La noche

Una lectura del capítulo IV del último libro-poema publicado por Jaime Saenz

Gary Daher

La obra de Jaime Saenz se inscribe en la vanguardia, “al otro extremo de una escritura moderna” (Wiethüchter et al., 152). Esto en el concepto que vierte Octavio Paz cuando nos habla de “que lo moderno es una tradición”, de que hay “una tradición de la ruptura”. Pues, no es otra cosa que una ruptura precisamente con las otras vanguardias lo que nos plantea el poeta Jaime Saenz:

El poeta –y se dice el poeta creador– ha de crear antes que nada la sustancia de su creación, por cuanto no podrá crear sino con esta sustancia de obra de su creación. Quiere decir que el conocimiento en el vivir es insuficiente para alcanzar la sustancia de la creación, por lo que habrá que remitirse al estar muerto. Quiere decir que el estar muerto es de hecho la sustancia de la creación (169-170).

En evidente contramano a la propuesta de Vicente Huidobro y los creacionistas, Jaime Saenz define su creación:

Pues no hay para qué inventar nada. No es necesario imaginar nada. Todo está vivo y latente en el profundo estrato de la realidad verdadera, y solo espera ser revelado. En el profundo estrato de la realidad humana encontrarás todo lo irreal, todo lo fantástico, todo lo bello, todo lo monstruoso, todo lo aterrador, todo lo inhumano que hayas soñado jamás –y ya se sabe que todo tiene su precio. (170)

Así es que en el capítulo IV del libro La noche, que es el poema que vamos a analizar, observamos por una parte un lenguaje que se construye, en lugar de ser un poema hecho de versos, como un poema en prosa que se parte en fragmentos, generando un ritmo hecho de nominaciones y declaraciones que nos trasladan a un espacio musical que se siente no solemne pero misterioso, como si se tratara de un “estupor ante lo bromista de la mirada” (Saenz citado en Urzagasti, 257). Este lenguaje es el lenguaje de un chamán, de un hechicero que comunica los preceptos. Mientras tanto, el lenguaje retórico traslada al lector en un proceso de transferencias de sentido necesarias para revelar otras dimensiones que el poeta dice captar.

Por su parte, cada fragmento cuenta con una sangría para señalarnos que se trataría de versos, los mismos que se prolongan más allá de una línea, quiebre que se ha respetado de la redacción del poeta.

Formalmente el libro llamado La noche, se presenta por capítulos titulados por números romanos: el que analizamos es el IV, que a su vez se subdivide en cuatro poemas titulados esta vez con números arábigos, los cuales se separan por un asterisco cuando el poeta nos quiere mostrar que se trata de otra instancia del poema.

En cuanto al contenido del capítulo, en el que Saenz expone la interrelación entre el cuerpo y su concepto de la noche, se observa un sentido dirigido a desplazar el código inicial de lo que se nombra hacia otros códigos más complejos. Así “la noche”, como se dice en la parte 1:

no tiene nada que ver con la noche.

Pues la noche solo se da en la realidad verdadera, y no todos

La perciben.

Es un relámpago providencial que te sacude, y que, en el instante preciso, te señala un espacio en el mundo:

un espacio, uno solo;

para habitar, para estar, para morir ‒y tal el espacio de tu cuerpo. (57)

Confrontándonos más adelante, en el poema 2, cuando nos dice: “Pero aquí no se trata de morir. / Aquí se trata de cumplir el mandato; y por idéntica razón, habrá que vivir”. Expresión que de acuerdo a Blanca Wiethüchter et al., se resume en: “Al elegir el marco referencial escritura orientada hacia la muerte, como la única experiencia auténtica e incambiable de la vida, se permite garantizar un objetivo que, a tiempo de escribir, construye precisamente la ‘verdadera vida’” (83). El propio Jaime Saenz nos deja una línea para la comprensión de su propuesta: “Como podrás ver, todo esto se relaciona íntimamente con el espíritu de la alquimia.” (172)

En la parte 3, se expone la presencia de otro cuerpo que habita el cuerpo, “y quien lo habita no eres tú, sino el cuerpo de tu cuerpo. / Pues el cuerpo que te habita en realidad eres tú. / solo que tu cuerpo deja de ser tú, / y pasa a ser él.” (61), para finalmente en la parte 4, concluir que el cuerpo que se habita no es el cuerpo, sino la noche (64), que es un reino de oscuridad: “En las infinitas concavidades de tu cuerpo, existen infinitos reinos de oscuridad;” (63).

Jaime Saenz ha dejado una impronta que todavía no termina de digerirse; sin embargo, algunos poetas como Alvaro Díez Astete (1949) han asimilado ya parte del legado saenzeano, aunque todavía no encontramos uno que lo haya hecho en su núcleo central, como en su poema en prosa “Gritos y Susurros”: VIII, “El encuentro”:

Y he aquí que el Cuerpo llega a su cuerpo, y el sol huye

Vertiginoso hacia el fondo de la noche y la noche

Huye por los espacios: ha llegado, está presente, ha venido:

Su rostro está saliendo de la brisa. (184)

Aunque aquí se habla del encuentro de dos cuerpos y no “del cuerpo que habita tu cuerpo” multidimensional del poema “La noche”, no se deja de sentir la deriva de Saenz.

Habrá que esperar la maceración de la obra de Jaime Saenz, que hallamos poderosa, -el tiempo siempre es un juez implacable- para observar si sus frutos brotan y se multiplican.

Bibliografía

Díez Astete, Álvaro. Escritura poética elemental (1981-2003). La Paz: Plural Editores, 2003. Impreso.

Paz, Octavio. “La tradición de la ruptura”, Los hijos del limo. México: Seix Barral, 1974: 1-14. Digital

Saenz, Jaime. “Carta a Ricardo Bonel”. La mariposa mundial No. 18. 2010. Impreso.

—. La noche. La Paz: Talleres Artes Gráficas Don Bosco, 1984. Impreso.

Urzagasti, Jesús. “Pasajes”. La mariposa mundial No. 18. 2010. Impreso.

Wiethüchter, Blanca et al. Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia, Tomo I. La Paz: Fundación Pieb, 2003. Impreso.

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