Hace pocos días en Cochabamba se juntaron literatos, teatristas, músicos, artistas y muchos amigos para hacerle un homenaje al reconocido autor. Gran pretexto para recuperar partes de una larga entrevista perdida en las carpetas de proyectos pendientes.

Ramón Rocha Monroy, en diciembre de 2022, tras recibir un homenaje.
Martín Zelaya
Empezaremos con tu infancia, le planteo a Ramón Rocha Monroy, una vez sentados en su monoambiente en un céntrico edificio de Cochabamba. Y responde, presto y veloz, con una certidumbre admirable:
El 20 de febrero de 1950, un lunes de carnaval, yo nací muerto. Todas las enfermeras y el pediatra estaban borrachos. Dice que cuando llegó otro médico dijo “hay que salvar a la madre” y me dejaron a un lado. Luego de estabilizar a mi mamá, recién se dieron cuenta de que yo estaba respirando. Desde entonces cuando estoy jodido, siempre digo “si de recién nacido le he sacado la mierda a la muerte, ahora ¿qué me puede pasar?”.
Ya está el vino descorchado, la primera de muchas (¡muchas!) botellas que iremos bebiendo a turnos, directo del gollete, en las siete horas de conversación. Habíamos pactado la entrevista varios meses antes y nunca podía concretarse dada la calamitosa situación del país. Finalmente llegó el día. El 25 de agosto de 2020, poco después de habilitados los vuelos nacionales y relajadas las imposiciones del gobierno de facto que, con el pretexto de la pandemia, aprovechó más de la cuenta para dejar al país encerrado sin opciones de hacerse escuchar.
– Aparte de eso que, obviamente, te contaron tus familiares, ¿cuáles son tus primeros recuerdos?
– Mi familia era del MNR. Mi tío Germán Monroy Block fue fundador del MNR y ministro y por eso en 1953, poco después de la revolución, cuando ya vivíamos en La Paz, Víctor Paz Estenssoro vino a mi cumpleaños. Me acuerdo algunas imágenes de eso.
– Tu papá era paceño ¿no?
– Paceñísimo. Mi bisabuelo, José Rocha, fue el que hizo los planos de la catedral de La Paz.
– ¿Y cómo se conocieron con tu mamá?
– Por mi tío Rafael Monroy, que era intendente en Corocoro y se llevó a la Carmelita, mi mamá, a que viva con él. Ahí, cuando tenía 14 años se conoció con mi papá y él se la llevó a Tarija, donde nació mi hermano Enrique.
En eso estalló la guerra (del Chaco), mi papá se fue al frente y mi mamá se fue a La Paz como hija pródiga, con su wawa (…). Ellos se reencontraron mucho después del fin de la guerra, por eso mi hermano me lleva 17 años. Mi papá también era mucho mayor que mi mamá; él era de 1901 y ella del 13, si no me equivoco.
– ¿Tu mamá también era paceña? ¿De cómo entonces vos eres tan cochala?
– Sí, también de familia muy paceña. Lo que pasó fue que, por su actividad política, mi tío Germán, luego del colgamiento de Villarroel, se vino a Cochabamba porque asaltaron su casa y querían matarlo, se trajo a su mamá y su hermana y se compró una casa de campo en Villa Montenegro. De todas maneras, después volvieron a vivir por algunos años a La Paz, donde pasé mis primeros años.Mi mamá, ya mayor, luego de vivir 50 años en Cochabamba, aún no se podía acostumbrar y extrañaba La Paz.
– ¿De cómo volviste a vivir a Cochabamba?
– Nos vinimos para vivir en la casa de campo de mi tío, donde estuve hasta mis 16 años, cuando él tuvo que venderla y nos fuimos a un cuartito en Villa Galindo, un lugar muy humilde que fue mi escuela de vida.
Recuerdo que mi papá nos mandaba una remesa al mes y el día que llegaba íbamos a un restaurante donde yo me pedía siempre pollo dorado y una Coca-Cola. Era el único gustito del mes. Desde entonces, hasta ahora, prefiero comer afuera. Todos prefieren la cocina de la mamá, incluso sus nietos dicen “qué rico cocinaba la abuela”. No, cocinaba horrible (risas).
