Eduardo nos manda, desde Manhattan, dos poemas inéditos que aparecerán en su proximo libro, y también, “Vitral con Altiplano”, un poema que pertenece a su libro Vitrales de la memoria (Pre-Textos, 2007), evocando lejanos recuerdos orureños.
De Lapallapan
¿Sin este lago, adónde iremos?
ADRIÁN QUISPE
El lago Poopó, espejo
de nuestros ancestros,
mesa a lo largo de nuestras vidas,
años cercado por la sequía,
sorbido por el sol sediento
como una gotita de agua
acaba de desaparecer.
No volverá con las lluvias.
Marsella
¡Oh voz de la ciudad, voz de la madre!
HÖLDERLIN
Marseille, Marsella, qué privilegio
decir tu nombre
en tu lengua y la mía,
y caminar por primera vez
entre tus gentes, tus calles,
puertos y orillas.
No lo aprendí en la escuela
sino de labios de mi madre
que al contarnos su travesía
de Belén a Bolivia, nos decía:
“Entonces, Marseille, hijos, Marseille,
y luego París tan linda
y después un barco enorme
en un puerto que ya no recuerdo”.
Subo temprano a la cima
coronada por tu basílica,
observo en la penumbra
sus arcos y columnas
vivos como una cebra,
y a la Virgen y el Niño
hace tiempo bronceados
bajo tu espléndido sol.
Solo les pido salud
y culminar bien esta ofrenda.
El círculo de la esplanada:
observatorio ideal
para tu horizonte de cerros,
colinas y pinares,
y nubes que se vuelven velas
bajo tu cielo íntimo
como un nadador
zambulléndose despacio en el mar.
Y una tarde, ensenadas del asombro,
música para los ojos tus aguas
azulinas, celestes, esmeraldas…
Y labradas por el tiempo,
por la lluvia y el sol pintadas,
tus rocas majestuosas:
dioses pálidos que no pasan.
En víspera de la partida,
paseo por tu Puente Viejo,
miro las barcas de los pescadores
quietas bajo la alta noche.
Recia como una gran ola resuena
la algarabía de jóvenes
inocentes o ajenos
a los barrios del hambre
atados a la sombra y la droga.
De pronto, escucho cada vez más cerca
millares de voces migrantes,
bandadas de nombres y apellidos
que aletean como gaviotas
buscando las costas de otros labios,
y contemplo abrazos de bienvenida,
manos y pañuelos que se agitan
enjugando las lágrimas de los adioses,
y junto a su esposo en la cubierta,
lista para desembarcar, de paso por ti
hacia un rumbo desconocido
la adolescente palestina
amamantando a su niño
bajo las atónitas estrellas.
Marseille, Massalia, Marsella,
madre de mar y roca,
seas en todas las eras
y en todas las lenguas.
Vitral con Altiplano
Se apagan las luces de Manhattan.
Contemplo largamente la oscuridad,
la memoria restaura al azar
un vitral de la infancia:
Y he aquí que vamos allá
por la claridad azul del Altiplano
mi hermano Antonio y yo
sentados atrás
en la parrilla de dos flamantes
bicicletas Raleigh.
Nos conducen diestros,
sorteando baches
y corneadas del viento,
don Luis Bustillos y tío Carlos.
Pedalean veloces,
sacándoles chispas a los pedales
hasta dejar atrás el pasado,
darle alcance al presente
y pasar junto a estas imágenes.
Y bajo un campanario de nubes
el prometido paraíso del viaje:
los baños termales de Capachos
y un festín de habas al promediar la tarde.
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