
El maestro Erasmo Zarzuela posa ante sus obras.
Benjamín Chávez
Observar la obra de Erasmo Zarzuela (Oruro, 25 de noviembre de 1943), es sumergirse en una experiencia estética que rebasa lo visual. El entramado cromático es, sin duda, el detonante de esa inmersión que nos hace avanzar hacia profundidades maravillantes y recónditas. Es también la composición de sus cuadros la que nos atrapa y suscita vivencias, remembranzas y vislumbres en una secuencialidad que se torna cíclica, que termina por envolvernos y de la que resulta difícil sustraerse.
Siempre admiré su arte, desde la primera vez que pude conocer su obra allá en el Oruro de finales de los años 80, hasta la más reciente cercanía temporal, porque Erasmo no ha dejado de pintar prácticamente nunca. Sólo sé de un período de pausa, que duró pocos meses, cuando siendo muy joven, recién egresado de la universidad, tuvo la oportunidad de ver detenidamente, día tras día y con intensidad inusitada, la obra de los maestros expresionistas. Fue entonces cuando sintió tambalear su vocación apabullado por la maestría de lo observado, pero supo reponerse pronto y, acudiendo a la fuente primigenia de su relación con los colores y los pigmentos, retomó la misión colorista que la vida le tenía deparada. Esa fuente primigenia, ese primer contacto con el universo de las posibilidades del arte, se dio en la niñez, cuando sus padres tenían un negocio de venta de anilinas en el mercado Fermín López, en el que Erasmo aprendió a conocer una de las materias constitutivas del universo, de su universo personal que, con mano maestra y lúcida mirada, logró construir hasta erigir un mundo propio reconocible y digno de admiración por su originalidad y contundencia.
Nuestra amistad data de esa época y se fue nutriendo a lo largo de los años porque desde entonces compartimos la labor de hechura de este suplemento. Antes, incluso, ya habíamos colaborado en El Faro, suplemento cultural publicado entre 1993 y 1995, donde las ilustraciones de Erasmo aparecieron por primera vez en la edición número 5, correspondiente al domingo 7 de noviembre de 1993, es decir, coincidiendo con la realización del Primer Convite del Carnaval que se realizaría al año siguiente. En esa edición, se publicaron reproducciones de varios cuadros de Erasmo, una serie de caretas de diablo, junto a la obra de otros destacados pintores orureños como Valerio Calles, Raúl Lara y Jaime Calizaya.
En la siguiente edición de El faro, la del domingo 21 de noviembre de 1993, un dibujo de Zarzuela ilustró la portada del suplemento, como un primer anuncio de lo que, tiempo después, ya desaparecido ese suplemento y con el advenimiento de El Duende, sería una constante; sus ilustraciones de portada como un sello identitario de este suplemento.
El compromiso de Erasmo con la publicación de El faro fue constante y regularmente aparecían ilustraciones suyas, hasta que casi un año después, en septiembre de 1994 y con motivo del aniversario de la Fundación Cultural FEPO, que auspiciaba el suplemento bajo la dirección del Ingeniero Luis Urquieta Molleda, se publicó un afiche de su autoría a doble página con motivos, cómo no, referidos al Carnaval de Oruro.
Luego, tras el cese de publicaciones de El faro y la aparición de El Duende en abril de 1995, Erasmo Zarzuela consolidó su activa participación en el suplemento cuando, desde junio de aquel año, pasó a formar parte del consejo editor del suplemento y, ya para mediados de 1999, sus ilustraciones eran muy frecuentes en las portadas dominicales. Fue aproximadamente un año después que Zarzuela asumió la responsabilidad de realizar las portadas de El Duende que, desde entonces, aparecen en todas las ediciones, salvo raras excepciones.
En febrero de 2009, la Fundación Cultural ZOFRO y Plural editores, publicaron la Obra Gráfica de Erasmo, en un libro que abarca su obra desde 1964 hasta 2008. Allí, agrupados por ejes temáticos, los dibujos de Erasmo se ocupan de obsesiones suyas como las máscaras de carnaval, la morenada, los músicos, los toros y, entre ellos, los duendes que fue creando para este suplemento. La aparición de esta publicación significó el reconocimiento generalizado de que el “maestro del color”, como lo llamaba muchos críticos y colegas pintores, fue también y desde siempre un excelente dibujante. En dicho libro, las diferentes secciones van acompañadas por comentarios valorativos de muchos especialistas y entendidos en el arte.
La labor de Erasmo dentro de El Duende también fue protagónica con motivo de la exposición retrospectiva que se realizó en el Club Oruro en julio de 2012, al conmemorarse las 500 ediciones del suplemento. En esa ocasión, se mostraron muchas de las ilustraciones del maestro Zarzuela que a lo largo de los años ilustraron las portadas de la publicación. Se expuso también muestras significativas de las diferentes secciones del suplemento y obras expresamente hechas por Zarzuela para tal ocasión. Largos lienzos de gran formato donde trazos en negro y azul mostraban una vez más la excelencia del trabajo del maestro, así como también una exquisita escultura de un duende sentado hecha en escayola. Esa misma exposición fue presentada en La Paz, en el marco de la XVIII Feria Internacional del Libro en 2013.

Además de su estrecha labor colaborativa con El Duende, o quizás por eso mismo, Erasmo Zarzuela mantuvo un trato cercano con escritores y otros artistas de diferentes especialidades en Oruro. Así, fue acaso el único pintor invitado a participar en las reuniones de la Unión Nacional de Poetas y Escritores (UNPE) en más de una ocasión. Fruto de esa amistad y las afinidades en cuanto a visiones estéticas, Erasmo trabajó junto a escritores en la publicación de sus libros. Fue así como, por ejemplo, ilustró mi libro Con la misma tijera (Oruro, 1999), mi segundo poemario publicado.
Así han ido pasando los años, muchas cosas han cambiado, pero algo se mantiene constante, esto es, la presencia militante de Erasmo Zarzuela en las ediciones de este suplemento y en la amistad de todos quienes admiramos su arte.
A pesar de todo, quizás la imagen más entrañable que conservo de Erasmo Zarzuela es la del primer convite del carnaval de 1999, es decir, la del primer domingo de noviembre de 1998, cuando lo vi bajar por la avenida Villarroel y doblar hacia la avenida 6 de Agosto bailando morenada, vistiendo el traje para tal ocasión: sombrero negro de fieltro, poncho de vicuña sobre camisa blanca, pantalón y zapatos negros. Portaba, además, no recuerdo si una matraca de quirquincho o un pequeño bastón de mando; lo que sí recuerdo es que me bastó verlo para quedar impactado por un fulminante rayo de revelación e instantáneamente me hice una pregunta con incisiva urgencia ¿por qué yo no había bailado nunca en el carnaval? Pocas semanas después, gracias a ese momento epifánico, me incorporé a la morenada, contando con su “aval” como miembro destacado de la comunidad cocani pues, su padre, don Donato Zarzuela Baltázar, había sido uno de los fundadores de la Morenada Central en 1924. Pero esa es ya otra historia. Baste aquí, y ya para terminar esta breve nota evocadora de la ineludible presencia de Erasmo en Oruro, en El Duende y en tantos otros ámbitos, repetir en tono celebratorio las palabras de Gerardo Yañez el compositor de la emblemática morenada “Mantilla de vicuña”: Erasmo, ¡Dios bendiga tu arte!
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