– ¿Cómo fue tu etapa de la escuela?
– Me inscribieron en La Salle, me dieron beca porque mi tío era ministro de Educación. Ahí los curas franquistas me “torturaron” durante los 12 años de colegio. Yo no era travieso, pero sí muy respondón. Tenía siete en todo y uno en conducta, por eso, aunque querían, no pudieron quitarme la beca.
Era un colegio de gente con plata. Mis compañeros ahora son personas con otro tipo de ideas y estilo de vida. Mis recuerdos de colegio son terribles, porque nada ahí coincidía con mis convicciones: todos eran enemigos del MNR, que en ese entonces era nomás izquierda; yo defendía la Reforma Agraria y el voto universal frente a unos ataques duros.
Cuando Barrientos dio el golpe, un cura entró al curso gritando “ha caído el Mono…”, y todos festejaron. Lo mismo ocurrió años después cuando lo del Che Guevara en Ñancahuazú, varios estudiantes de colegios católicos salieron en manifestación contra la guerrilla. Yo le encaré al director y me negué a ir a esa manifestación.
– ¿Cómo te acercaste a la lectura?
– Fue gracias a mi hermano [el también escritor Enrique Rocha Monroy (1933-2022)] que tenía una biblioteca fabulosa. Debió ser en 1962, cuando yo tenía unos 12 años, que decidió quemar naves y se fue a vivir a La Paz. Antes de irse me dijo: “te estoy dejando todos mis libros, a ver sacá ese”… y cuando lo agarré, se cayeron unas fotos porno y me dijo: “ve lo que puedes encontrar en un libro”… (risas).
Y entonces empecé a revisar, libro por libro y, claro, no encontré nada más, pero cada día veía el estante y primero me sabía la ubicación de cada libro, luego empecé a leerlos. Mi madre era muy piadosa y jodida, y me controlaba, entonces yo agarraba mi policopiado grande de Geografía y al centro ponía, digamos, Lolita, de Nabokov. Como tenía que cerrar y ocultar los libros a cada rato, cuando ella se acercaba, me quedé con la costumbre de no usar separadores, siempre me acuerdo en qué página me quedo. Luego, como sabía que me gustaba leer, mi hermano me mandaba desde La Paz los libros del boom: Rayuela, La casa verde, La ciudad y los perros… Al principio yo los leía casi por obligación, pero no los entendía un carajo.
Me daba la impresión de que mientras otros “se divertían”, yo me pasaba leyendo, me pasaba la vacación con un libro bajo el brazo. Años después ese recuerdo se me figuró como la imagen de que la vida es un río en el que la gente se baña, pero al que tú tienes miedo hasta de meter el dedo gordo; prefieres estar en la orilla… pero me di cuenta de que después, me zambullí nomás.
– ¿Cómo elegiste estudiar Derecho?
– Yo me consideraba un “intelectual”, por decirlo así, y Derecho era la única carrera de cultura general. García Márquez, Vargas Llosa… muchos escritores fueron abogados. Es más más, el título entonces era “licenciado en Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales”, lo cual no era real, aunque abarcaba más que ahora. Yo leí las obras completas de Marx y Lenin, tal vez no por exigencias de la materia, pero al menos te daban las pautas y ya dependía de cada uno.
– ¿Y cómo fue tu vida particular mientras estudiabas?
– Me casé apenas salí bachiller, a mis 19 años. Y tuve tres hijos, el mayor de los cuales ahora tiene 50 años y se podría decir que es casi mi contemporáneo. Así que tuve que trabajar duro. Me casé con una millonaria, pero a los pocos días, en una fiesta y envalentonado por la chicha (risas) le dije a mi suegro: “yo no quiero nada de usted, porque usted es un explotador”. Era un terrateniente.
– ¿Y en qué trabajaste?
– En todo lo que podía. Fui secretario de un colegio, y entre otras cosas me tocaba repartir las papeletas de pago, y descubrí que había muchos que tenían doble papeleta para recibir dos pagos.
