El tesoro del Sacambaya: elogio del valor, heroísmo y la amistad

Javier Wilson Tarqui Maldonado

Algunos apuntes sobre el autor

Carlos Condarco Santillán, escritor orureño, nació el año 1946. Su formación comenzó en el Colegio Anglo Americano, luego cursó estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Mayor de San Andrés, en La Paz; posteriormente en la Escuela Nacional de Maestros “Mariscal Sucre” en Chuquisaca. Se licenció en Antropología en la Universidad Técnica de Oruro.

Su formación humanística le permitió beber de las fuentes clásicas, merced a ello su pluma no ha dejado de escribir apasionadamente, cultivando una lírica delicada, pero sin descuidar otros géneros como la narrativa y el ensayo. La versatilidad del maestro, antropólogo y poeta, le permite navegar cómodamente por los mares de la literatura, o ascender por las montañas del pensamiento humano, con la misma facilidad con que un niño cambia de escenario en sus imaginativos juegos; valioso don que le permitió lograr distinciones como el Premio Andrés Bello en narrativa, o el Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo.

Su gran pasión por la literatura y la caballería, sumadas a un estilo de vida bucólico en la finca de Cotochullpa donde pasa la mayor parte de su tiempo en compañía de su familia, fueron el germen de la joya literaria dirigida al público juvenil que va por la segunda edición este año. En efecto, es un agasajo literario la tercera edición de El tesoro del Sacambaya, obra que ocupará tiempo agradable a quienes tengan la fortuna de hacerse dueños de un ejemplar y bañarse en un halo de aventuras juveniles, valentía, suspenso, buen humor y fino sarcasmo que armoniza su ficción sobre la base de dos significativos hechos históricos, distantes en el tiempo, pero coincidentes en una trama que ofrece lectura amena y ágil, debido en parte a los elementos paratextuales que la acompañan (fotografías muy antiguas), y por otro lado a la fuerza del asunto que será el hilo conductor de la novela.

Precauciones

Asistir a la presentación de un libro de Carlos Condarco Santillán es presenciar una exégesis de la obra en cuestión. Pero en esta ocasión veremos un poco más, porque sabedor de que la palabra oral se la lleva el viento, mas no la que está fundada en la escritura, Condarco utiliza la virtud de perpetuidad que tiene la escritura para develar el porqué y el para qué de la forma y fondo de su libro.

En las primeras páginas presenta la obra dando testimonio de los hechos históricos en los que se basa, pero anunciando también la libertad con que modificó algunos de esos hechos. Reserva muy apropiada, pues el lector joven necesita saber que por muy realista o histórico que sea el asunto, la novela tiene un agregado propio de la literatura: la ficción. Se otro modo sería historia, ciencia que tiene otras motivaciones. Es que el tratamiento verosímil de los acontecimientos, mérito bien logrado por Condarco, le dan un carácter altamente realista a la obra, y esto pudiera conducir a equívocos históricos a los lectores inexpertos. La aclaración bien vale la pena.

Baste decir que, merced a su habilidad para la construcción y caracterización de los personajes y la descripción de las situaciones, nos hace vivir, con la complicidad de la  imaginación, una fantástica pero verosímil historia que permite al lector estar frente a cuatro aventureros del pasado cercano, pero también acompañar durante sendos episodios de la guerrilla al ahora famoso comandante José Santos “Tambor” Vargas, guerrillero de un pasado lejano, heroico y glorioso, en el que se forjó a sangre y fuego la libertad de Bolivia y América toda.

Algunos datos sobre la obra y sus intertextualidades

Ocupémonos de desentrañar la obra en cuestión: El tesoro del Sacambaya es una novela que podemos catalogar como juvenil, de aventuras y con una riquísima base histórica que reconstruye una época del pasado glorioso de Bolivia con extrema fidelidad como marco para relatar en un primer plano narrativo la historia de cuatro amigos que existieron realmente y que se embarcaron en una aventura inolvidable en su juventud, hace más de 50 años; uno de ellos, el mismo Carlos Condarco. El segundo plano narrativo corresponde a la guerra de guerrillas que sentó plaza fuerte en las provincias de Sicasica y Ayopaya, entre los años 1814 a 1825, y la figura señera es la del comandante José Santos Vargas.

Condarco ya tenía materia suficiente, un asunto importante y atractivo para novelar, que de por sí era muy interesante. Calificada como una aventura “modesta” en palabras del autor, pero inolvidable para él y sus tres amigos con quienes tuvo una travesía  hace ya medio siglo. Pero este hecho, guardado en la memoria, coincidió felizmente con otro muy importante: la llegada, a manos de don Carlos, de un ejemplar del famoso Diario del “Tambor” Vargas. Ambos motivos eran lo bastante importantes y fuertes como para generar una joya literaria que va por su segunda edición.

