Las academias de la lengua y el estado de la literatura. Observaciones dispersas sobre la cultura contemporánea

Discurso leído por su autor en el acto de celebración-aniversario de la Academia Boliviana de la Lengua (25 de agosto de 2023)

H. C. F.  Mansilla

Desde épocas muy remotas el ser humano ha intentado regular y hasta embellecer el idioma de su sociedad respectiva, sobre todo en los ámbitos gubernamental y religioso. La primera civilización que surgió hace cinco mil años, la sumeria, ya contaba con escuelas, en las cuales se aprendía la escritura correcta y algo de contabilidad. Y paralelamente existía una escuela mayor, una especie de institución supervisora, que tenía la función de una normalización lingüística, con el objetivo explícito de uniformar la escritura sumeria, corregir los errores, obtener una concordancia terminológica y evitar modismos y expresiones de uso marcadamente local. Al igual que en la actualidad, los sumerios pretendían que sus mensajes y textos fuesen comprendidos por grupos sociales más o menos amplios. Esto se conseguía y se consigue aún hoy evitando pronunciaciones y modismos que únicamente son entendidos en círculos restringidos. Desde un comienzo se pudo constatar que este propósito no representaba una imposición autoritaria para favorecer solamente a un sector privilegiado de hablantes, sino un procedimiento racional con una intencionalidad que hoy en día, con algunas reservas, podemos calificar como democrática. Las regulaciones lingüísticas que en el presente llevan a cabo las academias tienen como resultado una comunicabilidad acrecentada con respecto a nuestros conocimientos, anhelos y aversiones y hasta una mayor comprensibilidad del mundo que nos rodea, pues la normalización lingüística promueve un intercambio más eficiente de informaciones.

En la actualidad esta normalización lingüística – una de las funciones centrales de las academias de la lengua – es severamente criticada en el campo académico y universitario. El respeto a la diversidad ideológica y política, una de las conquistas más preciadas de la tradición liberal y racionalista, sirve ahora como excusa para defender particularismos de relevancia muy secundaria y para legitimar la concepción de que la identidad nacional o regional estaría fuertemente vinculada a la resurrección, a menudo artificial, de dialectos y modismos, que son considerados como baluartes de una esencia cultural y de un legado histórico muy valiosos, amenazados hoy en día por los avances del imperialismo cultural de Occidente. Esta tendencia concuerda con las corrientes postmodernistas y relativistas de las ciencias sociales y la filosofía, que actualmente se consagran al culto de lo secundario y lo frívolo, como lo constató el notable ensayista George Steiner.

Desde los tiempos de la Grecia clásica las academias han sido centros intelectuales donde se combina la investigación científica con el intercambio cultural y las labores pedagógicas. Por ello es que estas instituciones eligen a sus miembros mediante procedimientos meritocráticos. Así se concibió en 1635 la fundación de la Academia Francesa (Académie française), la primera de su género en tiempos modernos, patrocinada por el cardenal-duque de Richelieu y el rey Luis XIII. Es hasta hoy una asociación de eruditos, una de las instituciones más antiguas y de más prestigio de la vida cultural francesa. Según su estatuto, su labor primordial consiste en regular y perfeccionar la lengua francesa mediante la publicación de diccionarios y gramáticas. Ha servido de modelo a todas las otras academias de la lengua. Hay que mencionar, sin embargo, que algunos de los escritores más ilustres que ha tenido Francia, no han podido ingresar a la academia, como Molière, Pascal, Diderot, Rousseau, Balzac, Stendhal, Flaubert, Baudelaire, Zola, Sartre y Camus, entre muchos otros. Esto ha sucedido igualmente en todas las academias a nivel planetario. Y esto, por supuesto, nos sugiere apreciaciones críticas acerca del procedimiento de auto-recrutación de las academias y de la mentalidad que a veces prevalece en ellas, muy reacias a ponerse a sí mismas en cuestionamiento y a examinar creaciones novedosas. Digo a propósito examinar y no aceptar acríticamente cualquier aparición de fenómenos culturales, pues la mayoría de ellos exhibe una mediocridad alarmante, aunque siempre emergen astutamente con el halo de lo nuevo, valioso y original.