En esa época empecé a hacer política y como era justo en la dictadura de Banzer me torturaron y me confinaron a Tarata, donde varios profesores que hacían su año de provincia me cuidaron durante casi un mes. Luego mi hermano me consiguió un cargo mejor pagado, de amanuense de un notario en una mina, y al tiempo me dieron el cargo de notario, pese a que todavía no tenía título. Recién años después di mi examen con una tesis que ganó el Premio del Sesquicentenario del Concurso Franz Tamayo: La teoría de la liberación.
– ¿Cómo fue tu apego por la crónica gastronómica, más allá de que me imagino que siempre fuiste “buen diente” como todo cochabambino?
– Para ser honestos, todo empezó a fines de los 90 cuando Walter Chávez me invitó a hacer una columna de crónica gastronómica [en El juguete rabioso], y hasta me dio el título de “Crítica de la sazón pura” que, entonces yo no lo sabía, ya había sido usado antes en Perú.
Pero ya antes era conocedor y frecuentador de restaurantes y puestos de comida y siempre me gustó leer libros sobre gastronomía. Por ejemplo, justo por esos años salió Elogio de la berenjena, de Abel González, un extraordinario escritor y periodista argentino. Ahora soy más cronista gastronómico que escritor.

– ¿Y se te da cocinar?
– ¡No! No sé ni freír un huevo. Me interesa la cocina desde la literatura, desde la posibilidad de transmitir el placer vicario de cuando se te hace agua la boca al probar algún platillo.
– ¿Cuándo te diste cuenta de que ibas a ser escritor, o de que querías al menos intentarlo?
– En muchos momentos yo dudaba… incluso luego de haber publicado. “¿Será que seré escritor?”. Un lector puede ser eso: lector, bueno o malo; pero un escritor sí tiene que ser un buen lector. Y eso fui yo: leía tanto que me di cuenta de que en cierto momento ya leía los libros “desde adentro”, siguiendo el ritmo que le daba el escritor con su puntuación o, a veces, como que corrigiéndolos. Incluso tras ganar el Premio Franz Tamayo, y aunque ya tenía cuentos publicados, algunos de los jurados me aconsejaron que no me meta en la ficción.
Desde este momento vienen muchas preguntas específicas sobre los principales libros que Ramón publicó a lo largo de cinco décadas. La entrevista fue parte de la documentación para un ensayo biobibliográfico de un libro aún en construcción (ya van cinco años, y contando).
Eso no viene a cuento. Ahora que veo el documento en Word, son once páginas de pregunta y respuesta que me costó muchos días de transcripción. Veamos si pillo algún pasaje más que vaya a tono con lo “bio”, que para lo “bibliográfico” ya habrá ocasión.
– Eran los años 80, apenas recuperada la democracia. ¿Cómo fue tu vida en aquellos años en el plano personal y laboral?
– Muchos dicen ahora, porque soy muy activo en Facebook, que recién me he vuelto político, pero yo hice política desde colegio. He peleado por la UDP, he estado activo durante la recuperación de la democracia, he estado en cargos altos, como de secretario general de la universidad, y, como se dice, con mi mujer a cuestas, a quien le habría ido mucho mejor si se atenía a su papá, que era una persona con mucha plata. Pero ella prefirió seguirme, incluso durante el golpe de García Meza, cuando me fui exiliado a México. No por capricho o por escapar, sino porque me perseguían los paramilitares, los mismos que me torturaron durante la dictadura de Banzer.
Y luego, cuando cayó la dictadura y me llamaron los compañeros, pese a que aún no se había dictado la amnistía, ella quería quedarse, pero a pesar de todo, se volvió conmigo.
Mi primera mujer tuvo una existencia muy dura hasta 1985, cuando nos separamos. Y bueno, hay que decir que también los hijos, que por muy pequeños que sean, sufren mucho cuando hay inestabilidad.
– Cuéntanos de esa tu primera etapa en México
– En México estuve hasta el 82, y sobre todo al principio, caminábamos de arriba abajo con René Bascopé Aspiazu, buscando trabajo. Un día un exembajador de Bolivia, Mario Guzmán, nos mandó al periódico Ovación. Cuando entramos a hablar con la directora, una mujer imponente y de carácter, era Ángeles Mastretta.
Nos envió a la revista Su otro yo, que era una especie de Playboy mexicano donde empezamos a vender cuentos eróticos.
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