El tesoro del Sacambaya es una novela que reviste para nuestra región vital importancia, pues frente a muchas voces antropológicas e historiográficas externas a Oruro y a Bolivia, que desde 1952 se hicieron notar para maravillarnos ante la crónica de los hechos más importantes acaecidos en tiempos de guerra por la independencia, fueron pocas las voces orureñas que se alzaron para dar el sitial que correspondía al comandante José Santos Vargas y su ahora conocido Diario. Una de esas voces solitarias corresponde a Carlos Condarco Santillán, en géneros discursivos diferentes, como las conferencias magistrales que brindó al respecto, aunque hoy también podemos citar a otros orureños, como Gonzalo Molina Echeverría.

En la cuarta edición del libro originalmente titulado Diario histórico de todos los sucesos ocurridos en las provincias de Sica Sica y Ayopaya durante la Guerra de la Independencia Americana, desde el año de 1814 hasta el año de 1825. Escrito por un comandante del partido de Mohosa, ciudadano José Santos Vargas. Año de 1852, que se publicó en 2016 como parte de la colección de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, se incluye la versión completa y aclarada de la Introducción que dejara el archivista Gunnar Mendoza. En ella, Mendoza refiere un primer estudio para aproximar al lector hacia la obra, con tópicos que van desde el nacimiento, infancia, adolescencia y salida al mundo del Tambor Vargas, pasando por su incursión en la guerrilla, el destino de su esposa e hijos, su vocación de agricultor; una descripción suya deducida de la obra esencialmente narrativa, el valor historiográfico y literario de su Diario, así como los trámites para su publicación. Punto de partida para nuestro propio análisis, dado su carácter científico, que ya ha superado las primeras controversias propias del descubrimiento de un documento fundamental para la historia boliviana.

El hecho es que, así como la historia de Vargas ha superado el tiempo y su gran mérito fue el de colocar sobre la mesa de la historia nombres olvidados de héroes como José Manuel Chinchilla o Santiago Fajardo, pero principalmente el de Eusebio Lira, aguerridos protagonistas de la guerrilla de las provincias de Sica Sica y Ayopaya; así también Condarco tiene un mérito equiparable, pues logró poner al Tambor Vargas en la misma mesa (a veces ingrata y olvidadiza) de la historia y luego llevarlo al acervo de la literatura de base histórica.

¿Prendió en el pecho de Condarco, a su manera, la misma lumbre que naciera en el de Vargas?

Carlos Condarco dando carácter literario a la aventura caballeresca de una experiencia vivida en su juventud; Vargas, dando carácter de crónica a la guerra de guerrillas, realidad vivida personalmente como método de historiografía experimental. Vargas muestra a la guerra como protagonista “relatando con lujo de detalles las temáticas propias de un conflicto armado: los caudillos, los enemigos, las muertes, los prisioneros, el salvajismo de algunos, la heroicidad de otros, etc.” Ambas experiencias juntas, dos asuntos tan importantes, ahora en una novela, anuncian su insospechada valía literaria.

Como cronista, Vargas justificaba el para qué de su Diario, diciendo: “para que se sepa más cierto los sucesos en estos valles” […]. “Como los sucesos en estos lugares no son de pasarse en silencio, apunto, para que se sepan”.

¿Cuál es la motivación de Condarco? Él en persona nos dirá esta noche, como siempre suele hacerlo. Lo cierto es que en El tesoro del Sacambaya, Carlos Condarco muestra a un tambor Vargas, hijo del valor, al igual que cuatro amigos, también emparentados por esa misma valentía, y con una lección de vida muy importante: “No hay más rico tesoro que la aventura y la amistad”, como veremos más adelante.

Estilo

El hilo conductor de la historia es una búsqueda tenaz. Los cuatro amigos, tras el tesoro del Sacambaya, que legendariamente se sabe escondieron los religiosos de la compañía de Jesús cuando fueron echados de las colonias españolas. El ya anciano Tambor Vargas, buscando el retorno a la tierra que le albergó durante sus años mozos. Ambas búsquedas finalizan, a su manera, con el hallazgo de otros tesoros más valiosos que los esperados. Aparentemente todos fracasan en la pesquisa, pero al final el lector descubrirá que todos tienen un tesoro incrustado en la aventura vivida, la amistad a prueba de fuego y la gratitud.

En el ejercicio de una narrativa heterogénea y flexible hay una co-presencia y alternancia de planos narrativos que hacen a la historia dentro de la historia, una unidad no cronológica, pero sí temática y lógica. El artificio utilizado para ligar la ficción novelesca con los hechos históricos, es el hallazgo de un documento que sorprende a los aventureros en medio de la travesía, se trata del diario de un párroco que tuvo la fortuna de atender al malogrado y avejentado Tambor Vargas y escuchar de primera fuente algunos sucesos heroicos de su propia boca.