En 1713 se estableció en Madrid la Real Academia Española por iniciativa de un ilustrado influido por la filosofía francesa de las luces, Don Juan Manuel Fernández Pacheco y Zúñiga, duque de Escalona y marqués de Villena, institución que desde entonces ha realizado un trabajo muy encomiable mediante la labor de mecenazgo y por medio de los diccionarios y muchas otras publicaciones. Todas las otras academias latinoamericanas son correspondientes de la Real Española. Desde 1951 existe la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), que realiza una loable función de coordinación y difusión y a la cual pertenecen las academias de España, América Latina, Estados Unidos, Guinea Ecuatorial, Filipinas e Israel.

En 1927 se fundó en La Paz la Academia Boliviana de la Lengua, por iniciativa de Víctor Muñoz-Reyes, Francisco Iraizós y Rosendo Villalobos y con la colaboración del entonces Presidente de la República, Hernando Siles. Nombraré solamente a los académicos que se destacaron en los primeros tiempos de nuestra institución: Alcides Arguedas, Casto Rojas, Juan Francisco Bedregal, Eduardo Diez de Medina, Gregorio Reynolds, Fabián Vaca-Chávez, Gustavo Adolfo Otero, Carlos Medinaceli, Alberto Ostria Gutiérrez, Adolfo Costa du Rels, Roberto Prudencio y Monseñor Juan Quirós, entre muchos otros. Quirós, un sacerdote dedicado profesionalmente a la crítica literaria y a la difusión de los buenos libros, fomentó los proyectos intelectuales más diversos de una manera generosa, decidida y perseverante. Él dirigía, además, una revista propia, Signo, y el suplemento dominical-cultural del periódico más importante del país en aquella época, Presencia Literaria.

El historiador y diplomático Humberto Vázquez-Machicado (1904-1957), quien también fue miembro de esta corporación, nos ha dejado un estudio muy interesante en torno a los años formativos de la Academia Boliviana de la Lengua (“Nacimiento y vida de la ABL”), que fue republicado en los ANALES de nuestra casa del saber en 1990.

La corporación boliviana también se comprometió, como designio primordial, a regular y perfeccionar la lengua. Siguiendo la usanza celebratoria, muy difundida en el ámbito español y latinoamericano, Vázquez-Machicado nos habla de la “hidalga tradición hispánica” y de “los altos ideales culturales” que habrían determinado la vida de las academias de la lengua. En contraposición o, por lo menos, en complementación, aquí deseo mencionar someramente algunos aspectos problemáticos que afectan las actividades de estas instituciones. En lugar de una crónica de fechas y nombres, lo que es bastante tedioso y además puede consultarse en numerosas fuentes electrónico-digitales, me parece más adecuado un breve recuento de las situaciones conflictivas recurrentes que afectan a las academias de la lengua. Estas tensiones son, por otra parte, intelectualmente muy productivas y por ello no deberían ser descartadas de antemano. El lema de la Real Academia Española: “Limpia, fija y da esplendor”, nos brinda el primer indicio de estas disidencias. Limpiar y fijar son actividades que se enmarcan en el ya mencionado prescriptivismo lingüístico, mientras que el esplendor cultural se consigue únicamente por medio de las grandes creaciones de la literatura y la filosofía, cosa imposible de regular mediante procedimientos institucionales.

Estamos ante una constelación signada por ambivalencias y ambigüedades, algo muy habitual en la cultura humana de todas las latitudes. Pero al público, en general, no le gustan las ambivalencias y las ambigüedades, es decir: la contraposición de dos valores y dos orientaciones distintas en el seno de un mismo fenómeno. Los seres humanos prefieren escuchar certidumbres, por más insignificantes que sean, y detestan oír dudas y cuestionamientos y, por supuesto, todo aquello que difiere de las corrientes intelectuales del momento. Por ello menciono un asunto personal. En julio de 1987 ingresé a la Academia Boliviana de la Lengua como miembro de número, que es uno de los honores más altos que he recibido hasta ahora. El tema de mi discurso de ingreso fue la naturaleza ambigua y ambivalente del legado hispano-católico de la era colonial. En mi modesta opinión, esta tradición resultó brillante y productiva en el arte y en las pautas de comportamiento de la clase alta hasta la independencia (1825), pero fatalmente negativa por generar la cultura política irracional del autoritarismo, centralismo y burocratismo, lo que perdura vigorosamente hasta hoy. Intenté mostrar cómo esa ambigüedad puede ser analizada a la luz de los conocimientos contemporáneos en ciencias sociales y en cuál grado afecta hasta hoy la vida pública y privada del país.  En ese lejano año de 1987 mi discurso molestó a la audiencia que me escuchó en el recinto de la Academia de Ciencias, lo que probablemente ocurrirá también hoy y aquí.

