Memoria de un encuentro, en la primavera de 2010, con Eduardo Mitre en Cochabamba.
Benjamín Chávez

Ayer, apenas el sol nos dio la espalda, entramos en un bar desierto que, de a poco, se fue llenando de palabras. Acudieron a beberse de un trago el vacío interestrófico donde a veces suceden los días.
Un abrazo fraternal nos sale al encuentro desde el fondo del recuerdo, cuando, por fin, en Cochabamba –luego de habernos visto una vez en Sucre y otra en La Paz, acaso con una década de distancia entre uno y otro encuentro– podemos platicar largamente, paréntesis de pausa, regalo de los dioses.
La mesera, amiga tuya de otro tiempo, te saluda jubilosa de verte nuevamente y trae tu bebida favorita con el deseo de que la estancia sea larga. Mientras se aplastan las colillas y buscamos otro cigarrillo te agradezco, en silencio, tanta imagen, tanto rigor, tanto prodigio.
Por la ventana, como un vitral, vemos que la nieve de la ausencia se ha derretido y el prado vuelve a poblarse de animalillos sedientos. Me dices que en Nueva York, a veces, llueve a cántaros y el paraguas es tu jardín portatil porque crece, aflora, bajo la lluvia.
Tras el primer trago de vino en tu compañía vuelvo a ser el joven de 23 leyendo El peregrino y la ausencia, doble deslumbramiento ante la página y el altiplano que la ventanilla del bus me muestra en un viaje hacia Oruro (poemario que había comprado en Los Amigos del Libro en La Paz), y los recuerdos me salen al paso, como a ti en el metro, de estación en estación neuyorquina.
La poesía, la convidada de siempre, en el centro de la mesa prueba nuestras copas, mientras la horas pasan o se quedan pronunciando un rosario de adioses y reencuentros, palabra a palabra, hasta el fondo mismo del tiempo.
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