Edwin Guzmán Ortiz

Edwin Guzmán Ortiz (Oruro, 1953). Poeta, ensayista y crítico. Ha publicado los poemarios: De/lirios (1985), La trama del viento (1993) y Juegos fatuos (2007). Tiene inédito el poemario Aura nómada (escrito en 2020), que se publicará en la antología que el autor prepara de su propia obra, intitulada Afilada luz, cuya publicación se anuncia para las siguientes semanas. “El Alba”, poema inédito hasta ahora, pertenece a dicho volumen.

El Alba

Venimos de todas partes
a la boca del alba
secreto centro donde la vida gesta
claroscuros dentro un útero solar

Liberadas las danzas y la música
liberados los dioses,
el alba
se alza desde su cuerpo imposible

Alba virgen
las sonajeras no cesan
los abrazos se multiplican
el ímpetu del advenimiento
siembran destellos en la comarca

Boca inmensa que devoras y regurgitas
la danza de la oscuridad
la música de la historia que se abre a la deriva:
la piedra   la cruz   el desvarío
                        confundidos en el grito

Al centro del carnaval
conversa la fe con la extrañeza
la memoria con la fábula
el sueño con la vigilia
el dolor con el resplandor desmesurado
de la dicha.

Caídas y derrumbamientos, reencuentro de edades
rostros que espejean la trapisonda de la memoria

Extraviarse es otro modo de encontrarse
nadie es alguien y todo es la suma de todos

Peina las crines de carnestolendas
la mano de Mama Cantila,
la música de las bandas talla
el perfil incurable de emociones
abrazadas a entrañables canciones

La careta empapada de entrada pende
gesticulante de la mano,
las exhaustas matracas no dejan de ritmar,
surca el bordado entre el tufo violeta
de las comparsas,
el júbilo es el corazón y la sed del instante

Anselmo Belarmino, resurrecto
se hunde en el fervor de las comparsas,
desde el subsuelo inmemorial
ascienden los mitos y cancelan
el tiempo tartamudo de los días
huele a socavón, cohetes,
maternal el evanescente bautismo de la khoa

Dilo Héctor Borda,
dilo hermano:

El sapo, la serpiente y las hormigas
permanecen callados en la noche de los tiempos,
sus escamas laceradas iluminan el alba
con la sangría de las almas
atrapadas en la alucinación de la música y la danza

Impías sacerdotisas de la noche
las doñas del sucumbé
encienden la mirada cercada por la penumbra,
corre el alcohol por las arterias del alba
exulta el gesto de los mortales.

Los devotos, los resurrectos
los idos, los lívidos y los irredentos,
los platilleros de la fanfarria,
los huérfanos del amor y disfrazados de olvido,
los satisfechos, autóctonos y gringos bandoleros
los reventados por la nada
los discretamente sobrehumanos
y sacrosantamente súbditos del extravío,
todos
todos cantan y resucitan en la noche convulsa

La fe y el abismo se funden
en un abrazo cósmico,
palabras a la deriva,
morenos que bailan la diablada
ángeles elevándose en vuelo de cóndor
coreografías del caos

Dicen las lenguas lo indecible:
el poema más alto en medio del bullicio.

Las bandas por fin son de todos,
el cuerpo danza todas las danzas posibles
ama y se revienta,
basta estar     comulgar
y abrirse al coro interminable del instante

Escamoteada la muerte
gobierna la algarabía y el reencuentro,
la desollada confesión 
la incontenible algazara
            maremágnum de rostros
                        melodías que abren las rutas del amanecer 

El alba disfrazada de lo otro
es también lo otro: la cara en la careta,
transparencia del tiempo
el mito mordiéndose la cola

            Cerca y definitivamente lejos,
   el hedor de los algoritmos
            la patraña del reloj
            el cabeceo alcahuete de las normas,
            dilo Octavio dí:

                         las máscaras podridas
                        que dividen al hombre de los hombres
                        al hombre de sí mismo

Garabatea en el cuaderno de la luz
           el dictado oscuro de la noche

La estrella de la mañana moja sus puntas en el rocío
yace la uterina noche pariendo al día,
las tubas anuncian
los primeros rayos del sol

A gatas asoma la luz,
se agazapa la oscuridad.

Cínicamente brota el día
            enceguece la canción de los dioses
                                      nada más queda decir ese instante

Leer un poema de Edwin Guzmán es un hecho gozoso aparejado de recompensa. La suya es una poesía donde pasión y razón conviven en un equilibrio que se percibe desde lo estético, sin que ello anule la secreta tensión que sus poemas comunican, porque lo que tienen para decir no puede expresarse con facilismo ni con artificio. Una voz auténtica como la suya, delata originalidad y no pasa inadvertida, por el contrario, deja una impronta indeleble en el lector que ha tenido la fortuna de cruzar el umbral de su universo poético.

La prístina presencia de sus palabras, cierto modo de acercarse al Ande y habitarlo desde la auscultación afectiva, de nombrar sus coordenadas y misterios, de intentar ser partícipe de sus secretos y configurar un mundo para ser vivido desde la palabra gestora y nómade que busca, crea y cree, logró que ya no podamos mirar el Ande o los intersticios de Oruro, del mismo modo después de haber leído poemas suyos.

Benjamín Chávez

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