Desde la misma fundación de la Academia Francesa en el siglo XVII se ha podido observar que en estas corporaciones conviven al menos dos tendencias: los creadores y los lexicógrafos. Los primeros se dedican al cultivo de la poesía, la novela, el relato y el ensayo, mientras que los segundos se consagran al análisis del vocabulario. Algunos creadores sostienen que los lexicógrafos generan un trabajo de registro y estudio de las voces, modismos y giros, sobre todo del presente inmediato, labor que tendría un carácter técnico y, por lo tanto, subalterno. Esta ocupación estaría a menudo restringida a escudriñar y aceptar palabras y giros provenientes de las capas sociales con un menor nivel educativo y de los sectores juveniles. Todo esto adoptaría un aire de progresismo político a la moda del día, pero no garantizaría a largo plazo la calidad de esas innovaciones dialectales. Estas últimas poseen frecuentemente un aura de juventud, espontaneidad y originalidad, pero no dejan entrever un verdadero avance cultural en los modos sociales de expresión, sino, casi siempre, un cierto empobrecimiento en la facultad humana de expresar claramente sentimientos e ideas.

Algunos creadores temen también que las academias, sobre todo en América Latina, Guinea Ecuatorial y Filipinas, se transformen en juntas de lexicógrafos, que, a largo plazo, podrían menoscabar las tareas creativas. Algunos lexicógrafos, a su vez – como innumerables lectores en la actualidad –, observan que los escritores contemporáneos de novelas y relatos se ocupan principalmente de temas frívolos o sórdidos y de fomentar estilos deliberadamente descuidados y provincianos.

Esta es la propensión general de una buena parte de la literatura latinoamericana que se ha consagrado a la temática del bajo mundo y ambientes conexos, creyendo descubrir en ellos la esencia profunda, muy profunda de la vida humana y del orden social. Los escritores adscritos a esta corriente han sufrido la influencia de un existencialismo depurado de toda reflexión racional, lo cual los libera asimismo de casi toda consideración ética. Simultáneamente se ejercitan con incansable fervor en la admiración de dioses celosos de un culto estricto – James Joyce, William Faulkner, Louis-Ferdinand Céline y Juan Carlos Onetti –, que han decretado las técnicas y los estilos literarios de una buena parte de la literatura del presente. El lenguaje tiene que irradiar necesariamente una atmósfera de embriaguez, libertinaje, desafuero y disipación, pues sin esto no sería auténtico.  Afirmo que se trata de un culto estricto – y por ello conservador y convencional – bajo las apariencias de una renovación juvenil, espontánea e iconoclasta, porque el carácter general de esta literatura reproduce la estructura que se les reprocha a las obras clásicas: un contenido pobre y rutinario enmarcado en un respeto severo a las formas y a los estilos de expresión.