Hay una polifonía de voces narrativas, gracias a una hábil mezcla de perspectivas del narrador, pero con el común denominador de la armonía, pues se cuentan los hechos midiendo los tonos de heroísmo, tragedia, adrenalina, suspenso, y desenfado con un fino toque de humor e ironía que equilibra la balanza del interés y la amenidad.

Igual que el Tambor Vargas, Carlos Condarco posee el don de descubrir y poner en evidencia el contraste inesperado entre lo serio y lo no serio, en cualquier situación. La ironía y el sentido del humor, rasgo notable de su carácter, en el fondo juvenil, fluyen espontáneamente y contribuyen a dar amenidad e interés permanente al relato.

A diferencia de José Santos, quien enfatiza una y otra vez su falta de formación académica y cito, “a causa de las ningunas luces que [me] impregnaron mis padres por sus fallecimientos en la medianía de mi infancia” (125),a lo cual atribuye que, al diario, y cito de nuevo, “le faltan indudablemente todos los requisitos literarios que deben ornar esta clase de trabajos y que habrá infinidad de errores, aun en el lenguaje” (108). Esta preocupación no ronda la cabeza de Condarco quien ya tomó por los cuernos hace tiempo al bravo toro del lenguaje, que algunas veces hace tambalear y otras veces lanza estrepitosamente a quien intenta domarlo.

Interesantes coincidencias se repiten cuando existen personas entregadas a la caballería y al disfrute de la naturaleza generosa o bravía. El heroico José Santos Vargas, el sarcástico Kulas, el viajero astral Peter, el muy letrado Jaime y el romántico aventurero Alonso, poseían una innata propensión a la aventura y a la valentía, motor que hace funcionar la maquinaria literaria de El tesoro del Sacambaya. Acierto, sin duda alguna.

En ocasiones un personaje bien definido puede ser suficiente para armar una narración. Elsa Bornemann tenía un método así para crear sus personajes. Condarco, en su primera lectura del Diario del Tambor Vargas, con su preciso lente literario, avistó un personaje novelesco a todas luces, heroico por cuenta propia, coincidente con muchos rasgos de los personajes y asuntos que ya tenía en mesa, con una personalidad literaria y humana de gran talla que agrada sobremanera al lector.

Después de presentar en varias conferencias de carácter antropológico e histórico al personaje real, llevar al Tambor Vargas del plano histórico al plano sublime de la literatura, merced a la suma de talento literario y fuerza natural de los personajes reales, dio como resultado el libro que hoy podemos apreciar, más vigoroso que nunca. Don Carlos, no se equivocó en la decisión tomada.

Si bien está dirigida intencionalmente a un público juvenil, protagonizada por jóvenes inmersos en sucesos atractivos para sus pares, de lectura ágil y amena, con  elementos paratextuales que permiten seguir con precisión la travesía interior y explícita de los cuatro muchachos ávidos de aventuras, así como la del anciano Tambor Vargas, eso no impide a otros lectores, de edades diferentes, disfrutar con su lectura, pues como dijera Juan Ramón Jiménez, “qué se yo para quién vaya dirigida, no le quito ni una coma”

En la presentación que el autor hace al interior de la tercera edición de El tesoro del Sacambaya, se deja una pregunta suelta que él mismo no puede responder, pues esa labor le corresponde al lector. El suscrito se precia de tener juicio equilibrado para decirle, como apasionado lector que el goce y la fascinación despertada por los dos niveles: el asunto (historia-relato) y el efecto hipertextual que impulsa a conectarse con el otro texto, que es el Diario de José Santos Vargas, son prueba fiable de la calidad literaria del libro. El interés por este libro no declinará, máxime cuando la afinidad entre el carácter de los personajes reales (José Santos Vargas, Carlos Condarco Santillán y sus amigos) coincide también con el espíritu aventurero que todos tenemos dentro, ansioso de ser una persona capaz de iniciar su propia búsqueda para encontrar, al final de todas las cuentas, el tesoro escondido en su propio interior.

Quiero terminar este modesto comentario dando rienda suelta a una travesura que el lector disfrutará cuando descubra el velo de la trama literaria para encontrar finalmente al “yo” presente en la novela; porque siendo espejo o ventana, el escritor a veces nos muestra nuestro propio ser y circunstancias reflejados en su obra, o bien se muestra a él mismo señalando un mundo de posibilidades fuera del libro que es una ventana abierta. En este caso particular, creo haber identificado plenamente la personalidad literaria y humana del narrador testigo y autor. Conque me permito felicitar al joven Alonso, don Carlos Condarco Santillán.

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