi juventud saber quisiera
qué nombre hay en su página postrera.

*

Pero posiblemente no haya cosa más difícil para un autor que explicar esto de la “última página” a los niños. Quien se animó fue el cubano José Martí en los cuatro números de su revista La Edad de Oro, de 1889.  José  Lezama  Lima decía de Martí: “No es una montaña: es varias”, y esta grandeza también se advierte en la “Página final”, como en este fragmento de la cuarta revista:

…La luz no se ve, y es verdad, como que si se acabase la luz, se rompería el mundo en pedazos,  como se rompen allá por el cielo las estrellas que se enfrían. Así hay muchas cosas que son verdad aunque no se las vea. Hay gente loca, por supuesto, y es la que dice que no es verdad sino lo que se ve con los ojos. ¡Cómo si alguien viera el pensamiento, ni el cariño, ni lo que, allá dentro de su cabeza canosa, va hablándose el padre, para cuando haya trabajado mucho, y   tenga con qué comprarle caballos como la seda o velocípedos como la luz a su hijo!

*

Y así como hay finales de la vida y última páginas, también los pueblos pueden tener su último día. El 20 de septiembre de 1989, murió Klavdiya Plotnikova, última hablante de la lengua kamasiana, del grupo nómada kamasiano, que habitó la región de los Urales de Rusia, hasta su extinción. Se dice que este es el último poema escrito alguna vez en ese idioma.

El último poema

(fragmento)

Los montes negros
por los que erraba
allá quedaron.

Crece en las tierras
por las que erraba
hierba dorada.
Los montes negros
allá quedaron.
Las cumbres blancas
allá quedaron.
Todas mis fuerzas
allá quedaron.

(…)

*

También la letra soporta esas pequeñas y cruentas desapariciones de los pueblos, como son las guerras, que luego el verso patriótico suele dorarlos de heroísmo, como para conjurar o eludir que de muerte y solo de muerte está hecha esa materia. 

CHACO

Claudia Daza Durán

En este castigo se han congregado todos los ataúdes, por orden alfabético y fotografía. Las cruces se han hecho de roble y hojas secas. Los registros de sequedad nos revelan un pasado que todavía sigue al descubierto. Aquí los huesos han encontrado su morada ideal. Será por la música que escuchaban los últimos ancianos. Será por las cartas y las partituras que quedaron incrustados en los árboles.

Se siguen enterrando armas en el suelo. Por si acaso una estrella, por si acaso el espíritu de un militar.

*

Nuestra obsesión con lo postrero tiene su punto alto en leer la última palabra de los o las suicidas, tal vez porque creemos encontrar allí las razones de la entrega voluntaria a la muerte. Como estas del poema de la suicida Alfonsina Storni, en el que un llamado telefónico traspasa la eternidad:

Voy a dormir

(fragmemto)

(…)    

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.                    
Ponme una lámpara a la cabecera;                
una constelación, la que te guste;                 
todas son buenas, bájala un poquito.            

Déjame sola: oyes romper los brotes…                    
te acuna un pie celeste desde arriba              
y un pájaro te traza unos compases              
para que olvides… Gracias… Ah, un encargo:                      
si él llama nuevamente por teléfono            
le dices que no insista, que he salido.

*

El último poema compuesto por Edgar Allan Poe expone lo mejor de su escritura gótica.​

Annabel Lee

(fragmentos)

Hace muchos, muchos años
en un reino junto al mar
vivió una doncella que tal vez conozcas
llamada Annabel Lee.
Y esta doncella vivía sin otro pensamiento
que amarme y ser amada por mí.

(…)

Y por esta razón, hace mucho tiempo,
en este reino junto al mar
de una nube sopló un viento
que heló a mi amada Annabel Lee.
Y sus parientes de alta cuna vinieron
y se la llevaron lejos de mí
para encerrarla en un sepulcro
en este reino junto al mar.

Pero nuestro amor era mucho más fuerte
que el de aquellos mayores
o más sabios que nosotros.
Y ni los ángeles arriba en el cielo
ni los demonios debajo del mar
jamás podrán separar mi alma del alma
de la hermosa Annabel Lee.

Pues la luna nunca resplandece sin traerme sueños
de la hermosa Annabel Lee
y las estrellas nunca brillan sin que yo sienta los ojos radiantes
de la hermosa Annabel Lee
y cuando llega la marea nocturna, me acuesto justo al lado
de mi amada -mi amada- mi vida y mi prometida
en su sepulcro allí junto al mar
en su tumba junto al ruidoso mar.

*

Pero así como Poe habló de la muerte de la amada en tan maravilloso poema narrativo, llama la atención aquellas (en este caso) que en pocos versos se hablan de manera descarnada con la muerte, o sea con la vida.

Tal el caso de este último verso de “El viejo estoicismo”, escrito aproximadamente en 1936 por la inglesa Emily Brontë, más conocida por su narrativa que su poesía:

Mis días se acercan veloces al fin,
Y eso es todo lo que quiero.
En la vida y en la muerte, un alma
Con valor para resistir.

O este primer verso de “la enamorada”, de 1956, de la argentina Alejandra Pizarnik

esta lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra alejandra no lo niegues.

*

Finalmente, en la narrativa, así como la primera oración, también buscamos arcanos en la última parte del cuento o la novela, y la maestría de los narradores se va en estas puertas que se abren y se cierran o, mejor, se entreabren. El siguiente, por ejemplo, es el fragmento final de la novela El obsceno pájaro de la noche (1970) del chileno José Donoso, en el que, poco a poco todo va despareciendo, literalmente todo se va desvaneciendo. ¡Hermoso!

El viento dispersa el humo y los olores y la vieja se acurruca sobre las piedras para dormir. El fuego arde un rato junto a la figura abandonada como otro paquete más de harapos, luego comienza a apagarse, el rescoldo a atenuarse y se agota cubriéndose de ceniza muy liviana, que el viento dispersa. En unos cuantos minutos no queda nada debajo del puente. Sólo la mancha negra que el fuego dejó en las piedras y un tarro negruzco con asa de alambres. El viento lo vuelca, rueda por las piedras y cae al río.

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