Numerosos textos de las literaturas latinoamericana y boliviana están repletos de alusiones a los maestros del mencionado culto estricto mediante guiños explícitos, pistas implícitas, modificaciones inesperadas de los tiempos en el interior de cada narración, acertijos aparentemente ingeniosos, oscuridades premeditadas, imprecaciones irreverentes, monólogos interiores interminables y demás artilugios que han transformado a la literatura en una mera tecnología. En el futuro programas computacionales permitirán seguramente elaborar novelas de este tipo, en las cuales sólo subsistirán vagas reminiscencias del mundo real. Así se prescindirá de los autores, quienes, después de todo, han hecho todo lo posible por desacreditar su función de creadores. Las temáticas de muchas obras literarias contemporáneas, que siempre están acompañadas por un enorme despliegue publicitario como novedosas y adecuadas a nuestra época, ya fueron pensadas en épocas pasadas, quizá en un lenguaje algo diferente. Las editoriales de nuestro tiempo han coadyuvado a establecer una especie de tiranía de la novedad: encumbran por un tiempo a autores mediocres y ensombrecen a aquellos talentos que merecerían un destino mejor. Todo ello ocurre por obedecer a modas circunstanciales que prometen prestigio intelectual y réditos económicos. Como conclusión se puede aseverar que hay mucho de impostura en el terreno de la creación literaria, como ha sido el caso en todos los tiempos.

Contra esta opinión se puede señalar que estas obras del presente tratan de mostrar la tensión entre los distintos niveles de la realidad y la existencia autónoma de una dimensión que se resiste a las constricciones del “orden burgués”. Y por ello esta literatura estaría obligada a usar un estilo crapuloso, formado casi exclusivamente por la permanente procacidad de adultos fracasados y el descaro de adolescentes desorientados. Mario Vargas Llosa, quien ha acuñado el término “estilo crapuloso”, lo ha defendido en el caso de Onetti, afirmando que “no es una técnica literaria, un afeite formal llamativo del discurso literario: es la sustancia misma de que está hecha la vida humana”. Nada menos… Esta afirmación, insostenible desde muy variadas perspectivas – por ejemplo desde la propia obra de Vargas Llosa –, se debe a la admiración excesiva que este autor tuvo por la narrativa de Juan Carlos Onetti. Estos escritores exitosos del momento no practican el sabio consejo de Jorge Luis Borges: la obligación más noble de la literatura es aligerar una oración pesada o mitigar un énfasis.

Creo que necesitamos otro tipo de literatura. Lamentablemente las academias de la lengua no la promoverán por desidia o por desconocimiento de las pocas posibilidades existentes, lo que ennoblecería su quehacer.. Quiero dar dos ejemplos de literatura provenientes de dos culturas y dos tiempos muy lejanos a nosotros. Ellos nos pueden dar una pista de lo que se ha perdido en la producción literaria del presente y de lo que se debería recuperar.

El primer caso se refiere a la producción de los diletantes, aquellas personas que no fueron literatos profesionales y que rara vez acudieron a una universidad. Theodor W. Adorno afirmó que los diletantes tienen el mérito de suspender la división habitual del trabajo. Su independencia produce el enojo de los que tienen que permanecer en profesiones bien definidas y por ello altamente delimitadas, lo que empobrece su percepción del mundo. Uno de los diletantes literarios más exitosos y más interesantes ha sido el Don Juan italiano Giacomo Casanova (1725-1798), quien hizo en sus Confesiones (también denominadas La historia de mi vida) un inventario de sus viajes, aventuras y encuentros con celebridades, pero también una especie de registro poético de las mujeres que sedujo. Pese a la crítica feminista, esta obra resulta algo más entretenido y atrayente que la masa de las novelas y los relatos publicados en las últimas décadas. La fama de las Confesiones se debe, por supuesto, a la crítica social, a las observaciones punzantes sobre asuntos políticos y a su certero diagnóstico sobre la declinante autoridad intelectual y moral de la Iglesia católica, observaciones que se encuentran – de modo disperso y literariamente muy eficaz – colocadas entre una aventura galante y otra. Curiosamente Casanova interpretó todo el orden social desde el brillo de los salones aristocráticos y la seda relumbrante de las grandes damas, pero ello no representa un punto de partida desacreditado o inaceptable. No creo que las obras que surgen desde la penumbra laboriosa de los cubículos universitarios y la existencia gris de la mayoría de los escritores actuales sean más importantes y estén mejor escritas. Este diletante pintó un panorama veraz y fiel de su época, tan similar en sus simpatías y en sus vicios al tiempo actual. Hay pocas cosas tan difíciles de soportar como una descripción sincera y verídica de una sociedad. De ello, en realidad, proviene la mala reputación de Casanova.

El segundo ejemplo es el Réquiem de la eximia poetisa Anna Ajmatova (1889-1966), cuya vida fue un ejemplo trágico de la desesperanza que caracterizó a la Santa Rusia en la primera mitad del siglo XX. Con su estilo elegante y lacónico y por ello doblemente emotivo y persuasivo, Ajmatova relató en el Réquiem un encuentro fugaz con otra prisionera en los sótanos de una cárcel. Esta última, una mujer al borde de la muerte por el maltrato y las dolencias, le preguntó si podía describir esa terrible constelación y salvarla para la posteridad, es decir para evitar que el olvido eterno y las sombras de la historia eliminaran definitivamente la memoria del sufrimiento y del abandono en que se hallaba una buena parte de la población bajo el régimen stalinista. Cuando Ajmatova asintió, una leve sonrisa iluminó lo que quedaba del rostro de la pobre mujer.

Se puede preservar un sentido de la vida humana si alguien deja un testimonio fehaciente del dolor de toda una generación, como lo hizo Ajmatova al cantar lo que sucedía durante la noche del terror y la inhumanidad, que las crónicas oficiales tratan hasta hoy de encubrir y mitigar. La gran poetisa tuvo el valor de recordar e inmortalizar literariamente aquel tiempo del desprecio por el individuo, cuando se quebraron – dice ella – las “rutinas de la civilización” y cuando unas “sombras burocráticas” decidían arbitrariamente sobre la vida y la muerte de las personas en los oscuros e inaccesibles corredores del poder supremo. En la Rusia del siglo XX Anna Ajmatova pensó que su producción poética serviría para evitar el olvido de las víctimas del stalinismo, pero creo que fue un esfuerzo vano. ¿Quién se acuerda hoy de los innumerables prisioneros obligados a trabajar en condiciones infrahumanas en el norte de Siberia? ¿O de los millones de víctimas de los experimentos radicales en Cambodia y en China? Y todo ello ocurrió en nombre de un modelo que pretendía ser la culminación racional de toda la evolución humana, basado en la infalible interpretación científica de la historia universal, un modelo que debería haber traído la paz perpetua, el paraíso terrenal para los trabajadores y la prosperidad general a sus habitantes.

El ejemplo de Casanova nos muestra la combinación de elegancia expresiva, sensualidad aristocrática y espíritu crítico, mientras que el caso de Ajmatova nos recuerda la clásica vinculación de ética, piedad y emoción. Estos aspectos son, entre otros, los que hacen falta en la mayor parte de la producción de la literatura del presente.

Theodor W. Adorno afirmó que la función de la literatura es preservar el pasado, como lo hicieron, a su modo, Casanova y Ajmatova: una tarea hermosa que redime para siempre a las bellas letras, que es como hallar un sentido a la existencia. Para encontrar sentido a la vida deberíamos salvar el valor único e inconmensurable de las creaciones culturales genuinas, nos dice Mario Vargas Llosa, miembro de varias academias de la lengua: “[…] la cultura, la literatura, las artes, la filosofía, desanimalizan a los seres humanos, extienden extraordinariamente su horizonte vital, atizan su curiosidad, su sensibilidad, su fantasía, sus apetitos, sus sueños, los hacen más porosos a la amistad y al diálogo, y mejor preparados para enfrentar la infelicidad”. Aunque la literatura, como la filosofía, puede generar grandes desilusiones, también representa el testimonio de la insuficiencia de la vida cotidiana, la cual es incapaz de hacernos realmente felices. Las grandes ficciones literarias constituyen un poderoso alegato contra las corrientes que tienden a mantener al hombre en una satisfacción mediocre y calculable.

Las generaciones anteriores tenían a los libros como un importante acceso al mundo, lo que se ha perdido irremediablemente. Las academias de la lengua deberían preservar esa función, aunque sea solamente como testimonio de que algunas personas no sucumbieron en nuestra época al adoctrinamiento de las modas. La literatura tiene – o debería tener – una función trascendente que la acercaría a la genuina religiosidad: que el olvido no tenga la última palabra, que la injusticia y la impunidad no resulten lo definitivo y que los seres humanos no sean únicamente medios para fines ulteriores.

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